Me fascina cómo Dan Gilroy ha ido cambiando su pulso narrativo desde «Nightcrawler»; esa película se siente como un puñetazo
nocturno: ritmo hipnótico, cámara cercana, y una obsesión palpable por la manera en que los medios devoran la realidad. En «Nightcrawler» todo está pensado para que la ciudad y la urgencia del protagonista se coman la pantalla: planos tensos, montaje seco y un diseño de sonido que convierte Los Ángeles en un personaje más. La película se siente íntima y contenida, casi de bajo presupuesto, pero con un control absoluto sobre el tono y la atmósfera.
Si sigo la línea hasta «Roman J. Israel, Esq.», noto que Gilroy se aleja del
thriller urbano para abrazar un drama más teatral y centrado en el personaje. Aquí el tempo se vuelve más pausado, los planos permiten respirar y las escena se sostienen en diálogos largos y en la interpretación del protagonista. El interés sigue siendo ético y social —la justicia, la integridad— pero la forma es menos filosa y más deliberativa; hay voluntad de explorar ideas a través de discursos y planos que miran al rostro humano más que a la ciudad en movimiento.
Luego llega «Velvet Buzzsaw», y la evolución es evidente: Gilroy se vuelve más ambicioso y juguetón con el género. Pone en escena una
sátira del mercado del arte con toques de horror y sátira, visualmente más pulida, colores saturados y una puesta en escena que alterna el glamour con lo grotesco. En conjunto, su trayectoria muestra a alguien que pasó de un noir compacto y obsesivo a probar texturas distintas —drama de carácter y luego sátira generacional— sin perder el hilo crítico sobre la
cultura contemporánea. Personalmente, me gusta que arriesgue y no se quede en un solo registro; le sienta bien la curiosidad.