Ximena Beltrán
El día de la audiencia, el juez hizo la pregunta de rigor:
—Solo llevan tres años casados. ¿Está segura de que su relación se ha roto de manera irreparable?
Esbocé una sonrisa amarga, me quité el anillo de bodas y lo dejé sobre la mesa.
—Llevamos tres años casados y hemos vivido separados durante los tres. ¿De verdad cree que aún queda algo entre nosotros?
Habíamos sido novios durante cinco años. Yo era su contacto de emergencia e incluso la beneficiaria de su seguro. Creí que había elegido al hombre correcto, pero el mismo día de nuestra boda recibió una llamada y se puso pálido.
Cuando le pregunté qué ocurría, solo dijo que su madre estaba enferma. Lo dejó todo y compró de inmediato un boleto de avión para volver a cuidar a su madre.
Durante los tres años siguientes me enviaba, todos los días, fotografías de cada una de sus comidas. Sin embargo, su madre jamás aparecía en ellas. Como me dolía verlo hacerse cargo de todo él solo, le propuse renunciar a mi trabajo para acompañarlo y ayudarlo a cuidarla. Él se negó, diciendo que no soportaría verme sacrificar mi carrera.
Hasta que, unos meses atrás, encontré la cuenta de una influencer que compartía su lucha contra el cáncer. Santiago Vega aparecía en uno de sus videos, acompañado de una frase llena de ternura:
"Está conmigo al despertar.
Está conmigo en cada comida.
Y es su mano la que nunca suelta la mía".
¿Y yo? Durante más de mil días y noches, solo me tuve a mí misma.
Me había mentido.
El juez dejó el expediente sobre el estrado y formuló una última pregunta:
—¿Lo ha pensado bien?
Asentí con firmeza. Cuando declaró disuelto nuestro matrimonio, miré la sentencia de divorcio y rompí a llorar.
Santiago, te dejo ir.
Y también me libero a mí misma.