Me sorprendió lo mucho que la saga «La escuela del bien y del mal» da para debatir entre lectores de aquí; cuando la leí por primera vez no pude parar de pensar en la manera en que juega con los
cuentos de hadas y los voltea. La voz narrativa es ágil y hay momentos muy visuales que parecen diseñados para el cine, pero también hay tramos en los que la historia acelera demasiado y algunos personajes pierden matices. En España, esa mezcla genera reacciones encontradas: a quien le encanta la subversión le resulta refrescante, mientras que a quien le gusta la coherencia interna le chirrían ciertos giros.
En lo que respecta a la traducción al español, me pareció que, en general, respeta el tono juvenil y mantiene las frases claves; sin embargo, hay expresiones que suenan demasiado literal y otras que ganan en color cuando se adaptan con giros locales. Muchos lectores jóvenes aquí conectan con la amistad entre Sophie y Agatha y con la discusión sobre destino versus elección, temas que resuenan en talleres escolares y clubs de lectura. También noto que la estética visual de la saga —oscura pero pop— ha ayudado a crear una comunidad activa en redes sociales, donde se comparten teorías y fanarts.
Al final, creo que «La escuela del bien y del mal» es un libro que divide pero no deja indiferente: es ideal para quien busca fantasía con doble filo y para quien disfruta discutir los porqués detrás de los personajes, aunque conviene aceptar ciertas concesiones de ritmo y algunas soluciones narrativas menos pulidas como parte del paquete espectacular que ofrece.