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Monumental Gimnasio

Author: Anne Zamora
last update Petsa ng paglalathala: 2022-02-14 14:13:40

Derek Meyer

¿Cómo diablos paré  trayendo a mi cama a una hembra de fuego y volcán? Sería una buena interrogante, aunque la respuesta era sencilla. Esa diabla me había ganado la partida desde que la vi  sentada en la primera fila del auditorio, aún dictaba la conferencia cuando ya había comenzado a fantasear con su cuerpo, con tenerla así dispuesta y solo para mi.

No era solo su belleza salvaje, era esa forma de mirarme, la atención que me ponía. Su forma de hacerme sentir el centro de atención, y no es que fuera geocéntrico, es que nadie me ponía esa atención. Nadie me miraba así. 

«Quieres que un hombre te lleve a su cama... pues levántale el ego». Solo esa sencilla regla le dará más de lo que recibe habitualmente cualquier hombre en la rutina diaria de su vida.

Por ridículo que pareciera Rocci solo me daba problemas, mientras que esta diabla me traía de cabeza dando una vuelta por el cielo, para después quemarme en su propio infierno.

Regresé a la cama con un profiláctico en la mano, rasgue la envoltura, pero ella me lo arrebató.

Quedé expectante, no quería trucos con mis semillas. Por muy excitado que estuviera no podía pasar ese tema por alto.

La vi sacar con extremo cuidado el látex del papel brillante, lo desenvolvió un poco y se aseguró que corriera en esa dirección.

Lo tomó y lo llevó entre sus labios,  presionado la punta en su boca, se notaba que no quería tocarlo con sus dientes blancos y perfectos.

Me dio una mirada morbosa, con la protección en su boca y tomo mi falo con su mano derecha. Me masturbo despacio, yo no aguante la tentación de tomar su cabeza y atraerla a mi polla con más fuerza. Ella con mucho cuidado fue desenrollando sobre mi verga el látex hasta dejarlo completamente colocado. Una vez que su boca estuvo libre bromeo conmigo

—¿De dónde sacas profilácticos size XXXL?, ni siquiera sabía  que existieran—. Se apoyó en sus antebrazos recostando la cabeza en el espaldar de la cama esperando que me acomodara entre sus piernas.

«¡Diablos! O... mejor debería decir ¡Diabla!»

La miré, ladeé la cabeza, verla ahí, abierta de piernas para mi era un aliciente demasiado poderoso para mi ego.

Me mordí los labios y negué con la cabeza. Me acerque a besarla y succionar uno de sus pechos.

—Lo siento bebé, pero no te lo pondré tan fácil. —Me acomodé a su lado y la invité a subirse sobre mis caderas. —¡Ven aquí! — la ayude a acomodarse sobre mi regazo. Ella se sentó a horcajadas sobre mi y rodeó mis hombros con sus brazos restregando su Sexo  empapado contra mí muy ansioso falo. Se levantó un poco y con su mano guió mi miembro a la entrada de sus pliegues, la acomodó con pericia en su centro y comenzó a descender empalándose en mi.

Solté un gruñido gutural, y eché la cabeza atrás invadido de diez mil sensaciones gratificantes. ¡Dios! Era tan estrecha, tan coliente, que sentía que su vagina me succionaba la polla.

Ella gimió y se mordió los labios, cerró los ojos y sonrió acostumbrándose a mi tamaño. Sus uñas en mi espalda ardían pero estaba concentrado en mirarla a su rostro. «Una cosa  es invocar al monstruo, pero otra bien distinta es sentir como te parte en dos» pensé al verla envolver mi piel.

Quería ver qué hacía ahora, ¿cómo se tomaría una invasión tan enorme en su interior?

Para este momento ya Mi exprometida ya hubiera lloriqueado pidiéndo que se la sacara. Me encantaba esta posición pero por el tamaño de mi pene, casi nunca las chicas la soportaban bien.

Ella comenzó a mover sus caderas despacio, ganando velocidad poco a poco. «Sin quejas ni lloriqueos» me enloquecerá esta mujer. 

—¡Deliciosa! — murmuró apoyándose en mis hombros para subir un poco y dejarse caer de lleno, una y otra vez.

Alcé mi cadera para que colisionara más fuerte contra mi.

—¡Más fuerte, linda!— pedí plantando mis manos en sus nalgas, para impulsarla a llevar un ritmo más veloz.

Ella maniobró con sus piernas y se colocó en posición de cuclillas sobre mi, no me podía creer que estaba tan excitada que se clavaba de aquella forma colosal en mi. Cada vez más profundo, cada vez más fuerte.

—!Qué Rico!— la escuche gemir, mientras que su sexo se elevaba para colisionar contra mi verga, que estaba a punto de explotar.

Diez, Once, Doce... veinte cuclillas más y ella aún no estaba exhausta. Apreté los dientes tratando de contener el orgasmo inminente que aquella mujer me estaba provocando.

La situación se salió de control cuando las paredes apretadas de su carne comenzaron a latir estrangulando aún más la polla. Toda ella tembló arrasada por un orgasmo que la dejó tendida sobre mi pecho mientras que su centro palpitaba aún.

Levanté la cadera y me hundí profundo  en ella dos veces más suficiente para dejar ir todo lo que me había costado detener hasta ese momento.

«Todo menos no satisfacer a una mujer»

El primer chorro de mi semilla llenó el profiláctico, al tiempo que yo gruñía como un maldito loco apretando los dientes con fuerza.

Ella vibraba con solo moverme, aún las ondas expansivas de su potente orgasmo la arrastraban en cada movimiento.

Yo era un animal desatado. ¡Demonios! ¡Cuanto extrañaba el sexo así!

La abracé con fuerza, palmeando su culo desnudo encima de mi.

«¡Quería más!»...más bien era una necesidad, «¡Necesitaba más!»

Sin salirme de ella quedamos varios minutos tratando que nuestra respiración se normalizara. Mi polla se recuperó antes que mi respiración. Estaba tan excitado que mi pene se rehusaba a morir, ella era una viagra para mis obsoletos sentidos.

Comencé a moverme suavemente, marcando espirales con mi cadera.

Ella levantó la cabeza de mi pecho asombrada que hubiéramos comenzado otra vez.

—¿Más?—preguntó sonriendo.

—¿No quieres?—indagué antes de atrapar mi boca con la suya.

—¡Por favor!—gimió cuando al fin liberé sus labios.

Rodamos en la cama y esta vez fui yo quien quedó al mando de la situación. ¿Si? O al menos eso quería creer.

Ella levantó su piernas hasta colocarlas en mis hombros, dándome una gloriosa vista de su trasero.

La penetré así, como un maldito loco poseído. Era tan profundo, tan apretado, era absolutamente la mejor sensación del mundo.

Empuje cada vez más fuerte, solo el miedo de hacerle daño era lo que me detenía.

—¡Dame más!—chilló ella.

«¿Qué demonios?» Pensé, ¿quien soy yo para negarme a su pedido?

Todo se puso en rojo vivo. Mi cadera chocaba con sus nalgas redondas y la verga entraba y salía de ella a tal velocidad, que las gotas de sudor habían poblado mi cuerpo.

Mis manos apretando los pechos voluminosos, mientras que ella jadeaba enloquecida y aún así su rostro era de absoluta satisfacción. Ella me hacía sentir como el dios romano de sexo. «Ya estoy pensando con la polla. ¡No había un Dios Romano del sexo!»

Cada choque brutal, desenfrenado era como si me arrancara del cuerpo toda la tristeza, solo podía sentir euforia. Gritar con euforia era precisamente lo que deseaba hacer. ¿Quién demonio era esa mujer, y dónde había estado escondida de mi? Eso lo averiguaría cuando me saciara de su cuerpo.

Otra vez ella se estremeció, gritó algo sucio junto antes de que su klimax más intenso que  los dos  anteriores nos envolviera a los dos.  Las olas de su mar me arrastraron y quede tendido.

Caí exhausto a su lado. Ya podía morir en Paz, había encontrado a la única mujer que no se quejaba, no lloraba y no me rechazaba por mi pasión o mi fogaje.

—¿Estas bien?— pregunté unos segundos después jugando con su cabello negro enredado por todas partes.

— ¿Bromeas?—inquirió retóricamente, —estoy mejor que nunca. ¿Por que no lo estaría? — preguntó y se acomodó sobre mi pecho para verme a los ojos.

—Pude haberle lastimado siendo tan brusco—alegue apenado.

—No fuiste brusco cariño, fuiste absolutamente Perfecto— hizo una pausa y me besó los labios despacio— ¿Hay algo que no hagas infernalmente bien?— murmuró contra mis labios.

No respondí, pero me fue imposible no compararla con mis relaciones sexuales de los últimos años.

— Estoy destilando sudor y pasión, creo que si te quedas a vivir en mi vida, pues no necesitaré hacer cardio nunca más, porque la verdad que esto fue I-N-T-E-N-S-O— bromeó—¿Te duchas conmigo?

Mire mi cuerpo empapado en sudor, con el profiláctico aún puesto en su lugar. Ella caminó dándome la mejor de las vistas de su glorioso trasero. Revisé que no se hubiese roto el container de mi semilla. Lo retiré con cuidado y lo anudé dispuesto a seguirla.

Había sido una terrible irresponsabilidad haber mantenido dos coitos usando el mismo latex, pero la pasión me ganó. «Quien nunca le haya ocurrido, pues que tire la primera piedra»

Nos duchamos y regresamos a la cama. Mis ansias no se habían apagado, y rogaba  porque las de ella tampoco.

Cerca de la cuatro de la mañana finalmente después de vaciarme completamente con la mejor vista del mundo frente a mi. Ella estaba con las rodillas y los antebrazos apoyados en el colchón mientras que yo estaba de rodilla tras ella, penetrándole hasta su nombre, él cuál no conocía. Caí en la cama otra vez, mas esta vez parecía que me había noqueado un campeón mundial de pesos pesados.

Las sábanas se sentían húmedas y las almohadas estaban desparramadas por el piso excepto una que descansaba bajo el abdomen de ella.

—¿Cómo te llamas, mi diosa ?— murmuré e hice una mueca agria por mi garrafal falta de tacto. La había penetrado en más de cuatro posiciones distintas, pero aún no había tenido la delicadeza de preguntarle su nombre. Ella no me contestó momentáneamente, pues no tenía aliento para hablar.

—Ju- Julie— respondió finalmente extenuada, y se acomodó lista para cerrar los ojos. —Julie Peterson — expresó Justo antes de caer rendida.

Prácticamente a rastras fui al baño, retiré la goma de mi polla, me lave un poco mis genitales y me refresque el rostro. Mis ojos verdes resaltaban en el rostro prendido en rubor producto al esfuerzo físico.

Regresé a la cama, y me acomodé junto a su cuerpo desnudo. Por primera vez en años dormiría completamente saciado.

Tan pronto puse la cabeza en la almohada suspiré relajando mis músculos cansados. Ella tenía razón, había sido una monumental sección de gimnasio. Quise poner mi mente en Blanco, pero la silueta de la espalda de mi acompañante era demasiado tentación como para no mirarla.

Su columna se curvaba para ondearse formando ese trasero redondo. Me acerque a ella, pegue mi cuerpo al suyo. Podía sentir su respiración pegada a mi pecho, y su culo junto a rozando a mi pelvis.

Así me dormí, abrazándola, ella merecía besos abrazos y todas las caricias que fuera capaz de darle por hacerme sentir así.

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