เข้าสู่ระบบEl hospital siempre conseguía que Catalina se sintiera incómoda, le recordaba su infancia con su madre y la realidad de que había cosas que el dinero no podía resolver.
Pasó la mañana entre abogados, documentos y llamadas que no quería atender, pero cuando cruzó las puertas del hospital todo lo demás perdió importancia. Caminó por el pasillo con el bolso sujeto contra el cuerpo y saludó a una enfermera que ya la conocía. Juan Manuel estaba despierto cuando entró en la habitación. Catalina se detuvo un segundo antes de acercarse a la cama. Lo veía enfermarse de a poco, pero todavía había días en que su memoria se negaba a aceptar lo evidente. Su padre seguía siendo, en algún lugar de su cabeza, el hombre que caminaba por los viñedos antes del amanecer, que podía reconocer una variedad de uva por el olor y que sabía cuánto faltaba para la cosecha con solo mirar el cielo. Ahora estaba acostado en una cama de hospital, con el rostro más delgado y las manos quietas sobre la sábana. Él giró la cabeza hacia ella y sonrió. —Llegás tarde. —Llegué puntual. —Entonces estoy muerto, porque antes llegabas diez minutos antes. —Estás enfermo, no te hagas el gracioso. Él soltó una risa baja y volvió la mirada hacia la ventana. —Si dejo de hacerme el gracioso, tu madre va a empezar a llorar. Catalina se quedó quieta. Su madre llevaba años muerta. —Mamá no está acá, papá. Juan Manuel volvió la mirada hacia ella. Durante unos segundos pareció no comprender a qué se refería, después frunció el ceño, como si estuviera tratando de acomodar cosas que no quería recordar. —Ya sé —murmuró. Catalina se sentó junto a la cama. No quería corregirlo otra vez. Empezaba a notar esos pequeños momentos en los que su padre se perdía entre un recuerdo y el presente. No ocurrían siempre. A veces eran apenas una frase, una mirada hacia un lugar donde no había nadie o el nombre de alguien que ya no estaba. Los médicos le explicaron que la enfermedad podía producir episodios de confusión, especialmente cuando estaba cansado o pasaba una mala noche. —A veces sueño con ella —suspiró él, y volvió a mirar hacia la ventana—. Y cuando me despierto, todavía parece que está acá. La expresión de Catalina gradualmente se fue congojando. Ella no tenía esa suerte; no le aparecía en sueños nunca. —¿Anoche la viste? —No sé si fue un sueño. —Él sonrió—. Pero estaba enojada conmigo. Catalina dejó escapar una pequeña risa. —Entonces sí era mamá. Juan Manuel sonrió con ella. Por unos segundos volvió a parecerse al hombre que fue durante toda su vida. Catalina apoyó una mano sobre la suya. —¿Cómo te sentís? —Como alguien que está internado en un hospital y tiene una hija que viene a hacerle preguntas de médico. —No soy médica. —Peor, sos mi hija. —Y alguien tiene que asegurarse de que hagas caso. —Nunca hice caso. —Eso es verdad. Juan Manuel apretó suavemente sus dedos. —¿Cómo está la bodega? La pregunta era tan propia de él que Catalina casi volvió a sonreír. —Funcionando. —No te pregunté si funciona. Te pregunté cómo está. —Bien. La cosecha viene bien. Santa Lucía está en orden y los números están dentro de lo previsto. —¿Y vos? Ella acomodó el bolso sobre la silla y suspiró. —Yo también. —Mentís mejor cuando hablás de negocios. Catalina levantó una ceja. —Estoy empezando a pensar que la enfermedad te volvió insoportable. —No. Siempre fui insoportable. Ahora tengo más tiempo para demostrarlo. Ella sonrió, pero la sonrisa desapareció cuando él volvió a hablar. —Ramiro vino de visita. —Mmm, espero que no esté agobiándote con cosas innecesarias. —Bajó la mirada hacia las manos de su padre—. ¿Qué te dijo? —Que quería saber cómo estaba todo y que, si le permitía, quería ayudar. —¿Y vos qué le dijiste? —Que hablara con vos. Catalina sonrió de lado. —No te rías —dijo él—. Es un chico inteligente. —Tiene más de cuarenta años ese chico, papá. —Para mí sigue siendo un chico. —Bueno, eso explicaría algunas cosas de él. Juan Manuel soltó una carcajada que terminó convertida en una tos. Rápidamente, Catalina se incorporó, pero él levantó una mano para tranquilizarla. —Estoy bien. Ella volvió a sentarse, aunque no apartó la mirada de él. Juan Manuel esperó unos segundos antes de continuar. —No me preocupa solamente lo que Ramiro está preguntando. Me preocupa lo que pueda pasar cuando yo ya no pueda responder. Catalina guardó silencio. No necesitaba que su padre le explicara qué significaba aquello. Revisaba esos documentos más veces de las que podía recordar. Conocía las cláusulas que su padre hacía redactar durante años y las decisiones que no podían tomarse sin respetar aquella estructura. También conocía a sus primos y sabía perfectamente qué estaban esperando. Juan Manuel la observó. —Sabés de qué hablo. —Sí. —Entonces sabés por qué insistí tanto con dejar todo ordenado. —Lo sé, papá. —Pasé años intentando que la bodega no terminara convertida en una pelea entre familiares. Escuchó aquella frase muchas veces. Su padre nunca confiaba demasiado en las familias cuando había dinero de por medio. Catalina acarició la mano de su padre. Las venas sobresalían bajo la piel cada vez más fina, y los nudillos se veían marcados. Era una mano que todavía reconocía como la misma que la sostuvo cuando era niña, pero que ahora parecía demasiado frágil para pertenecerle. —No voy a permitir que la dividan. —Eso espero. —No va a pasar. —Ahí está mi hija —dijo con orgullo. —Entonces no entiendo qué te preocupa. —Que seas fuerte no significa que los demás vayan a quedarse quietos. Ella no respondió. —Mientras yo estoy acá, algunas cosas son más sencillas —continuó él—. Todos saben quién soy, quién decide y cuál es mi voluntad. Después van a mirar cada documento con otros ojos. Van a buscar una forma de sacar ventaja. —Que busquen tranquilos —dijo Catalina, con una leve sonrisa de seguridad. —Van a hacerlo. —Y yo voy a estar preparada. —Que estés preparada... Cata, no quiero que vivas una guerra. Ella bajó la mirada. —No va a pasar. —Te conozco. —Suspiró con cansancio y volvió a recostarse contra la almohada—. Hay algo que no podés controlar. —¿Qué? —Lo que venga después de vos. Ella permaneció en silencio. —La bodega puede pasar de una generación a otra —continuó él—. Pero para eso tiene que haber una generación siguiente. Catalina sintió una presión incómoda en el corazón. Entendía perfectamente el significado de aquellas palabras. Lo pensaba demasiadas veces. Ella era la única hija. La única heredera de su generación y después de ella no había nadie. —Papá... —No te estoy diciendo qué tenés que hacer con tu vida. Nunca te dije con quién casarte, ni cuándo hacerlo, ni si querías tener hijos. No voy a empezar ahora. Aquello era precisamente lo que necesitaba escuchar y, al mismo tiempo, lo que más le dolía. Su padre simplemente estaba señalando una realidad que ella llevaba semanas intentando convertir en una decisión racional. —Solo quiero que entiendas una cosa —dijo Juan Manuel—. La bodega no termina conmigo. Y tampoco quiero que todo lo que construimos dependa solamente de vos. —¿Y qué querés que haga entonces? —Lo que vos quieras. Pero hacelo porque querés, no porque tengas miedo de perderlo todo. Catalina sintió una molestia en el corazón. Jamás permitiría que sus primos destrozaran todo lo que amaba su padre. Porque, de pronto, la frase que repetía durante días como una justificación racional empezó a sonar distinta dentro de su cabeza. —Cata. —¿Hm? —No confundas control con seguridad. —No lo hago. —Sí lo hacés. Ella quiso responder, pero no encontró una respuesta que no sonara como una defensa. Su padre volvió a recostarse contra la almohada. Parecía que se estaba por dormir. —Descansá —dijo ella. —¿Vas a venir mañana? —Sí. —Llegá diez minutos antes. —No prometo nada. —Se levantó y le besó la frente. —Definitivamente sos mi hija. Juan Manuel cerró los ojos y, durante unos segundos, pareció quedarse dormido. Catalina permaneció a su lado hasta asegurarse de que respiraba con tranquilidad. Antes de salir, volvió a mirarlo. Pasó toda su vida creyendo que, si trabajaba lo suficiente, si pensaba con claridad y tomaba las decisiones correctas, podía mantener todo bajo control. Pero frente a aquella cama entendió, una vez más, que había cosas en esta vida que le resultaban inalcanzables. —Te amo, papá —susurró y salió.Isaías estaba tirado sobre el colchón de la habitación de Catalina Montiel. No. En la habitación de huéspedes de Catalina Montiel de Ferrer. —Carajo. Veinte minutos mirando el techo y todavía no se le pasaba el enojo: acababa de bañarse, tenía el pelo mojado y cenó solo en una cocina que no conocía. La empleada lo miró con lástima mientras le servía la cena, porque sí, la gran Catalina Montiel, su esposa desde hacía exactamente nueve horas, lo dejó en la puerta como si fuera un mueble más. —Isaías, la señora Carmen te va a mostrar tu habitación —dijo ella mientras sacaba el teléfono de su bolso—. Tengo que atender una urgencia en la bodega, llego tarde. Y se fue sin una sola palabra de explicación. Se pasó la mano por la cara y soltó un resoplido. La habitación no estaba mal: cama de dos plazas, placard grande, ventana al jardín, pero era de huésped, y él era el maldito esposo. —Esposo mueble —murmuró, y se sintió ridículo. Se levantó de golpe. Agarró el short que dejó sobre la
Finalmente, el día llegó. Catalina se ajustó el cuello de la chaqueta negra frente al espejo del pequeño baño del Registro Civil. Ni siquiera era un traje de ceremonia; llevaba la misma clase de ropa que usaba para reunirse con proveedores o presentar balances, solo que en color negro. No había ramo de flores ni invitados, solo lo mínimo exigido por la ley. Catalina consiguió un turno fuera del horario habitual y cierta privacidad que el dinero y la influencia de la familia podían comprar. Catorce días pasaron desde aquella tarde en el galpón de Santa Lucía, cuando pronunció las palabras «Casate conmigo» y vio el desagrado en los ojos de Isaías. Fueron dos semanas de abogados, cláusulas y excusas para evitar a sus primos, con la cosecha como argumento perfecto. Tuvo tiempo suficiente para arrepentirse y dar marcha atrás, pero ahí estaba. Catalina se miró una vez más en el espejo. No era más que una viuda que se iba a volver a casar. Se pasó la mano por el cabello, intentando no pens
El hospital siempre conseguía que Catalina se sintiera incómoda, le recordaba su infancia con su madre y la realidad de que había cosas que el dinero no podía resolver. Pasó la mañana entre abogados, documentos y llamadas que no quería atender, pero cuando cruzó las puertas del hospital todo lo demás perdió importancia. Caminó por el pasillo con el bolso sujeto contra el cuerpo y saludó a una enfermera que ya la conocía. Juan Manuel estaba despierto cuando entró en la habitación. Catalina se detuvo un segundo antes de acercarse a la cama. Lo veía enfermarse de a poco, pero todavía había días en que su memoria se negaba a aceptar lo evidente. Su padre seguía siendo, en algún lugar de su cabeza, el hombre que caminaba por los viñedos antes del amanecer, que podía reconocer una variedad de uva por el olor y que sabía cuánto faltaba para la cosecha con solo mirar el cielo. Ahora estaba acostado en una cama de hospital, con el rostro más delgado y las manos quietas sobre la sábana.Él
Isaías estaba en el recibidor de su casa y cerró la puerta con el pie. La carpeta de Catalina Montiel pesaba más de lo que debería pesar un puñado de hojas. La dejó sobre la mesa, junto a las llaves. Necesitaba aire.Se sacó la campera de jean y la colgó en el respaldo de la silla.Estaba por ir a la cocina a buscar un poco de agua cuando escuchó la puerta abrirse.—¿Hola? —María entró con una bolsa de comida en la mano. Se detuvo al verlo.Ella dejó la bolsa en el suelo y se le acercó preocupada.—¿Vos? ¿Qué hacés acá a esta hora?Isaías parpadeó. Tenía la cabeza en la voz de Catalina y le costó cambiar de canal.—Vivo acá.—Ya sé... Pero a esta hora siempre estás en el trabajo. ¿No tenías que terminar un informe de algo? No me digas —se llevó una mano a la boca—, ¿te echaron? ¿Sí? Con todo lo que te rompés el lomo...Ella no cerró la boca; empezó a decir un montón de conjeturas que no tenía ganas de escuchar.—Nada de eso, terminé antes.—¿Estás bien? —Lo miró de arriba hacia abajo—
Catalina estaba revisando los números de la cosecha temprana en su computadora cuando Ramiro apareció en su oficina sin golpear. Apoyó un hombro contra el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos del pantalón de vestir, y sonrió con esos dientes perfectos que siempre le parecieron desagradables. —¿Molesto? —Ya estás molestando —dijo Catalina sin levantar la vista de la pantalla—. Pero entrá, ya que estás. Entró y se sentó frente a ella. —Mi mamá te manda saludos. —Mandáselos a mi tía cuando la veas. —La vi esta mañana. Está insoportable. —Entonces está bien. Se rio. —Dice que hace semanas que no vas a almorzar. —Estoy trabajando. —Eso también lo dijo ella. Que trabajás demasiado. —Mi tía siempre tuvo opiniones sobre cuánto trabajo. —Y vos nunca le hiciste demasiado caso. La familia Montiel era una estructura extraña. Su padre, Juan Manuel, era el único varón entre tres hermanos; sus dos hermanas formaron sus propias familias y de ellas nacieron los primos que a
—Casate conmigo. Isaías Ferrer levantó la vista del cuaderno de campo y parpadeó dos veces. Frente a él, Catalina Montiel permanecía de pie junto a la mesa de madera que usaban para las reuniones de producción, con las manos apoyadas en el respaldo de una silla y el rostro tan relajado como si acabara de pedirle que revisara los niveles de azúcar de los viñedos. —¿Cómo? —preguntó, por si acaso. —Casate conmigo —repitió ella, sin variar el tono. Isaías cerró el cuaderno. Llevaba ocho horas metido en la programación de la cosecha en Santa Lucía, con las uvas Malbec mendocinas por dar el punto justo, y la cabeza todavía en el mosto, en los tanques de acero inoxidable, en las órdenes de compra de insumos. No quería perder el tiempo en las divagaciones de esa mujer. —¿Estás hablando de algún asunto empresarial? —preguntó, midiendo las palabras. Catalina se sentó frente a él. Vestía una camisa blanca y pantalones claros; ni siquiera el polvo del camino de tierra que separaba la bodega







