Siempre me ha fascinado cómo una película puede capturar la tensión entre creatividad y vida personal, y en «Control»
robert boulter interpreta a Bernard Sumner, el guitarrista y teclista que luego formaría parte de New Order. En mi experiencia, Boulter no está al frente como protagonista —esa carga la lleva Sam
riley como Ian Curtis— pero su presencia es
vital: transmite esa mezcla de juventud nerviosa, ambición y cierta distancia que imagino entre los miembros de una banda emergente. Vi la película con amigos que conocían las canciones y algunos que no; en ambos casos la actuación de Boulter se siente creíble y contenida, sin gestos exagerados, lo que ayuda a mantener el tono íntimo y sobrio del filme.
Recuerdo una escena en la que la banda está ensayando y la cámara se queda en detalles: manos sobre cuerdas, miradas intercambiadas, el silencio entre frases. Esa sutileza es lo que me gustó de la interpretación de Boulter; no busca destacar por encima de los demás, sino encajar en la dinámica grupal. Eso, sumado al diseño de vestuario y la estética en
blanco y negro que Anton Corbijn impuso, hace que el personaje de Bernard tenga peso sin ostentación.
Al salir del cine pensé en cómo las actuaciones secundarias bien trabajadas pueden convertir una biopic en algo más que una crónica de eventos: se vuelve una experiencia emocional compartida. La versión de Bernard Sumner que ofrece Boulter me dejó con la impresión de un músico joven, concentrado, marcado por la época, y sobre todo, humano.