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El príncipe que perdió su rosa
El príncipe que perdió su rosa
Author: Ada Smith

Capítulo 1

Author: Ada Smith
El carruaje no regresó al palacio del regente. Le pedí al cochero que diera la vuelta y fuimos a Hale & Compañía, en el sur de la ciudad. Era la casa comercial que mi tío tenía en la capital. Comerciaba entre el norte y el sur, y todos los meses salía algún barco mercante rumbo a Solvara. Al verme llegar tan entrada la noche, el encargado se sorprendió y salió de detrás del mostrador a recibirme.

Puse un billete de banco sobre el mostrador.

—Quiero un pasaje a Solvara para dentro de quince días.

El encargado le echó un vistazo a mi vestido de corte y no tomó el billete.

—Si el jefe se entera de que usted viaja sola al sur, me temo que me culpará a mí.

—Que el pasaje vaya a nombre de Rose Ashford. No hace falta avisarle a nadie.

Rose era como me llamaba mi madre. En Castelora pocos lo conocían, y Edmund mucho menos. El encargado dudó un buen rato. Al final sacó la lista de pasajeros y añadió mi nombre en la última línea. Me entregó el billete de embarque.

—El barco zarpa en quince días, a medianoche. Si no llega a tiempo, se va sin usted.

Cuando salimos de la casa comercial, Agnes seguía secándose las lágrimas.

Había venido conmigo de la casa de la familia Ashford al palacio cuando me casé, y había visto cómo me convertía en la esposa del regente, experta en cuentas y en tratar con la gente.

—Señorita, ¿de verdad no le duele dejarlo?

Me dolía.

Siete años no son siete días.

Me había cargado en la espalda por la nieve; en nuestra noche de bodas me había quitado la tiara de novia y me había prometido que mientras viviera nunca dejaría que me hicieran sufrir.

Pero que me doliera dejarlo no significaba que tuviera que entregarle también el resto de mi vida.

—Por eso mismo me voy, porque me duele.

Cuando regresé al palacio, ya pasaban de las ocho de la noche. La puerta del salón principal estaba abierta. Cecily Marlowe estaba sentada junto a Edmund, y en la mesa había vino y galletas de jengibre que ella misma había horneado. Edmund llevaba ropa de diario y tenía una expresión distante. Nunca le habían gustado los dulces.

Pero no rechazó las galletas que Cecily le ofrecía. Cuando me vio entrar, apenas le echó un vistazo a la carta que yo llevaba en la mano.

—La princesa anda cada vez más caprichosa. Ahora hasta usa sus cartas para hacer berrinches.

Creía que era una carta como cualquier otra. Claro, si nunca la abrió, ¿cómo iba a saber que adentro le pedía el divorcio? Me quedé junto a la puerta y le di una última oportunidad de darse cuenta.

—¿De verdad Su Alteza cree que era solo una carta más?

Edmund levantó su copa de vino sin cambiar de expresión.

—No serán más que asuntos de la casa. Si te falta dinero, pídeselo al mayordomo.

Así que, para él, todo lo que yo había sufrido cabía en un gasto más.

Cecily tosió.

Edmund dejó la copa en el acto, tomó la capa del respaldo de la silla y él mismo se la puso sobre los hombros.

—De noche hace frío y tú eres delicada. No deberías quedarte afuera tanto tiempo.

Cecily se ciñó la capa y me sonrió como disculpándose.

—No te enojes, querida. Su Alteza solo se preocupa por mí porque soy enfermiza desde niña.

Yo le había cosido esa capa a Edmund a toda prisa el invierno pasado. Ahora estaba sobre los hombros de otra mujer, y hasta le quedaba bien. Edmund pareció notar mi silencio.

—Si tú también tienes frío, mañana mandaré que te lleven otra al ala principal.

Estaba dispuesto a compensarme. Nunca había sido tacaño con la ropa, las joyas y el dinero. Lo único que se negaba a darme era ser su preferida. Hice una reverencia.

—Gracias, Alteza. No hace falta.

Edmund se quedó mirándome un momento; no estaba acostumbrado a verme tan tranquila. No le di oportunidad de preguntar más. Me di la vuelta y salí del salón principal. De vuelta en el ala principal, le pedí a Agnes que abriera todos los almacenes.

De la dote de más de cien baúles, en siete años había gastado cuatro décimas partes en cubrir los gastos del palacio. Fui ordenando uno por uno los bienes que quedaban, es decir, escrituras de tierras, locales y billetes de banco.

Anoté en un registro aparte las joyas y las telas que Edmund me había regalado, y las dejé intactas en el almacén. Al llegar a la última página, encontré la carta que me escribió cuando nos comprometimos, siete años atrás. El papel ya estaba algo gastado, pero los trazos seguían siendo firmes y afilados.

Edmund había escrito de su puño y letra que deseaba envejecer junto a Rosalind Ashford. Me quedé mirándolo un momento y lo metí hasta el fondo del baúl. En quince días, ya no podría retenerme.

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