Me quedé pegado a la pantalla en cada intervención de Tommy Lee Jones en «
lincoln», porque logró mezclar rabia moral y ternura de una forma que casi duele.
Su Thaddeus Stevens es una fuerza chispeante: voz cortante, mirada fija, y una energía que parece venir de una firme convicción más que de la mera teatralidad. Vi cómo convirtió las largas escenas parlamentarias en duelos de ideas, usando pausas, repeticiones y ese deje áspero para subrayar su desprecio por
la hipocresía. A la vez, nunca lo pintó como un fanático sin matices; hay instantes íntimos donde se sugiere humanidad, especialmente en la relación con la mujer de su casa, que le dan una dimensión privada y vulnerable.
Me llamó la atención también cómo la discapacidad física del personaje no se volvió una etiqueta: la manera de caminar, de apoyarse, era parte del personaje sin convertirse en espectáculo. Al salir de la sala sentí que había visto a alguien que hubiese puesto la vida al servicio de una idea exacta de justicia, y que Jones le dio esa mezcla de dureza y
calor humano que lo hace memorable.