Nájera Testa
—Aaaaahhhh...
Don Alejandro, mi vecino, tenía que irse de viaje de trabajo durante dos días y me encargó cuidar a su joven esposa, Martha Castañeda.
Jamás imaginé que ella se descuidaría tanto conmigo. Vestida con un camisón ligero, dormía profundamente en la cama; su cuerpo desnudo y blanco quedaba a la vista y se movía al ritmo de su respiración.
No pude contenerme. Extendí la mano hacia ella mientras dormía y acaricié su cuerpo sensual.
Se estremeció ante mi contacto, pero no despertó del todo; en cambio, se fue excitando más y más con cada roce y arrimó su cuerpo al mío.
Sin poder contener más las ganas, acerqué aquello que ya estaba duro y lo rocé entre sus piernas...