Cora Jamison
El banquete de fin de año de la organización estaba terminando. De pronto, un reflector me enfocó de golpe, cegándome.
—¡Es hora de nuestro último brindis! ¡Por el mayor lastre de la familia!
Se hizo un silencio sepulcral durante un segundo. Luego, las risas crueles resonaron por todo el salón. Chloe, la nueva mujer de Silas, me dio un codazo en el hombro con una sonrisa mordaz.
—Ve a buscar tu premio, Valentina. ¡No seas tímida! Yo también voté por ti, te lo ganaste.
Me quedé en silencio y fijé la mirada en nuestro jefe, Don Silas. Él sabía perfectamente lo que yo había hecho por este imperio criminal: el lavado de dinero que lo había vuelto imposible de rastrear, las madrugadas que pasé bebiendo para sobornar a los concejales y las licencias especiales para los casinos que conseguí gracias a mis contactos familiares. Obtuve los ingresos clandestinos más rentables de la organización con sangre, sudor y lágrimas. Sin embargo, ahí estaba él, sentado en la mesa principal, observándome con frialdad.
—¿Qué pasa? ¿Acaso no te gusta la recompensa de la familia?
Subí al escenario y le quité a un soldado esa ficha de plástico tan barata como humillante. Chloe se acercó y me entregó el micrófono mientras sonreía con dulzura, fingiendo ser un ángel inocente.
—¿Nos darás un discurso, Valentina?
El salón entero, lleno de mafiosos en trajes elegantes, esperaba el remate del chiste. Me limité a sostener la ficha, mirando los rostros que había alimentado con dinero blanqueado, y esbocé una leve sonrisa.
—Ya que la familia cree que esto es todo lo que valgo... me voy.
Las risas se detuvieron al instante. Pensaron que solo era una mujer despechada haciendo un berrinche; hasta que las redes de lavado de dinero en el extranjero se desmantelaron. Hasta que los políticos y los clientes de alto perfil retiraron sus fondos, exigiendo hablar directamente con su verdadero contacto porque, de lo contrario, ya no tendrían protección alguna. Entonces entraron en pánico absoluto.