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Su Boda, Mi Sentencia de Muerte
Su Boda, Mi Sentencia de Muerte
Author: Sebastiana Rosas

Capítulo 1

Author: Sebastiana Rosas
—Solo son tres días. ¿Por qué no puedes soportar ni siquiera eso?

Los tambores que anunciaban la ejecución volvieron a sonar.

Aparté su túnica.

—¿No quieres que muera por ella? Pues vámonos. No lleguemos tarde.

Apenas terminé de hablar, los dos carceleros que me perseguían se abalanzaron sobre mí y me sujetaron, uno por cada hombro.

El trozo de cadena que aún colgaba de mi muñeca se arrastró por la alfombra roja y dejó un rastro de sangre entre las monedas esparcidas para celebrar la boda.

Jaime se acercó a toda prisa y me agarró de la muñeca.

—¿Qué tonterías estás diciendo? ¿Cuándo he querido que murieras por ella?

Levanté la mirada hacia él. La droga todavía no había hecho todo su efecto, pero cada palabra me raspaba la garganta como una cuchilla.

—Adelantaron la ejecución. ¿No oyes los tambores?

Al otro lado del muro del patio, los golpes de tambor se sucedían cada vez más rápido.

Jaime frunció el ceño, aunque enseguida volvió a relajarlo.

—La casa del príncipe de Valcera solo quiere obligarme a entregarla. Soy el vicepresidente del Tribunal Supremo. Nadie se atreverá a tocarte sin una orden mía.

Me limpió la sangre de la frente. Hasta me habló con cierta ternura.

—Son apenas tres días. Blanca le teme a la oscuridad desde pequeña y no soporta estar en una celda. Quédate unos días en su lugar. Te prometo que vendré por ti.

Siete años atrás, habían condenado a la familia Salazar. Vendí la casa de los Montes y me arrodillé frente a las puertas del palacio para presentar las pruebas que exculpaban a los Salazar.

Después de que me dieran treinta golpes de vara por orden de la corte, él me abrazó, cubierta de sangre, y juró entre lágrimas que jamás me fallaría.

Ahora seguía creyendo que yo podía soportarlo todo. Si había resistido los golpes y podía aguantar la prisión, claro que también podía subir al cadalso por otra persona.

Blanca ya se había levantado el velo. Se acercó con los ojos enrojecidos, sujetándose la corona.

—Adriana, quizá sea mejor que me lleven de vuelta. No deberías pagar por mi error.

Eso decía, pero no soltaba la manga de Jaime.

Jaime se puso de inmediato delante de ella.

—Esto no tiene nada que ver contigo. Está enojada y dice esas cosas para asustarte.

Miré la corona.

—Devuélvemela.

Blanca se cubrió la cabeza por reflejo.

—Acabo de salir de la celda de los condenados. Quitarme la corona ahora traería mala suerte.

Sentí sabor a sangre en la garganta.

—¿Y no te importa la suerte que me espera a mí en esa celda?

Se puso pálida. La voz de Jaime se endureció.

—Es solo una corona. ¿Tienes que hacerle pasar un mal rato precisamente hoy? Cuando todo termine, te daré una mejor.

Antes de morir, a mi madre le temblaban tanto las manos que ni siquiera podía sostener un peine. Aun así, reunió las fuerzas para contar una por una las perlas de aquella corona.

Decía que, el día de mi boda, nadie debía menospreciarme.

Y ahora Jaime aseguraba que podía reemplazarla.

Bajé la cabeza y arranqué el cordón de seda que llevaba a la cintura. Mi mitad del colgante de jade que simbolizaba nuestra unión cayó sobre las baldosas y se partió en varios pedazos. Uno rodó hasta la bota de Jaime.

Por fin le cambió la expresión.

—¡Adriana!

—Solo se rompió —dije, mirándolo—. ¿No eres tan bueno para reemplazar las cosas? Después puedes darme uno mejor.

Se inclinó para recoger los pedazos, pero me adelanté y los guardé entre mi ropa. Después me volví hacia los carceleros y dejé que me encadenaran otra vez.

Lo oí a mi espalda.

—Ya pusieron un brasero y mantas en tu celda. Hazme caso. Cuando termine la ceremonia, iré a verte.

El carro de los presos apenas había salido de la residencia del supervisor de ejecuciones cuando un galope apresurado resonó en la calle.

Los guardias del príncipe de Valcera cerraron el paso. Enseguida, un carruaje del palacio se detuvo frente a la entrada del lugar de la ejecución.

Un funcionario de la corte bajó con el decreto imperial entre las manos. El oficial de guardia del Tribunal Supremo verificó el sello y se arrodilló de inmediato.

—Por orden de Su Majestad, a las cinco y media de la mañana se confirmará la identidad de Blanca Rivas y a las cinco y cuarenta y cinco se procederá a la ejecución. Un enviado imperial supervisará el caso. Nadie podrá aplazar la ejecución.

Con las manos temblorosas, un carcelero abrió el registro de los condenados a muerte. El documento de identificación incorporado al expediente llevaba mi huella digital, pero estaba a nombre de Blanca Rivas. Ese mismo nombre figuraba en la placa de prisionera que llevaba en la muñeca.

Por fin lo entendí. Jaime no me había obligado a beber aquella droga solo para impedir que pidiera ayuda. Quería que, incluso frente al cadalso, no pudiera decir quién era.

El funcionario alzó la vista hacia mí.

—Devuélvanla a la celda. A las cinco y media volveremos a verificar su identidad.

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