Mi Rey
Era bastante simple, de oro blanco, con cuatro grandes piedras pentagonales de ónix puramente negro decorándola y un diamante rojo rarísimo y hermoso en el centro.
—Esta —dijo sin más, retrocediendo dos pasos para mirarla mejor, haciéndola sonrojarse bajo su intenso escrutinio.
—Sí, le queda —opinó Saraya metiéndose entre medio de ellos dos—. Hace que tu piel se vea aún más fantasmalmente pálida, pero queda bien con tu cabello y tus ojos, supongo. —Se encogió de hombros, sin darle verdadera importancia, pero sin moverse de donde estaba, obviamente disfrutando de haber roto su momento cursi de admiración.