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Enfermedad

last update Veröffentlichungsdatum: 15.03.2022 04:45:04

Antonella:

Ha pasado una semana desde que hable con Giovanni y tres semanas desde que hable por última vez con Giancarlo. Giovanni me dice que merezco a Giancarlo que no debería sentirme menos sin embargo es difícil aceptarlo. Ese pasado que tanto me agobia no me permite seguir, no quiero su lastima ni pena. Además, no quería que me presionara, me es difícil hablar de ello porque me avergüenza de lo estúpida que fui.

Por otra parte, ha sido complicado evitar a Giancarlo especialmente porque esta como depredador esperando su presa sin embargo sigue conservando su rutina de la mañana. Aunque he tenido que levantarme temprano al igual que salir y entrar por la ventana. Pronto se va a dar cuenta y me acorralara, estado buscando un lugar al cual mudarme, pero no hay nada y en el pueblo vecino están un poco caros, tendré que sacrificar unas cosas porque seguir bajo el mismo techo lastima.

—Antonella ¿Estás bien? Desde hace días luces extraña. – Adam me vuelve a la realidad.

—Si. Lo que sucede es que me quiero resfriar. Habrás notado que varios de los niños han faltado. – Rehuyó del tema aunque en parte es cierto ya que empiezo a estornudar.

—Tienes que cuidarte, por lo que me han informado las mamás a los niños les ha dado fiebre muy alta, uno de ellos tuvo que ser internado.— Me ve preocupada.

—No soy tan débil. Son simples estornudos.—Alego.

—Ve a descansar, tomate un mate con limón y a la cama.— Me trata como si fuera su hija.

—Está bien, hasta mañana Adam. – Me despido.

Tomo mi bolso, debería hacer lo que Adam me recomendó, pero aquello implicaría ir a la cocina y tal vez me lo cruce. Seguro que descansando el malestar se va ir. Tomo el camino habitual es decir ir por el patio trasero e ingresar por la ventana de mi habitación. En varias ocasiones lo encontré merodeando mi cuarto. El sonido de sus pasos es inconfundible más los ladridos de los perros de Giancarlo.

Miro de todas formas por los alrededores si no hay moros en la costa.

—Hasta que por fin te encuentro.— Escucho la voz que menos deseo oír a mis espaldas.

—Déjame tranquila. – Consigo articular sin que me traicionen los nervios. La verdad es que lo extraño y lo amo a pesar de todo. Como quiero estar entre sus brazos sentir sus caricias al igual que probar el sabor de sus labios. Creo que tengo fiebre porque estoy empezando a delirar y pensar cosas que no debo.

—No. Por favor mírame cuando te hablo. – Esta enojado y yo que me siento fatal junto con un terrible ardor de garganta y seguro que pronto le estornudo en la cara, ojala que se contagie de mi gripe mortal y se enferme.

—Bien. ¿Qué quieres? Preguntar más sobre mi vida con Giovanni, ten por segura que no tengo ganas de hacerlo. – Paro un momento y comienzo a toser.

—¿Estas mal? – Percibo su preocupación.

—De maravilla. – Soy sarcástica.

—Antonella lamento lo de esa tarde. Te prometo que no voy a volver a preguntar.— Comienza.

—Me alegra que no vuelvas hacerlo. Con su permiso quiero descansar. – Le respondo.

Antonella te amo. No quiero que terminemos.— Me expresa.

—Te repito que el amor no es suficiente cuando la confianza se rompe.— Me detengo para toser otro poco. – Tu prometiste algo y no lo cumpliste. Si algo tan simple no puedes hacer que será después.

—¿Por qué eres tan dura conmigo? ¿Acaso te engañe? Me fui de aventura con una de tus amigas o te he levantado la mano ni siquiera te he insultado.— Todo lo que dice es verdad sin embargo tengo miedo.

—Tienes razón no obstante cuanto tiempo llevábamos juntos, seis meses máximo, con Giovanni tuve una relación larga y recién me di cuenta de lo tonta y ciega que fui los últimos seis meses, a partir de ese momento descubrí al monstruo que se escondía detrás de alguien que ame tanto hasta cegarme.— Paro esta vez para estornudar. – Creí en el amor, en la fuerza del amor para cambiar a la gente y que tal vez todo sería mejor y no fue así.

—No me compares con él. Estaremos juntos hace menos de un año sin embargo hemos pasado muchas más cosas. – Me contesta.

—Sólo somos una pareja que disfruto el placer de la carne desde el principio, sin siquiera tener nada. – Me siento mal al hablar de esa forma, es como si lo que sucedió entre nosotros fue algo sin valor.

—Cosa de una noche.— Utiliza las mismas palabras que use hace mucho tiempo, además de expresar la misma molestia que aquella vez.

—Fue la primera vez que sentí placer de estar con alguien, sin culpa ni miedo de recibir algún golpe. – Lo veo de reojo.

—¿Por qué te fuiste? – Me pregunta.

—Tenía miedo, prácticamente teníamos un día de conocernos. –

—Era la segunda vez que nos veíamos. – Me corrige.

—Qué diferencia hace, lo nuestro desde el principio no tenía ni pies ni cabeza. – Le recuerdo lo obvio.

—Estos seis meses no significaron nada. – Sigue enojado. Quiero mentirle para que de esa forma él pueda seguir adelante pero mi cabeza duele tanto que no me deja pensar.

—Fueron los mejores. – Fluyen mis palabras surgiendo la verdad en ellas.

—¿Por qué no quieres seguir? Por lo visto ambos nos seguimos queriendo.—

Qué si es verdad, a veces aquello no es suficiente. – La tos de nuevo insistente.

—Tu no estás bien. – Me quiere tocar, lo esquivo y pierdo el equilibrio, cosa que aprovecha para sostenerme y tocar mi frente. – Estás hirviendo.

—No es nada del otro mundo, un poco de fiebre. – Intento soltarme de su agarre.

Esto es grave. Tienes que ir al médico. – Me quiere jalar, lo impido poniendo mi peso muerto.

Gracias por su preocupación sin embargo usted no es nadie para entrometerse en mi vida. Déjeme tranquila. – Me suelto tan abruptamente que todo el mundo me da vueltas junto a los escalofríos que llegan como si me encontrara desnuda en el polo norte. Me detengo un momento y trato de recuperarme pero es peor, siento tanto frío que comienzo a tiritar.

Pronto percibo como soy abrigada por una casaca junto el abrazo que tanto extraño. Dejarse llevar siempre es tan sencillo con él porque sé que él me cuidara, no me va a lastimar, me siento tan segura a su lado. Pero esto no es justo para él, debo separarme.

—Suéltame.— Forcejeo, sé que es en vano, estoy tan débil y el frío no desaparece.

—No lo haré. – Me carga. — ¿Por qué a veces haces que todo se vuelva tan complicado?

—Tu eres un terco, insistente que no me deja tranquila.— Me enojo enfurruñándome más en sus brazos en busca de calor.

Me besa en la frente: Porque tú eres otra… No me voy a dar por vencido contigo. Mi querida Antonella.

—Está haciendo mucho frío. – Me resigno.

—Es la fiebre, te llevare al doctor. – Me ve advirtiendo que no proteste.

—Es gripe. —Toso esta vez más fuerte que siento que me voy ahogar.

—Cálmate, mejor no hables sino toserás más.— Me recomiendo, asiento con la cabezo, no tardamos en llegar a su camioneta, me coloca en el asiento delantero.

Me siento tan cansada que quiero dormir, cierro los ojos por un momento y al abrirlos todo se vuelve negro, es como si estuviera atrapa en medio de la nada. Me es familiar este lugar, quiero moverme, me es imposible siento como si estuviera siendo sujetada con fuerza. Quiero escapar, si es un sueño deseo despertar. Lo mejor es calmarme si me desespero es peor, respiro hondo y es como si el aire me quemara las fosas nasales junto a la garganta y de la nada siento varios pinchazos en el brazo.

—Ayuda. – Pido pero nadie responde. – Por favor ayuda…. Giancarlo, ven. Por favor Giancarlo ayúdame… — Nadie responde estoy sola y aquello que sujeta mi cuerpo me aprieta mas y mas, mis articulaciones me duelen mucho— deténganse, duele. AGGGGH. – Mi respiración es cada vez más rápida y siento que aire se agota.

—Antonella, no te muevas… Son nada más que inyecciones— Escucho la vos lejana de Giancarlo.

— Giano, no me dejes.— Le pido.

Él toma mi mano: No lo haré. – Me siento un poco más calmada y aquel aire caliente que me quemaba se esta enfriando. Creo que dormiré por rato.

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