Cuando me perdiste, no dijiste nada
En el quinto año de su matrimonio, Débora Acosta descubrió a su esposo Emilio Romero acostándose con su secretaria, la mujer incluso estaba embarazada.
De golpe, los cinco años que Débora había entregado al matrimonio parecieron una broma cruel.
Pidió el divorcio, solo para darse cuenta de que en la familia Romero ya no había un lugar para ella.
La amante, Irene Palacios, la provocó sin pudor, Emilio se mostró frío e indiferente y las críticas de los familiares terminaron por hundirla en un dolor insoportable.
Después del divorcio, Emilio volvió a encontrarse con Débora.
Ella era como una luna lejana, inalcanzable.
Su mirada y su corazón ya estaban llenos de otro hombre.
La mujer que había sido su esposa terminó convirtiéndose en el tesoro más preciado de alguien más.
Al final de un banquete, Emilio la tomó del brazo.
Con la voz quebrada y los ojos enrojecidos, le preguntó casi suplicando:
—De verdad, ¿ya no me quieres?
Débora lo miró con frialdad.
En ese momento, el hombre elegante y distante que estaba a su lado la rodeó con el brazo.
Alzó la mirada y dijo con calma:
—Sr. Romero, mi esposa y yo tenemos que volver a casa. Por favor, compórtese.
***
Ella había creído que era el chiste de toda la ciudad.
En su momento más miserable, un hombre al que apenas había visto unas cuantas veces la llevó a su casa.
Más tarde entendió la verdad.
Alguien la amaba como a un tesoro.
Cada una de sus lágrimas era invaluable para él y jamás permitiría que volviera a sufrir ni la más mínima injusticia.