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Capítulo 2

작가: Ada Smith
Diez días antes de irme, cayó una lluvia fría sobre Castelora. El reumatismo me atacó de noche, y me dolía tanto que no podía ni doblar los dedos. Siete años antes, a Edmund le habían tendido una emboscada; envenenado, cayó al río helado.

Me lancé tras él, lo arrastré hasta la orilla y le contuve el veneno. Salvó la vida, pero yo me quedé con el reumatismo desde entonces. Agnes trajo una bolsa de agua caliente y, con los ojos enrojecidos, quiso ir a buscar al doctor de palacio, pero la detuve.

—Primero ve al patio delantero y llévale al encargado de la casa comercial las escrituras de los tres locales que separamos hoy.

No podía detener el plan de salir de la capital. Agnes acababa de irse cuando alguien abrió la puerta. Edmund entró con una taza de medicina. Se notaba que acababa de llegar de la corte. Todavía llevaba la espada al cinto, y la lluvia le había dejado los puños húmedos y fríos.

—El doctor de palacio dijo que recaíste. Esta noche me quedaré en el ala principal.

Dejó el remedio junto a la cama y se inclinó para tocarme la frente. Tenía la mano seca y tibia, como siempre. Siete años atrás, cuando la enfermedad me tenía aturdida, él también me había velado así. Una vez le pregunté si yo le resultaba una molestia.

Me arropó y solo me contestó una frase:

—Rosalind, eres mi esposa, no una molestia.

Ahora esas palabras regresaban después de siete años, y todavía dolían. Al ver que no me movía, Edmund tomó la taza.

—¿Sigues enojada por la carta de San Valentín?

No abrí la boca.

—Si Su Alteza de verdad quiere compensarme, no se vaya esta noche.

Fue la última vez que le pedí que se quedara. Edmund guardó silencio un momento y dejó la cuchara.

—Bien.

Lo que dijo le devolvió un poco de calor a un corazón que llevaba muchos días muerto. Pero antes de que ese calor alcanzara a extenderse, se escucharon pasos afuera. La criada de Cecily se quedó plantada en la puerta; lloraba tanto que le faltaba el aire.

—Alteza, la señorita Marlowe se asustó. En cuanto sonó el trueno, se encerró en su cuarto y no quiere ver a nadie.

Edmund detuvo en el aire la mano con que sostenía la taza. Al otro lado de la ventana retumbó otro trueno. Me miró, indeciso.

—El padre de Ceci murió en batalla por salvarme. Ella creció en casas ajenas, donde la trataron mal, y les tiene pánico a las tormentas. Le prometí a su padre que nunca dejaría que nadie la hiciera sufrir.

—Pero usted aceptó quedarse aquí...

Edmund no lo negó. Solo volvió a dejar la taza en la mesa y me subió la colcha de seda.

—Tú siempre has sabido aguantar. Ceci, en cambio, no puede estar sin mí. Si el remedio se enfría, pide que te lo calienten. Mañana vendré a verte.

Se fue deprisa. No volví a llamarlo. Esa noche yo había mandado a Agnes a encargarse de las escrituras, y en el ala solo quedaban dos sirvientas de faena. Resistí sola hasta el amanecer; varias veces me mordí los labios del dolor, hasta sacarme sangre.

El remedio junto a la cama ya se había enfriado. Tomé la taza y tiré el remedio por la ventana, al lodo. Siete años de cariño no valían más que eso. No es que él no supiera que me dolía.

Solo estaba seguro de que no me iba a morir del dolor y de que tampoco podía irme. Cuando amaneció, Agnes regresó, vio en mi muñeca las marcas de sangre que me habían dejado las uñas y comenzó a llorar.

Le pedí que sacara el costurero y que encendiera la chimenea. En todos esos años le había cosido a Edmund siete prendas de invierno. Como no le gustaban los adornos recargados, yo solo les hacía un bordado discreto en los puños.

El año que fue a la guerra en la frontera norte, me desvelé tres noches para terminarle un abrigo de piel de zorro, por miedo a que pasara frío más allá de la frontera.

Cuando hundí las tijeras, la tela crujió al rasgarse. Agnes me agarró la mano.

—Señorita, usted cosió todo esto puntada por puntada. Por eso lo destruiré con mis propias manos.

Los jirones de la ropa de invierno fueron a parar a la chimenea. Cuando la última prenda terminó de arder, el mayordomo trajo un mensaje. Su Alteza pasaría la noche en el ala oeste y no vendría al ala principal.

En el inventario de la dote taché la última piel de zorro para el invierno. Faltaban nueve días para irme.

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