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Capítulo 2

Author: Sebastiana Rosas
Cuando volvieron a cerrar la puerta, ya no podía pronunciar una frase completa. De la garganta solo me salía un hilo de voz ronca.

Un carcelero me empujó sobre una estera.

—El señor Salazar ordenó que te tratáramos bien.

Arrojó una manta al suelo y me trajo un tazón de arroz, pero no me quitó las cadenas. Apenas podía levantar las manos.

Eso era tratarme bien, según Jaime. Bastaba con darme una manta y un poco de comida caliente para que él siguiera creyéndose el hombre que tanto me cuidaba.

Acababa de apoyarme contra la pared cuando oí una discusión afuera.

—¡Déjenme ver a mi señora! ¡No es Blanca! ¡Es la señora Montes!

Era Inés Duarte, mi nana. Me había cuidado desde niña y era la única de los antiguos sirvientes de los Montes que seguía a mi lado.

Se oían pasos desordenados al otro lado de la puerta. Poco después, Jaime apareció frente a la celda con varios hombres. Los guardias retenían a Inés detrás de él; ella abrazaba una caja de madera.

Al ver las cadenas de mis muñecas, casi se le doblaron las rodillas.

—Señora, me dijeron que la habían encerrado como a una condenada a muerte. No lo creí. Busqué el antiguo registro de su familia y el acta de su matrimonio.

Abrió la caja.

—¡Si le entregamos esto al supervisor de la ejecución, sabrá que usted no es Blanca!

Me apoyé contra el muro y me puse de pie, pero Jaime se adelantó y le quitó la caja. Inés intentó recuperarla y los guardias la sujetaron.

—¡Señor Salazar, eso puede salvarle la vida! ¡No puede llevárselo!

Él abrió el acta de matrimonio. Allí estaban nuestros nombres y el sello rojo de las autoridades. Si llegaba a manos del supervisor, ya no habría forma de ocultar el intercambio de prisioneras. Blanca tendría que volver a la celda.

Jaime cerró la caja.

—Por ahora la guardaré yo.

Inés se quedó atónita.

—¡La van a ejecutar a las cinco y cuarenta y cinco! ¿Para qué va a guardarla? ¡Tiene que entregarla ahora mismo!

Se lanzó a sujetarle la manga.

—¡La señora recibió treinta golpes por usted! ¡Vendió su casa y salvó a toda su familia! ¿Ahora también va a quitarle la vida?

Jaime puso mala cara.

—No he dicho que no vaya a salvarla. Cuando termine la boda, iré al palacio y lo explicaré.

Las lágrimas le corrían a Inés por la cara.

—¿Seguirá viva cuando termine la boda?

De pronto se oyó una exclamación de Blanca. Había llegado sin que la viéramos y estaba en los escalones, con una mano en el pecho y respirando con dificultad.

—Jaime, solo quería venir a pedirle perdón a Adriana. Pero Inés tiene razón. Debería volver a la celda.

Él se acercó enseguida a sostenerla.

—¿Qué haces aquí?

Blanca miró la caja que él llevaba y comenzó a llorar.

—Con esos documentos, Adriana puede salvarse. Entrégame a mí.

Echó a andar hacia la puerta de la celda, pero Jaime la abrazó de golpe.

—No hagas tonterías. La princesa de Valcera te odia. Volver sería ir directo a la muerte.

Inés temblaba de rabia.

—¿Ella no puede morir, pero mi señora sí?

Blanca se refugió en los brazos de Jaime, como si la hubieran asustado. Los guardias se adelantaron y empezaron a arrastrar a Inés.

Me lancé contra la puerta y golpeé los barrotes desesperadamente. Al forcejear, Inés pisó en falso en un escalón y se golpeó la frente contra la esquina del muro. La sangre le cubrió la cara de inmediato.

De mi garganta salió un grito ronco.

Jaime volvió la cabeza. Señalé a Inés, tendida en el suelo, y luego al médico de la casa, que esperaba afuera.

No podía hablar para pedirle que la salvara. Solo podía golpear una y otra vez la puerta con el cuerpo.

Jaime comprendió, pero en ese instante Blanca se desplomó en sus brazos.

—Jaime, me duele el pecho.

Él no vaciló. La levantó en brazos y le ordenó al médico:

—Atiende primero a Blanca.

Inés seguía tendida en el frío suelo de piedra, junto a los barrotes. Me sujetaba los dedos y respiraba con dificultad.

—No tenga miedo, señora. Aunque tenga que arrastrarme, iré a denunciar lo que le han hecho.

En cuanto terminó de hablar, desde el lugar de la ejecución llegó el sonido del gong que ordenaba despejar el recinto. Un carcelero se acercó a toda prisa.

—La princesa ya está en la tribuna. Han cerrado los accesos. Nadie ajeno a la ejecución puede acercarse.

Inés me apretó la mano de golpe. Me miró con los labios temblorosos.

—Ni siquiera dejan que alguien se acerque para salvarla.

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