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Peor que escoría

last update Veröffentlichungsdatum: 25.02.2022 08:29:49

Giancarlo:

Antonella no demora mucho. Cuando estuvo de regreso sin dejarme tiempo para asimilar la verdadera identidad de su ex esposo, me mira asustada seguramente esperando algún reproche, el terror de su mirada deja ver más de las terribles cosas que ese miserable le hizo pasar. Giovanni Coppola es un cobarde, uno al que nunca creí tener que volver a lidiar, han pasado muchos años, por lo que los recuerdos que tengo, son algo vagos. En realidad, no quise nunca conocer nada de ese hombre al que ese tonto niño llama orgullosamente su padre, ni siquiera cuando fui forzado a vivir con él con el propósito de convertirme en su heredero. ¿Qué fue de su vida? ¿Qué hacía? Total, yo no le debo nada a ese hombre.

Todo lo que tengo ahora fue gracias al esfuerzo de mis abuelos, de otras personas que me cuidaron sin ser mi familia. Desde el momento en que me rechazo en favor de Giovanni y decidió dejarme al cuidado de servicios infantiles a pesar que le supliqué que no lo hiciera, juré ser más grande que él y mostrarle que lo conseguí sin su ayuda.

—Giancarlo ¿Estás bien? Luces tenso — Me saca ella de mis pensamientos.

—Claro que lo estoy…Dime ¿Te llevo dónde tu madre? — Cambio de tema y en cierto punto deseo que se quede con su madre.

—Si, debe estar preocupada, normalmente suelo volver a casa — Está pensativa.

—Le dije que no te sentías del todo bien. Algo que fue verdad — Le informo sobre lo que hable con su madre.

—Mmmm… Me va interrogar — Se preocupa para luego sonrojarse.

—Ella ya sabe que lo hacemos — La molesto.

—No seas odioso y hables de ese tema como si nada — Sigue colorada.

—Te gusto así. No te quejes — La regaño.

—Estoy contenta, volviste a ser tú — Sonríe. — El odioso y antipático Giancarlo Madicci —

Es verdad, con ella suelo mostrar cierta parte mía que casi nadie conoce porque sé que ella estará contenta. Si soy el Giancarlo callado y reservado de siempre no lograría nada, ya hubiéramos terminado porque no suelo ser insistente, tiene que importarme demasiado para no dejar ir algo. Antonella es una de esas pocas personas, por no decir la única.

—Giancarlo, no estás bien. ¿Hice algo mal? — Se preocupa.

—No — Contesto de inmediato.

—Bien, mira ya llegamos — Cambia de tema.

—Estoy bien, no es tu culpa. Cuídate — Le digo antes de tomar su cabeza y darle un beso en la frente.

—Bien, voy a estar ocupada estos días. Si quieres tomate un tiempo — Comienza a excluirme de sus vacaciones.

—No lo necesito. Mañana paso por ti… No eres el problema — Le repito.

—Entiendo si te arrepientes de estar conmigo — Insiste.

—No lo hago. No quiero repetir la pelea de esta mañana — Dejo claro mi punto.

—Ok — Responde ligeramente molesta. La jalo del brazo para que termine su rostro frente al mío le planto un apasionado beso. — Entendiste que te quiero. Ya puedes irte —

—Pesado — Susurra para irse.

Veo como entra a la casa de su madre, al menos ya no duda sobre los sentimientos que profeso por ella. Si supiera que me preocupa que ella me rechace al enterarse de algo de lo que ni siquiera estoy seguro que sea verdad. Puede ser una simple coincidencia y estoy preocupándome de más. Por ahora lo mejor es disfrutar de todo tiempo que tengo con ella, además lo mejor es no confirmar mis sospechas.

Alexandra:

Giovanni salió desde temprano, apenas recibió la llamada de un desconocido. ¿Así se debe haber sentido Antonella cuando estaba con Giovanni? Recuerdo que cada vez que llamaba a Giovanni, este en menos de quince minutos estaba en mi puerta. Ahora soy yo la que soy dejada de lado.

No, Alexandra Reiss no es ninguna ilusa que va esperar paciente el regreso de su querido esposo. Lo mejor es que se retire con su nueva amante o alguna cantina y se emborrache. Si tengo suerte me llamaran avisándome que tuvo un coma etílico y falleció. Sería demasiada afortunada.

Miro el reloj y son las once de la mañana, debería ir al centro comercial y terminar las compras que no hice ayer. Antonella me quito demasiado tiempo con su charla. Ella mostro interés por mi bienestar a pesar del gran daño que le hice. Admito que no fue mi intención que ella perdiera a su bebé, pero por desgracia ese niño era un gran impedimento en muchos negocios.

Hablo como si realmente me importaran los negocios de la familia. Cuando lo que más deseo es salir de esta vida llena de hipocresía, traición y engaño. Pensé que, si Antonella se involucraba con Giovanni, mi padre se olvidaría de su idea de casarme con él. Así podría irme con Sebastián, él es mucho más hombre que Giovanni. Por supuesto no me haría ninguna clase de desplantes, me tendría como una reina hasta podría ser un buen padre para esta pequeña.

Sebastián debí aceptar tu propuesta e irme contigo. Cada día que transcurre es un infierno sin ti.

Giovanni:

—LARGO DE AQUÍ BORRACHO Y NI SE TE OCURRA VOLVER — Me grita el cantinero de este pútrido agujero.

—ANTRO DE PORQUERÍA — Le respondo tirando unas botellas que hay en el suelo para luego irme de ese sitio.

Supongo que debe ser temprano, todavía no se ha ocultado el sol. Me apoyo en una pared y busco mi teléfono. Debería llamar a Augusto para que me lleve a casa. No, todavía no quiero volver donde Alexandra y me atormente con sus quejas y regaños. No la aguanto, m*****a la hora en la que se me ocurrió meterme con ella.

—Aló señor ¿Gusta que pase por usted? — Escucho a Augusto. Debo estar muy ebrio para que no me diera cuenta de cuando marque el número de teléfono.

—Si, estoy en la primera de la avenida Larco…Ven rápido — Le ordeno.

—Voy de inmediato — Contesta.

Me siento en la acera esperando a Augusto. Mientras tanto me atormenta el encuentro que tuve con Antonella, creo que la he perdido. Ahora anda con ese hombre. Me da rabia pensar que ahora es él quien la tiene entre sus brazos y es capaz de probar sus labios. En cambio, yo recibo su desprecio y los golpes. Tal vez lo merezco por lo mal que me comporte.

¿Cuánto más tendré que pagar por mi error? No ha sido suficiente con que ella me desprecie, que haya acabado con el ser que fue por el producto del amor que sentíamos. Si le sumo el infierno que debo aguantar todos los días con Alexandra. Después de todo parece ser cierto aquello que todo lo que haces al final la terminas pagando.

—Señor Giovanni — Escucho al viejo Augusto. — ¿Lo ayudo? — Una de las pocas personas que aún muestran algo de preocupación por mí.

—Gracias Augusto — Le tomo la mano.

—No tiene porque, es mi trabajo servirle — Me contesta.

—Haz estado al servicio de la familia desde que era un niño…Has soportado mi mal genio y sigues aquí. Debo aumentarte el sueldo — Lo defiendo.

—Es muy amable señor, pero como le repito que es mi trabajo — Sigue con lo mismo.

—Te comportas mejor que el miserable de mi viejo…Al menos tu apoyabas a Antonella…La cuidaste mientras yo no estaba — Le recuerdo lo bueno que se ha comportado.

—Descanse Señor, ha bebido mucho hoy día — Me aconseja.

—Hoy la vi Augusto. Con otro hombre, me rechazo. Hasta me pego. ¿Lo crees? — Le cuento.

—¿Lo lastimo? — Se preocupa.

—No, salvo mi corazón junto a la culpa…Augusto, llévame por favor donde vivía con Antonella — Le digo.

—Como desee —

No tardamos en llegar a la casa, ahora luce vieja y descuidada. Ha pasado casi un año y medio desde que alguien pone un pie aquí. No iba permitir que Alexandra manchara este lugar con su presencia, además que no deseo perder la esperanza que algún día pueda volver con Antonella.

Busco la llave de repuesto debajo de la maceta e ingreso en el que fue mi hogar. Todo está lleno de polvo y telas de araña. Si no fuera por la luz que entra por uno de los ventanales estaría oscuro. Camino por la sala, todavía hay manchas de sangre en el suelo y varios porta retratos rotos en la mesa de centro. Fui una bestia con ella.

En una mesa que se encuentra pegada a la pared está la foto de nuestro matrimonio, ella luce tan feliz. No la vi tan alegre y vivaz después de eso, creo que fue también la última. Con el daño que le hice, cada día el brillo de sus ojos se fue apagando poco a poco. Por más que quise hacerme el ciego y no ver el daño que le hacía, siempre al final al despertarme de la resaca de la noche anterior la culpa y vergüenza me carcomían, terminaba evitándola, pero ni siquiera me atrevía a pedir disculpas. Fui un miserable con ella, si me diera otra oportunidad haría todo lo que estuviera en mis manos para recompensarla.

Prefiero ir al segundo piso, primero, a la habitación principal. Puedo ver sobre la cama los diferentes regalos que le di, todo lo que pensé podría suplir mis ausencias, engaños y malos tratos. Para coronar la pila de objetos, se encuentra su anillo de bodas. Es demasiado estar aquí, veo las otras habitaciones hasta llegar a la que correspondería la habitación del bebé. En ella descubro una mecedora con unos libros, una cuna de color blanco, una cómoda junto un cambiador para el bebé y unas bolsas de compras.

Antonella avanzo bastante con el cuarto del bebe. Miro lo que hay dentro de las bolsas, quito las grapas cayendo el recibo de compras. Lo reviso con atención, está marcada la fecha en que cometí aquel horrendo crimen. Recuerdo que ella me envió un mensaje pidiéndome que la alcanzara en el doctor para luego ir de compras y al igual que siempre, me escabullí para recién aparecer a la media noche para molerla a golpes.

Tomo aire para examinar el contenido de las bolsas. En una encuentro un oso de peluche con una cinta de color celeste, por lo visto fue su primer juguete, lo coloco en la cuna. En otra de las bolsas hay una serie de ropa para bebe como un pantalón rayado, una serie de polos con dibujos de dinosaurios, unos zapatitos muy pequeños, un pantalón negro junto una camisa rayadita de color celeste muy parecida a una que tenía yo. Al ver esto el nudo en mi garganta se hizo más grande.

Me voy a sentar en la mecedora, retiro los cuentos hasta que uno llama mi atención. No es un cuento sino un folder que lleva como título diario del bebe. Al ver la primera página noto que ha sido hecho a mano, en la caratula está el nombre de la madre, del padre y del bebé, los únicos que se encuentran rellenados son los dos primeros junto al sexo del bebé. Paso las hojas y veo que hay ciertas narraciones junto con fechas, fotos y las ecografías que se hizo. Leo detenidamente cada hoja en la que expresa sus sentimientos y como paso su embarazo además de excusar mis ausencias, todo se lo cuenta a ese pequeño que recién estoy conociendo.

Siempre que ella me enviaba las ecografías, me abstenía de verlas, al final, Alexandra las eliminaba. Ahora que lo veo y recién lo conozco siento un hueco en el corazón, entiendo más el resentimiento que ella pueda profesarme, comprendo su dolor junto a sus reclamos la vez que nos vimos en el estudio de Bradley. “¡¿Por qué tenías que quitármelo?! ¡¿Por qué tuviste que lastimarlo?! ¡Él no te había hecho nada! ¡NADA! Era un ser indefenso que ni siquiera pudo ver la luz del día gracias a ti, ¡Su padre! Dime, ¿Es justo?”

—Soy un miserable, una escoria… No tengo perdón alguno — Le digo a la nada.

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