La Luna Que Fingió Su Muerte
Mis ojos estaban secos y me dolían, pero una sola lágrima, como una traidora fuera de control, se deslizó por la cuenca del ojo.
Aiden la vio.
Estiró la mano y, con las puntas de los dedos temblando, me limpió la humedad con cautela y ternura.
—Elara, ¿qué te pasa? No me asustes.
Él quería sostenerme, envolverme en sus brazos como lo había hecho incontables veces antes.