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Capítulo 3

Author: Sebastiana Rosas
Al final, Jaime se llevó al médico. La herida en la frente de Inés seguía sangrando.

Arranqué una tira de tela de la prenda que llevaba debajo de la túnica y, a través de los barrotes, la presioné contra su herida. Inés jadeaba de dolor, pero seguía intentando tranquilizarme.

—Estoy bien. Cuando se cayó de un árbol de niña, perdió mucha más sangre.

Yo tenía siete años entonces. Mi madre aún vivía. Inés había corrido conmigo en brazos por tres calles y hasta había perdido un zapato.

Ahora estaba tendida frente a mí y yo ni siquiera podía salir de la celda.

Un carcelero no soportó verla así y trajo a escondidas a una curandera. Mientras la curandera le vendaba la herida a Inés, Jaime regresó. Se había puesto la túnica de funcionario del Tribunal Supremo y llevaba el sello oficial colgado de la cintura.

Al verlo, me lancé de inmediato hacia los barrotes.

Antes de la ejecución, el Tribunal Supremo aún debía confirmar la identidad de la condenada. Si él no sellaba el documento, el enviado imperial no podría ejecutarme de inmediato.

Era mi última oportunidad.

Jaime ordenó que abrieran la puerta.

—Ya guardé el acta de matrimonio y el registro familiar. Deja de armar escándalos.

Le agarré la manga y señalé el sello. Entendió lo que quería, pero no respondió.

Un subordinado se acercó con un documento entre las manos.

—Señor Salazar, el enviado imperial está insistiendo. Solo falta que usted confirme la identidad de la condenada.

Blanca también había venido. Se había quitado la corona y ahora llevaba un adorno para el cabello con una perla colgante. Lo reconocí al instante: había estado guardado en uno de los baúles de mi dote.

No era solo la corona. Las sedas que vestía, el brazalete de jade y la bolsita perfumada de su cintura también eran míos.

Miré a Jaime. Pareció incómodo.

—Blanca no tiene familia que la ayude. No puede casarse hoy sin nada. Le presté tu dote por un rato; después te la devolverá.

Señalé el brazalete. Mi padre me lo había dejado.

Blanca escondió de inmediato la mano dentro de la manga.

—Si a Adriana le molesta que lo lleve, me lo quito ahora mismo.

Lo dijo sin mover siquiera los dedos.

Jaime intervino.

—Déjatelo. Adriana no es tan mezquina.

Siete años antes, había vendido cuanto podía vender para salvar a los Salazar. Siete años después, él usaba los pocos recuerdos que me quedaban para adornar la boda de otra mujer.

El subordinado volvió a insistir.

—Señor Salazar, si no confirma la identidad, la corte acusará al Tribunal Supremo de retrasar la ejecución.

Jaime tomó el documento. Yo me aferré a su manga y negué con la cabeza.

No debía sellarlo. En cuanto lo hiciera, sería él mismo quien certificara que yo era Blanca.

Jaime bajó la vista hacia mí.

—No puedo revelar el intercambio en este momento. Si lo hago, volverán a llevarse a Blanca. Solo voy a sellarlo para que la casa del príncipe deje de presionar. En cuanto termine la ceremonia, buscaré una solución.

Abrí la boca e intenté hacerme oír.

—Voy a morir…

Las palabras salieron entrecortadas, casi inaudibles. Su mano se detuvo un instante, pero Blanca estaba a su lado, con los ojos enrojecidos.

—Déjalo. No hagas que Adriana te odie por mi culpa.

Él pareció decidirse por fin. Entintó el sello y lo estampó sobre el documento, dejando una marca de un rojo intenso.

Mis dedos soltaron poco a poco su manga. Jaime extendió la mano para sostenerme.

—No voy a dejar que mueras.

Me aparté y saqué de entre mi ropa un papel cuyos pliegues estaban desgastados. Era la petición que había escrito siete años atrás, antes de presentar las pruebas a favor de los Salazar. Una esquina aún conservaba la sangre de los golpes que había recibido.

Allí había dejado constancia de la venta de mi casa familiar y había solicitado que se anulara la condena de los Salazar. Si la entregaba al Tribunal de Fiscalización, al menos podrían confirmar quién era yo.

Jaime entendió lo que planeaba. Me quitó la petición y la rasgó ante mis ojos, primero en dos y luego en cuatro.

—Deja de empeorar las cosas. Cada vez que armas un escándalo, pones a Blanca en más peligro.

Los pedazos cayeron de sus dedos. Me agaché y los recogí uno por uno. Después los acerqué a la lámpara y los quemé con mis propias manos.

—Jaime… —le dije con la poca voz que me quedaba—. Olvídate… de aquellos treinta golpes. Y de que salvé… a tu familia. Ya no me debes… nada por eso.

Las llamas me rozaron los dedos. Él intentó arrebatarme el papel, pero las cenizas cayeron al suelo antes de que pudiera hacerlo.

Afuera sonó el gong por última vez.

—¡Son las cinco y media! ¡Saquen a la condenada y confirmen su identidad!

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