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Capítulo 4

Author: Sebastiana Rosas
Cuando me sacaron de la celda, apenas comenzaba a clarear. Había una multitud afuera del recinto. Algunos arrojaban verduras podridas contra el carro; otros insultaban a Blanca por creer que, con el respaldo del vicepresidente del Tribunal Supremo, podía matar al hijo del príncipe y escapar con vida.

Un huevo podrido me golpeó en la frente. El contenido se mezcló con mi sangre y me escurrió por la mejilla. No me limpié.

Tenían razón. Blanca sí quería escapar. Solo que yo había terminado recibiendo los insultos y la condena en su lugar.

En la entrada, el enviado imperial revisó el documento sellado por Jaime. Pusieron sobre la mesa, uno por uno, el registro a nombre de Blanca Rivas, el documento con mi huella digital y la placa de prisionera.

—Blanca Rivas, ¿tienes alguna objeción? —me preguntó.

Abrí la boca, pero solo salió un soplo ronco. Un carcelero me sujetó la cabeza.

—Señor, hizo tanto escándalo en la celda que se lastimó la garganta.

Negué con desesperación y, con los dedos heridos por las cadenas, empecé a escribir "Montes" en el suelo. Antes de que terminara, la princesa de Valcera me interrumpió desde la tribuna.

Vestía de luto y llevaba entre los brazos una tablilla conmemorativa de su hijo. Me miró sin un atisbo de compasión.

—Cuando Blanca arrolló a mi hijo, ¿le dio alguna oportunidad de salvarse? Ejecútenla.

Los carceleros me arrastraron hasta el cadalso para esperar la hora señalada.

Volví la cabeza una vez hacia la residencia del supervisor. Estaba cubierta de telas rojas y aún alcanzaban a oírse las palabras del maestro de ceremonias.

Jaime no había venido. Había dicho que me recogería cuando terminara la boda, pero siempre decía lo mismo.

Que esperara a que Blanca dejara de llorar, a que se recuperara, a que ya no tuviera miedo. Que esperara un poco más.

Había esperado siete años y al final me esperaba un cadalso.

Al ver mis muñecas ensangrentadas, el carcelero me aflojó las cadenas media pulgada a escondidas.

—¿Tienes algo que quieras dejarle a tu familia?

Me llevé la mano al cabello. Blanca se había quedado con la corona. Solo me quedaba una horquilla de plata de mi madre.

Se la entregué junto con los pedazos del colgante de jade. Después arranqué un trozo de tela del borde de mi ropa, mojé un dedo en la sangre de mi palma y escribí en él: "Quiero que se disuelva mi matrimonio. La horquilla de plata pertenece a los Montes. No me entierren en el sepulcro de los Salazar".

El carcelero terminó de leer con los ojos enrojecidos.

—¿El señor Salazar es tu esposo?

Negué con la cabeza. Había dejado de serlo en el instante en que estampó su sello.

El verdugo roció la espada con un sorbo de vino. Me incliné y apoyé la frente sobre el frío bloque de madera.

Más tarde supe que, mientras yo estaba en el cadalso, la ceremonia de bodas llegaba a su último paso en la residencia del supervisor. Jaime ya había vuelto a ponerse la túnica de boda. Después de beber el vino nupcial, Blanca lo miró con los ojos húmedos.

—¿Adriana todavía estará enojada conmigo?

Él le limpió el vino de los labios.

—Solo le cuesta aceptarlo por ahora. Cuando la traiga de vuelta, procura ser comprensiva con ella.

Blanca se recostó en sus brazos.

—¿Te arrepientes de haberte casado conmigo hoy?

Jaime guardó silencio un momento.

—No.

A las cinco y cuarenta y cinco, arrojaron al suelo la tablilla de mando para dar la señal de ejecución. Sonó el último golpe del tambor. El filo relampagueó a la luz de la mañana.

Cerré los ojos. Esta vez ya no tendría que esperarlo.

También supe después que Jaime aún tenía la copa en la mano cuando un subordinado del Tribunal Supremo irrumpió, tambaleándose, en el salón de bodas. Había corrido tanto que, al arrodillarse, estuvo a punto de volcar la mesa ceremonial.

Jaime frunció el ceño.

—¿A qué viene tanto alboroto?

Pálido, el hombre sostenía con ambas manos la orden de ejecución sellada.

—Señor Salazar, el enviado imperial procedió a la ejecución de la persona cuya identidad usted confirmó.

Jaime quedó inmóvil con la copa en la mano.

—¿No les dije que esperaran a que yo llegara?

El subordinado levantó la cabeza. Le temblaba tanto la voz que apenas podía hablar.

—El decreto imperial prohibía cualquier demora. La señora Montes fue ejecutada a las cinco y cuarenta y cinco. Su cuerpo sigue allí, a la espera de que lo recoja su familia.

La copa se le resbaló a Jaime. Las astillas de porcelana salpicaron su túnica de boda.

—¿Quién dices que murió?

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