Abrí «
el hombre en busca del sentido» con la curiosidad de quien busca una linterna en la oscuridad, y me encontré con una forma práctica y profundamente humana de entender el trauma.
Al leer a Viktor Frankl me impactó cómo su experiencia en los campos de concentración no se convierte en un mero relato de horror, sino en una lección sobre la libertad interior: aunque el contexto sea insoportable, siempre queda la posibilidad de elegir la actitud ante ese sufrimiento. Yo lo sentí como una invitación a recuperar agencia cuando todo parecía fuera de control; entender que el sufrimiento no desaparece por desearlo, pero sí puede transformarse si encuentro un propósito que lo atraviese. Ese giro —pasar de víctima pasiva a alguien que busca sentido— me ayudó a reordenar recuerdos y a dejar de quedarme atrapado en la repetición de la experiencia traumática.
Frankl introduce ideas sencillas pero potentes que adopté en mi día a día: fijar metas pequeñas que me den un porqué para seguir adelante, recordar seres queridos o proyectos que importan más que el dolor inmediato, y practicar la llamada 'intención paradójica' para romper ciclos de ansiedad y pensamientos intrusivos. En mi caso, cuando los recuerdos me bombardeaban, intentar nombrarlos y ponerles un propósito —escribir sobre ellos, hablarlos con alguien, convertirlos en aprendizaje— fue más útil que intentar empujarlos al olvido. También aprendí a aceptar que hay sufrimientos inevitables; la paz llegó cuando dejé de pelear con esa realidad y, en cambio, busqué qué podía hacer con lo que quedaba de mí.
No es una solución mágica: hay días en que la tristeza pesa y necesito apoyo profesional o compañía. Pero adoptar la mirada de Frankl me dio herramientas para
humanizar el proceso de recuperación: reconstruir una narrativa personal con sentido, asumir responsabilidad por pequeñas acciones y enfocarme en un futuro con propósito. Al final, lo que me quedó fue una sensación de que el trauma puede marcarme, pero no define por completo quién soy; puedo seguir cultivando sentido, paso a paso, incluso en las fisuras que dejó el dolor.