A las siete en punto, Alessandro despertó. Se duchó, vistió un traje azul marino impecable y, antes de salir, se inclinó sobre la cama para besarla en la frente con la frialdad protocolaria de quien saluda a un mueble costoso.—Tengo un almuerzo con asesores patrimoniales en el centro —dijo, abrochándose los gemelos de oro—. No me esperes temprano. Quédate en la villa y descansa esa cabeza.No hubo disculpas, ni remordimiento, ni un solo atisbo de culpa en sus ojos oscuros. Bianca mantuvo la máscara. Asintió despacio, forzando una docilidad ensayada mientras él se marchaba con el paso arrogante del hombre que se cree dueño de la vida ajena.En la cocina de techos abovedados, el traqueteo de la porcelana y el murmullo apagado de la radio delataban a la empleada doméstica, inmersa en la faena diaria. Aprovechando esa distracción, Bianca bajó la escalinata con pasos felinos, enfundada en unos vaqueros oscuros, un jersey de cuello alto y una chaqueta sobria.
Última actualización : 2026-09-21 Leer más