Frost Kibble
Durante una cena de integración de la empresa, mis compañeros propusieron un reto: llamar a nuestros esposos o novios para ver cuánto dinero nos transferirían.
Las reglas eran simples: ganaba quien recibiera la mayor cantidad de dinero en el menor tiempo.
Como de costumbre, volví a quedar en último lugar.
—Seraphina, no te lo tomes a mal. Quizá el señor Brooks no sea muy romántico, pero al menos tiene dinero.
Todos rieron, tratando de quitarle peso al comentario sin remover viejas heridas.
Llevaba siete años ayudando a Conrad a levantar su negocio, y ni una sola vez había mencionado la posibilidad de casarnos.
Cuando repartió acciones entre el equipo directivo, fui la última en enterarme.
Y también estaba aquel día en que me diagnosticaron cáncer de estómago: mientras esperaba los resultados en el hospital, la única persona que permaneció a mi lado fue mi mejor amiga.
Me limité a sonreír y guardar silencio.
Entonces, mi mirada se posó en la joven pasante.
Apretaba el celular entre las manos, con los nudillos blancos y la duda reflejada en el rostro.
—Mejor no participo —murmuró—. Está de viaje de negocios. Debe de estar muy ocupado.
El ambiente se volvió incómodo.
Quise ayudarla, así que me incliné hacia delante con una sonrisa y activé el altavoz mientras marcaba su número.
Esperaba que no respondiera.
Pero, para mi sorpresa, contestó al instante.
El salón privado quedó en completo silencio.
Esa voz era inconfundible.
Era la de Conrad, mi novio, un hombre reservado y poco romántico.
Pero esta vez, su tono sonaba sorprendentemente tierno.
—Amor, ¿recibiste el regalo de San Valentín que te mandé?