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Capítulo 5 — Mí adorada esposa

Author: Saddy
last update publish date: 2026-10-22 21:48:50

Finalmente, el día llegó. Catalina se ajustó el cuello de la chaqueta negra frente al espejo del pequeño baño del Registro Civil. Ni siquiera era un traje de ceremonia; llevaba la misma clase de ropa que usaba para reunirse con proveedores o presentar balances, solo que en color negro. No había ramo de flores ni invitados, solo lo mínimo exigido por la ley. Catalina consiguió un turno fuera del horario habitual y cierta privacidad que el dinero y la influencia de la familia podían comprar.

Catorce días pasaron desde aquella tarde en el galpón de Santa Lucía, cuando pronunció las palabras «Casate conmigo» y vio el desagrado en los ojos de Isaías. Fueron dos semanas de abogados, cláusulas y excusas para evitar a sus primos, con la cosecha como argumento perfecto. Tuvo tiempo suficiente para arrepentirse y dar marcha atrás, pero ahí estaba.

Catalina se miró una vez más en el espejo. No era más que una viuda que se iba a volver a casar. Se pasó la mano por el cabello, intentando no pensar en su difunto esposo ni traerlo a aquella situación horrible.

—Señora Montiel. —La voz de un empleado la sacó de sus pensamientos—. Ya están todos. Sus testigos y los del señor Ferrer.

—Gracias. Voy en un momento.

Salió del baño y cruzó el pasillo hasta la sala destinada a las ceremonias, que era más amplia que el baño, con un escritorio de madera oscura en el centro y varias sillas enfrente. Los testigos ya estaban sentados: a la izquierda, el doctor Ponce, el abogado de confianza de su padre, acompañado por una persona de confianza de Catalina; a la derecha, un señor mayor de manos nudosas y rostro curtido que se presentó como don José, el capataz de la finca La Esperanza, junto a otra persona que Isaías aseguró que no hablaría de más. Él no tenía intenciones de llamar a sus padres.

De pie junto a la ventana, Isaías tenía las manos en los bolsillos del pantalón mientras miraba hacia la calle. Llevaba un traje azul marino y el cabello, siempre alborotado por el viento de los viñedos, estaba peinado hacia atrás, dejando al descubierto las cejas pobladas y definidas.

Catalina se detuvo un segundo y él giró la cabeza al escuchar sus pasos. La miró de arriba abajo, pero no dijo nada.

—Señorita Montiel —dijo el oficial del Registro Civil—. ¿Comenzamos?

—Señora Montiel... dentro de unos minutos, va a ser señora de Ferrer —corrigió Isaías.

Catalina levantó una ceja. Él no sonrió, pero sus ojos brillaron con ese destello irónico que ya le conocía bien.

—Siéntense, por favor —indicó el oficial.

Catalina ocupó el lugar frente al escritorio e Isaías se sentó a su lado, tan cerca que el brazo de la chaqueta de él rozó el suyo. Ya tenían firmado el acuerdo; ahora solo quedaba cumplir con la formalidad legal.

El oficial empezó a leer el acta y las disposiciones correspondientes. Catalina escuchaba sin escuchar hasta que llegó a la parte que importaba.

El hombre levantó la mirada y sonrió. Había algo de emoción en su expresión, quizá porque aquella ceremonia era pequeña, casi secreta, y no había familiares ni amigos alrededor.

—El matrimonio es una decisión que dos personas toman para caminar juntas, para acompañarse en los días buenos y sostenerse en los difíciles —dijo con alegría en la voz—. No siempre es sencillo, pero cuando existe amor, respeto y voluntad de compartir la vida, cada día puede convertirse en una nueva oportunidad para elegirse.

Catalina bajó la mirada hacia sus manos. Todo era realmente empalagoso e innecesario.

—Y ahora sí, quiero preguntarles algo que solamente ustedes pueden responder. ¿Quieren, de su libre y espontánea voluntad, contraer matrimonio?

—Sí —dijo Catalina.

—Sí —dijo Isaías.

El oficial sonrió, satisfecho, como si acabara de confirmar la historia de amor que imaginaba.

—Habiendo recibido de ustedes el consentimiento para contraer matrimonio y en nombre de la ley, los declaro marido y mujer.

Hizo una breve pausa antes de agregar, todavía con una sonrisa:

—Pueden decirse unas palabras, si desean hacerlo.

Catalina giró la cabeza hacia Isaías. No prepararon nada y, por la expresión de él, tampoco parecía tener intención de improvisar demasiado. Sin embargo, la miró durante un segundo y tomó su mano.

—No soy bueno con las palabras —dijo—. Pero supongo que ya es demasiado tarde para echarse atrás.

Catalina levantó una ceja.

—Eso sonó casi romántico.

—No te acostumbres.

El oficial sonrió, divertido con las ocurrencias de esas parejas jóvenes y su humor, antes de indicarles que podían intercambiar las alianzas.

Catalina sacó el anillo del bolsillo. Era una banda de oro simple, una alianza sin gracia. Isaías la tomó con la punta de los dedos y, con lentitud, sujetó la mano izquierda de ella para deslizarla en su dedo anular.

—Pongo este anillo en tu mano, Catalina, en señal de matrimonio.

Su voz era grave, pero no cálida.

Catalina respiró hondo, sacó el segundo anillo, idéntico al primero, y buscó la mano de él. Era grande, con las yemas ásperas, una mano acostumbrada al trabajo.

—Pongo este anillo en tu mano, Isaías, en señal de matrimonio —dijo mientras colocaba la alianza en su dedo.

El oficial los observó maravillado.

—Ahora sí. Pueden besarse.

Isaías se inclinó lentamente hacia ella, tomó su barbilla con una mano y le levantó el rostro para que lo mirara a los ojos antes de besarla.

No fue el beso insulso que ella imaginaba. Los labios de él eran cálidos y el roce dejó una sensación extraña en la boca de ella que no quiso analizar. Cuando se apartó, Isaías sonrió con una expresión de fastidio.

El oficial les entregó el acta de matrimonio, y don José, el capataz, se acercó para felicitar a Isaías con una palmada en el hombro y una frase en voz baja que Catalina no alcanzó a escuchar. Poco después, el doctor Ponce le extendió la mano.

—Felicidades, señora de Ferrer —dijo.

Cuando los testigos se retiraron y la sala quedó vacía, Catalina guardó el acta en su cartera y se volvió hacia Isaías. Él se colocó nuevamente junto a la ventana y contempló el anillo en su mano izquierda como si todavía no terminara de creerse que estaba ahí.

—Catorce días —dijo él, sin levantar la vista—. Catorce días para arrepentirme, y acá estoy.

Catalina lo observó.

—Ya está hecho.

Isaías la recorrió otra vez con la mirada, de arriba abajo, y después de un breve momento se acercó.

—Bueno. Es hora de irnos a casa, Catalina Montiel de Ferrer.

Se inclinó un poco, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo junto a su oído.

—Mmm... no, mejor dicho, mi adorada esposa.

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