Lágrimas de Cristal
Pero no se atrevía.
Al final, Marlene la mandó igual, salió con la bandeja, se acercó a la mesa y sirvió las caipiriñas, despacio, sin mirarlos.
—Você é nova aquí —dijo una voz de hombre, en portugués, con la voz grave, con un acento carioca, de los de Zona Sul.
Cristal levantó la vista, era Diogo, la estaba mirando directo a los ojos, con la cerveza en la mano, con una sonrisa, como si le interesara de verdad lo que ella tenía para decir.