INICIAR SESIÓNLa lluvia azotaba los ventanales de la suite principal del Palazzo De Santis con una furia gélida, distorsionando el reflejo de las luces interiores contra la noche toscana.A trescientos metros de la colina, guarecido bajo el follaje denso de los cipreses dentro de su camioneta táctica, Tiziano Rinaldi permanecía petrificado frente al monitor de alta definición acoplado al visor nocturno. Sus manos, habituadas a la frialdad metálica de los fusiles de asalto y al pulso imperturbable de las emboscadas en los Balcanes, se aferraban a los bordes de la consola con una fuerza tan descomunal que el plástico crujía bajo la presión de sus nudillos.A través de la lente de largo alcance, la intimidad del dormitorio conyugal se desplegaba ante sus ojos con una crudeza desgarradora.Había visto a Alessandro arrojar a Bianca sobre el colchón de seda oscura. Había presenciado el desgarro de las prendas, la blancura impoluta de la piel de la mujer expuesta bajo el fulgor intermitente de los relámpa
La lluvia azotaba los ventanales de la suite principal del Palazzo De Santis con una furia gélida, distorsionando el reflejo de las luces interiores contra la noche toscana.A trescientos metros de la colina, guarecido bajo el follaje denso de los cipreses dentro de su camioneta táctica, Tiziano Rinaldi permanecía petrificado frente al monitor de alta definición acoplado al visor nocturno. Sus manos, habituadas a la frialdad metálica de los fusiles de asalto y al pulso imperturbable de las emboscadas en los Balcanes, se aferraban a los bordes de la consola con una fuerza tan descomunal que el plástico crujía bajo la presión de sus nudillos.A través de la lente de largo alcance, la intimidad del dormitorio conyugal se desplegaba ante sus ojos con una crudeza desgarradora.Había visto a Alessandro arrojar a Bianca sobre el colchón de seda oscura. Había presenciado el desgarro de las prendas, la blancura impoluta de la piel de la mujer expuesta bajo el fulgor intermitente de los relámpa
El cielo comenzaba a desteñirse en un tono cenizo. Bianca conducía con las dos manos aferradas al volante, mirando por el retrovisor cada tres segundos. La revelación de la pantalla de su despacho en la Fundación, el nombre de Laura Vitale vinculado a los clanes del crimen organizado calabrés y las armas militares empaquetadas en las cajas de conserva gourmet de los De Santis la perseguía como una jauría invisible. La certeza de que Alessandro no era un simple infiel ambicioso, sino el peón servil de una dinastía de asesinos le aceleraba el pulso en un martilleo incesante.Guardar las copias en su bolso o en la caja fuerte de la Fundación era un suicidio. Si Alessandro decidía actuar antes de que ella tuviera la estructura para destruirlo, bastaría un allanamiento o un falso registro policial para hacer desaparecer cada rastro.Necesitaba un escondite anacrónico, impenetrable, un lugar donde la tecnología y los ojos de la mafia no alcanzaran a buscar. Un punto ciego para el mundo mode
El calor del café amargo y el azúcar del bollo aún dejaban un rastro tibio en el pecho de Bianca, pero la sensación térmica de su piel seguía alterada, electrificada por el roce fortuito que había compartido con aquel desconocido.Tiziano se puso de pie primero y dejó sobre la mesa un billete doblado que cubría con creces la cuenta. Con una inclinación de cabeza de cortesía impecable pero distante, rodeó la mesa y extendió una mano firme hacia ella, sin invadir, ofreciéndole apoyo únicamente si sus piernas volvían a flaquear. Bianca tomó su bolso, ajustó el cinturón de su gabardina y caminó junto a él hacia la salida.El aire fresco del mediodía golpeó sus rostros bajo los soportales de piedra de la plaza. El paso de Tiziano era acompasado, amplio y silencioso; no caminaba pegado a ella, pero su complexión maciza formaba un parapeto natural que la aislaba del flujo de transeúntes del distrito financiero. Bianca sentía la sombra del hombre cubriéndola, una presencia que olía a tabaco s
En la penumbra del pasillo exterior del piso doce, el silencio tras el portazo de Laura Vitale era tan denso que parecía crujir bajo las suelas de las botas tácticas.A través del diminuto receptor encajado en su canal auditivo, conectado al micrófono ambiental que él mismo había sembrado en la antesala ejecutiva, Tiziano Rinaldi escuchó cada respiración, cada sílaba ponzoñosa y el cierre estrepitoso de aquella farsa. Supo el instante exacto en que la heredera del clan criminal abandonó el ala corporativa escupiendo fuego, y cómo Bianca —con una entereza gélida y una astucia que le hizo sonreír en la oscuridad— se recomponía la blusa y recogía su bolso con el disco duro a buen recaudo.Bianca estaba a salvo. Por ahora. No había necesidad de que él reventara la cerradura ni expusiera su posición en el edificio.Con la economía de movimientos propia de un veterano de combate en los Balcanes, Tiziano retrocedió por las escaleras de emergencia, evitando los descansillos con cámaras y sali
El aire acondicionado del piso doce parecía haber dejado de enfriar; la atmósfera dentro del despacho de presidencia se había tornado espesa, tóxica y asfixiante.Laura Vitale permanecía petrificada bajo el marco de la puerta de doble hoja. Su figura esbelta vibraba con una tensión letal. Su melena pelirroja caía como fuego derramado sobre los hombros, enmarcando un rostro donde la palidez de la estupefacción mutaba, segundo a segundo, en una cólera homicida. Tenía los nudillos blancos de apretar la cartera de mano; las uñas esculpidas en carmesí amenazaban con perforar el cuero.Frente a ella estaba Bianca que no bajó la vista ni se apresuró a vestirse. Con una parsimonia aristocrática que rozaba el descaro más insolente, deslizó sus piernas torneadas hacia el suelo alfombrado. Levantó del suelo su blusa de seda blanca, pero en lugar de abotonársela a toda prisa con la vergüenza de quien es descubierta, simplemente se la echó sobre los hombros descubiertos, dejando que el sujetador d







