Me crían recuerdos de cachorros inquietos cada vez que pienso en los problemas que traen algunos linajes de Jack Russell: la predisposición a la luxación del cristalino (PLL) es algo que suena en muchas charlas entre criadores responsables. No es solo una palabra rara; es una condición hereditaria que, si ocurre, puede llevar a dolor ocular intenso y a glaucoma secundario, y por eso hay tests genéticos que muchos usan antes de planear cruces.
En mi caso, también he vivido situaciones de patela luxante: esos momentos en que el perro levanta una pata y parece que se le queda «clavada» son angustiosos, pero con evaluación
veterinaria y, cuando hace falta, cirugía, se puede recuperar mucha calidad de vida. Añadiría que he conocido perros con atrofia progresiva de retina o cataratas tempranas, enfermedades que no siempre se corrigen pero sí se monitorizan para adaptar el entorno del perro.
Para quien comparte vida con un Jack Russell, lo práctico es pedir revisiones oftalmológicas, valoraciones ortopédicas y, si se plantea la reproducción, usar pruebas genéticas y evitar cruzar portadores. Yo hago eso con todos los perros que pasan por mi casa y creo que así se mejora la salud de la raza poco a poco.