No sé por qué me metí, pero terminé con una linterna que no quería apagarse y unas cuantas historias que me dejaron
la piel de
gallina.
La linterna, encendida con una llama
azul dentro de un farol de bronce, alumbraba rutas que no estaban en el mapa: pasadizos que sólo existían si la sostenías. Encontré también una moneda vieja con una muesca en forma de cruz; cada vez que la lanzabas, volvía con una pequeña mancha de
tierra que olía a luto y, si la guardabas, empezabas a soñar con enterramientos. Había un álbum de
fotos cuyas imágenes cambiaban según a quién se lo mostrabas; muchas de esas fotos mostraban lugares del cementerio que yo aún no conocía.
Lo más inquietante fue una muñeca envuelta en tela que sollozaba al anochecer; la dejé donde la encontré después de que sus ojos, de vidrio negro, se movieran para seguirme. Por último, una llave de hierro colada que abría una cripta concreta: la curiosidad me ganó y la probé, y desde entonces escucho pasos en el corredor cuando pasa la noche. Me fui con mis botas cubiertas de barro y la certeza de no volver a recoger objetos que no entiendan mi nombre.