Maya Adams
—¿No quieres correrte, goldie? —susurró Draven con dureza mientras sus manos ásperas le sujetaban las muñecas por encima de la cabeza.
Los labios de Luca le recorrían el cuello como fuego, mordisqueándole el pulso, mientras los dedos de Mateo se deslizaban entre sus muslos, jugueteando con su humedad mientras ella se retorcía, desesperada por más fricción.
—No hay escape de esta tormenta… ni de nosotros.
Ella se arqueó contra ellos, un gemido escapando de sus labios cuando Luca le reclamó la boca en un beso brutal.
No hacía falta discutir: desde el día en que entraron y la encontraron desnuda en su cama, ella había sabido que era… suya para complacer.
Soraya, víctima de los abusos de su marido psicópata, nunca pensó que llegaría a ser libre.
Creía que se marchitaría y moriría a sus manos, así que cuando surgió la oportunidad de escapar —por improbable que fuera—, la aprovechó.
¿Estaba libre?
Lamentablemente, no.
Apenas unas horas después de que su vuelo hacia la libertad despegara, el avión se estrelló.
Literalmente.
Apenas había tenido tiempo de recuperarse de su milagrosa supervivencia cuando se encontró atrapada en una enorme mansión en medio de la nada.
Y, lo peor de todo: no estaba sola.
¿Has oído alguna vez el cuento de Ricitos de Oro y los tres osos?
Aquel en el que entra en una cabaña acogedora, se come su comida y se va sana y salva con tres nuevos amigos.
Este no es ese cuento.
En este, Goldie sí entró en la casa de los tres osos… pero nunca volvió a ser libre.
En cambio, descubrió a tres hermanos psicópatas que le enseñaron las consecuencias de traspasar sus límites.
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