Amor ciego, Matrimonio por Conveniencia

Amor ciego, Matrimonio por Conveniencia

last updateHuling Na-update : 2026-10-16
By:  JJBenitez In-update ngayon lang
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Tras perder a su madre y ser separada de su hermana, Olivia lucha por sobrevivir con una sola promesa: rescatar a Emma del orfanato donde quedó atrapada. Su destino cambia cuando conoce a Alessandro Visconti, un poderoso magnate ciego que le propone un matrimonio por conveniencia para proteger a su pequeña hija. A cambio de devolverle a su hermana, Olivia acepta un contrato que los unirá frente al mundo. Pero, mientras enfrentan traiciones, ambiciones familiares y peligros inesperados, descubrirán que el amor puede nacer incluso donde ninguno de los dos esperaba encontrarlo.

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Kabanata 1

Capítulo 1: Un Refugio Temporal.

Todas las noches eran iguales para mí. Dormía en el suelo de aquella diminuta habitación, sobre un colchón sucio y gastado, cubierto apenas con unas pocas sábanas. El frío se colaba por las grietas del techo y las paredes. Cuando llovía, el agua encontraba la forma de entrar, y algunas mañanas despertaba con la ropa húmeda y el cuerpo entumecido.

Aquella mañana lluviosa, unos pequeños golpes en la puerta me despertaron de repente.

Abrí los ojos y busqué a tientas el viejo reloj sobre la mesa. Las agujas marcaban las seis y media de la mañana. Ya era tarde para salir a trabajar, pero estaba tan cansada por el ajetreo del día anterior que preferí quedarme en el colchón y cubrirme la cara con las sábanas.

Seguro es Sebastián, que viene a levantarme para ir al semáforo a vender, pensé.

Los golpes volvieron a escucharse, esta vez más fuertes e insistentes.

—¡Olivia! ¡Olivia!

En efecto, era Sebastián. Reconocí de inmediato su voz. Pero había algo extraño en su tono. La urgencia con la que me llamaba hizo que me incorporara de inmediato, sobresaltada, y me sentara en el colchón.

—¿Qué pasa?

La puerta se abrió y Sebastián entró. Se acercó rápidamente y se sentó a mi lado. Su rostro estaba pálido.

—Oli, levántate rápido. Tenemos que irnos.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Hay policías afuera.

—¿Qué dices? ¿Policías?

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

—Sí. Están yendo de casa en casa y preguntando por los inquilinos. Creo que alguien te denunció.

Me quedé paralizada. No necesitaba preguntar quién, ya lo sabía.

El vecino del cuarto contiguo llevaba semanas amenazándome con denunciarme. Decía que yo no tenía derecho a vivir allí, que era una extraña y que tarde o temprano descubrirían que era menor de edad.

Lo que él no sabía era que yo tenía permiso para estar legalmente en el país. Había llegado a Italia siendo menor y mi situación migratoria estaba regularizada.

Aun así, sus amenazas me aterraban. No porque estuviera haciendo algo ilegal, sino porque sabía lo que podía ocurrir si las autoridades descubrían que vivía sola y que trabajaba en la calle.

Podían llevarme con los servicios de protección de menores y entonces ya no dependería de mí decidir dónde vivir, ni siquiera si podía seguir trabajando.

Mi mente se llenó de pensamientos. Si no podía trabajar, no podría ahorrar. Y si no podía ahorrar, nunca conseguiría el dinero que necesitaba para ayudar a Emma.

Todavía faltaban varias semanas para cumplir los dieciocho años. Cuando llegara ese momento, tendría que actualizar mi documentación debido al cambio de condición y ocuparme de todos los trámites correspondientes.

Me levanté con rapidez y tomé la bolsa que tenía preparada desde hacía semanas por si algún día necesitaba huir de repente. Mi vida entera cabía allí.

—Por la ventana del baño —susurró Sebastián, tomándome del brazo para apresurarme—. Da al callejón trasero. Si salimos ahora, no nos verán.

Sebastián se acercó a la ventana y se asomó, mirando de lado a lado.

—Está despejado —dijo, volviéndose hacia mí—. Tenemos que saltar. No es muy alto, pero el suelo está resbaladizo.

Pasamos por la pequeña ventana uno detrás del otro, cayendo al suelo húmedo del callejón justo cuando pude escuchar que la puerta se abría de golpe y un grito autoritario retumbó dentro de la habitación:

«¡Policía! Deténganse».

Pero aquel grito no nos importó. Solo corrimos.

La lluvia nos recibió con fuerza, empapándonos en cuestión de segundos, pero ninguno de los dos se detuvo. Corrimos tomados de la mano, perdiéndonos entre los pasajes que Sebastián conocía como la palma de su mano.

No era extraño. Aunque su madre se lo había prohibido muchas veces, Sebastián se escapaba de casa para trabajar en las calles. Vendía lo que podía y, con el tiempo, había aprendido a moverse con cuidado para evitar a las autoridades. Conocía cada callejón, cada salida y cada escondite de aquel barrio.

Tras doblar varias esquinas y asegurarnos de que nadie nos seguía, nos refugiamos bajo el techo de un local abandonado. El agua nos chorreaba por la ropa y tiritábamos de frío. Sebastián se limpió la lluvia de la cara y me miró fijamente.

—No puedes volver ahí, Oli. Ya no es seguro —dijo mientras recuperaba el aliento—. Escúchame, voy a hablar con mi madre para que te reciba en nuestra casa unos días.

Negué rápidamente con la cabeza.

—No, Sebastián. ¿Cómo crees? No quiero que se metan en problemas por mi culpa.

—No te preocupes, Oli. Después veremos qué podemos hacer.

Me quedé en silencio durante varios segundos y finalmente acepté. Al fin y al cabo, no tenía a dónde ir y, por mucho que me avergonzara aceptar su ayuda, un refugio temporal parecía la única opción que tenía. Seguir trabajando en la calle siendo menor de edad era demasiado arriesgado. Mientras encontraba algo estable donde vivir, tener un techo, aunque fuera solo por unos días, podía darme el tiempo que necesitaba.

Caminamos por las calles lluviosas hasta la casa de Sebastián, que estaba cerca. Él vivía con su madre en un pequeño apartamento. Eran pobres, pero tenían algo que yo había dejado de considerar normal hacía mucho tiempo: un hogar.

Cuando llegamos, su madre ya lo estaba esperando en el umbral de la puerta, visiblemente preocupada.

En cuanto nos vio, frunció el ceño.

—Sebastián, ¿dónde estabas? ¿Por qué vienes así? Estaba muy preocupada por ti. Te escapaste otra vez sin avisar desde muy temprano y, para colmo, sin desayunar.

—Lo siento, mamá. Estaba trabajando.

La mujer cerró los ojos un instante y respiró profundamente, intentando contener el enojo.

—Por Dios, jovencito. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no quiero que estés trabajando en las calles?

—Pero mamá, quiero ayudarte.

—No necesito que me ayudes de esa manera. Yo me ocupo de nosotros —respondió ella con firmeza—. Eres menor de edad. ¿Qué crees que pasaría si la policía te encuentra trabajando en la calle? Pueden hacer preguntas, pueden llevarte con las autoridades y, al final, quien tendrá que responder por ti seré yo.

Sebastián bajó la mirada y guardó silencio.

Su madre negó con la cabeza y entonces reparó en mí.

Me observó de arriba abajo. Mi ropa estaba empapada, tenía el cabello pegado al rostro y no podía dejar de temblar.

—¿Y ella quién es?

—Es Olivia, mamá. Mi amiga.

—¿Olivia?

—Sí, mamá. Y necesita nuestra ayuda.

La mujer volvió a mirarme con atención.

—¿Y ahora en qué líos estás metido, jovencito?

—Mamá, Olivia necesita un lugar para quedarse.

Su madre abrió los ojos, sorprendida.

—¿Qué dices? No, Sebastián. Lo siento mucho, pero sabes muy bien que no tenemos espacio para alguien más. La comida apenas nos alcanza para los dos. Además, no quiero problemas —añadió, bajando la voz—. Ya bastante tengo preocupándome por ti.

—Por favor, mamá —suplicó Sebastián, juntando las manos—. No tiene a dónde ir. Solo serán dos días, mientras busca dónde quedarse.

Yo no sabía dónde esconder la vergüenza. Sentía que estaba abusando de su bondad incluso antes de que aceptara dejarme entrar.

—Yo puedo buscar otro sitio —me apresuré a decir—. No quiero causarles problemas.

Su madre permaneció pensativa durante unos segundos. Después volvió a mirarme. Quizá fue mi ropa mojada. Quizá el temblor de mis manos. O tal vez simplemente no tuvo corazón para dejarme volver a la calle.

Su expresión se suavizó y finalmente respondió:

—Está bien. Pero solo dos días. Después tendrás que buscar dónde quedarte.

Sentí que el pecho se me aflojaba y respiré aliviada.

—Gracias, señora. De verdad.

Nos hizo señal con la mano para que entráramos.

—Entren rápido, se van a enfermar —dijo haciéndose a un lado para dejarnos pasar mientras cerraba la puerta con firmeza.

El apartamento era pequeño, pero el ambiente se sentía extrañamente cálido comparado con el frío de la calle. Su madre nos guió hasta el fondo del pasillo y regresó unos minutos después con un par de toallas y ropa vieja, pero limpia.

—Ve al baño y quítate esa ropa mojada —me ordenó—. Sebastián, tú cámbiate en tu habitación.

—Gracias —murmuré.

Tomé la ropa y entré al baño. Cuando salí, llevaba un pantalón que me quedaba algo grande y un suéter desgastado.

Nos sentamos en la mesa de la cocina; la madre de Sebastián colocó frente a mí una taza de leche caliente y un pedazo de pan. Sebastián estaba a mi lado, devorando el suyo con tanta prisa que, en medio de todos mis problemas, no pude evitar sonreír. Parecía que, después de todo lo que había ocurrido, lo único que le importaba en ese momento era comer.

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