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La Ninfa de la Carretera Maldita

La Ninfa de la Carretera Maldita

Oleh:  MangonelTamat
Bahasa: Spanish
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—Déjeme ver quién la tiene más grande, usted o mi novio. Mientras manejaba el tráiler por la carretera de la sierra, una pareja joven me pidió que los llevara. La mujer se veía tan provocadora que no pude contenerme y se me marcó el bulto. Para mi sorpresa, resultó ser tan atrevida que quería medírmelo con la mano para ver qué tan grande la tenía. Y lo que más me encendió fue que el novio quería que ella me pagara el aventón con su cuerpo.

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Bab 1

Capítulo 1

Me llamo Abel Flores y soy camionero de larga distancia. En este oficio, cuando uno sale con carga, puede pasarse diez o quince días sin regresar a casa. Uno come, toma y hace de todo en el tráiler, y con el tiempo las ganas se van acumulando.

Aguantarse lo deja a uno deshecho, y ni tiempo queda para darse una alivianadita por su cuenta.

Ese día venía haciendo un viaje largo por la sierra y, a mitad del camino, me encontré con una pareja de jóvenes.

Estaban parados en plena carretera, haciéndome señas para que me detuviera. Por esa zona hay bastante gente que pide aventón; ya me había pasado varias veces. Pero casi siempre eran mujeres demasiado maquilladas y arregladas; se notaba que eran trabajadoras nocturnas.

En estos viajes yo apenas saco un dinerito, y ellas, con solo abrir las piernas, ya ganan lo mismo o hasta más. Pero esta pareja sí parecía estar de viaje de verdad; seguro les pasó algo y por eso pedían aventón. Me detuve junto a ellos y bajé la ventanilla.

La mujer se asomó por mi ventanilla, con una carita preciosa, y señaló el auto detenido a un lado de la carretera.

—Se nos descompuso el auto de repente y ya no arranca. ¿Nos da un aventón?

Miré el auto detenido a la orilla de la carretera; sí parecía que estaban en aprietos. Les hice una seña.

—Claro, súbanse.

Una vez en el camión, vi que la chica tenía muy buen cuerpo. Llevaba un suéter negro; tenía los pechos grandes y redondos, y bajo la falda se le veían las piernas finas y largas, realzadas por unas medias color piel. A mí, que llevaba tanto tiempo solo, eso terminó de calentarme y me estremecí todo.

La pareja se sentó a mi lado y empezó a hablarme con entusiasmo.

—Me llamo Tamara, y él es mi novio, se llama Iván. ¡Gracias por el aventón! Esta carretera es larguísima y ya no sabíamos cómo salir de aquí.

Hice un gesto, como diciendo que no era nada, y seguí concentrado en manejar.

El camino era largo y, poco a poco, a Tamara la venció el sueño; se recostó sobre las piernas de su novio y se quedó dormida.

Quedó con la falda hacia mí, y entre sus muslos se abría una sombra oscura; no pude evitar echarle un vistazo.

Y lo que más me prendió fue que Iván, con mucha maña, le puso la mano en el pecho a Tamara y empezó a manoseárselo a su antojo.

Sus curvas se moldeaban bajo la palma de su mano; la imagen era demasiado tentadora. Verlo me dejó con una calentura insoportable. Con lo firmes y rebosantes que eran, seguro se sentían riquísimas al tacto.

En eso, Tamara dejó escapar un gemido sensual, y el sonido terminó de encenderme. Tenía una voz tan deliciosa que la de mi esposa, Lucía, ni se le comparaba.

Nunca en mi vida había estado con una mujer de ese nivel, y ahora la tenía ahí, acostada junto a mí, sin poder tocarla.

No se imaginan lo desesperado que me sentía. Iván la manoseó un rato y la despertó. Al verlo tan descarado, ella no pudo disimular la incomodidad.

—¿Qué va a pensar de nosotros?

Luego volteó hacia mí.

—¿No lo estamos molestando?

Negué nervioso.

—Eh, no, para nada. Son cosas de jóvenes, tienen energía de sobra.

Al oírme, Iván le dijo a Tamara:

—¿Ves? A él no le importa. Déjame tocarte un ratito.

A Tamara ya no pareció importarle y dejó que él le pasara la mano por el cuerpo.

Hasta le metió la mano por debajo de la ropa y, a ratos, le apretaba los pechos hasta que casi se le salían; alcancé a ver esas curvas blancas y carnosas.

Tamara se ponía algo tensa, con la cara sonrojada, y dejaba escapar unos gemidos provocadores. Le apartó la mano de un manotazo y dijo con voz melosa:

—Ay, despacio, que me lastimas.

Iván se rio entre dientes y aflojó un poco la presión. Desde mi asiento, miraba la escena de reojo, con la calentura a todo lo que daba desde hacía rato.

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