Me entusiasma pensar en la enorme diversidad de obras que se le atribuyen a
william shakespeare, y cuando intento ordenarlas se me ocurre hacer una clasificación por géneros porque ayuda a ver su alcance.
En comedias están títulos tan conocidos como «El sueño de una noche de verano», «Como gustéis», «Mucho ruido y pocas nueces», «Noche de reyes», «
la fierecilla domada», «Medida por medida», «El mercader de Venecia», «Los dos caballeros de Verona», «Trabajos de amor perdidos», «Todo está bien si acaba bien», «La comedia de los errores» y «Las alegres comadres de Windsor». Estas obras muestran su manejo del humor, el enredo amoroso y la sátira social.
En tragedias encuentro a «Hamlet», «Otelo», «Macbeth», «El rey Lear», «
romeo y julieta», «Julio César», «Antonio y
cleopatra», «Coriolano», «Tito Andrónico» y «Timón de Atenas», piezas donde se exploran pasiones extremas, ambición y caída humana.
Las historias inglesas incluyen «Ricardo II», «Enrique IV, parte 1» y «parte 2», «Enrique V», «Enrique VI» en sus tres partes, «Ricardo III» y «
enrique viii». Además, en la fase tardía escribió lo que se suele llamar romances o piezas tardías: «La tempestad», «Cuento de
invierno», «Pericles, príncipe de Tiro» y «Cymbeline». A esto súmale poemas narrativos y líricos como los «Sonetos», «Venus y Adonis», «El rapto de
lucrecia», «El fénix y la tórtola» y «Una queja de amante». También hay trabajos con autoría compartida o atribuciones dudosas —por ejemplo «Eduardo III», «Los dos nobles parientes» y partes de «Sir Thomas More»—, y alguna obra perdida como «Cardenio». En fin, su canon principal ronda las treinta y tantas obras y algunos poemas, y esa mezcla es lo que me sigue fascinando cada vez que vuelvo a leerlas.