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Conejita Fiu Fiu
Conejita Fiu Fiu
Author: Don Bajo

Capítulo 1

Author: Don Bajo
Me llamo José Restrepo y, a mis cincuenta años, conseguí trabajo como guardia nocturno en una fábrica. Nunca imaginé que la fábrica fuera mucho más excitante de lo que creía. Cada noche cerraba la puerta y encendía las cámaras de seguridad.

De vez en cuando aparecían en la pantalla escenas que me excitaban.

Fue algo que descubrí tiempo después. Cada madrugada, en cuanto apagaban las luces, varios hombres y mujeres se escabullían del dormitorio para empleados; buscaban algún quiosco apartado o la arboleda, se apoyaban en las columnas o en los árboles y empezaban a hacerlo.

Esa gente acumulaba demasiadas ganas durante el día y lo hacía en cualquier rincón solitario. Al saber que nadie las veía, las mujeres dejaban atrás la actitud de dignas del día y se volvían atrevidas. Gemían cada vez más fuerte y gritaban.

Además, como de noche no se veía nada, esas mujeres se prestaban a todo y vaya que lo gozaban. Sin embargo, desde las cámaras de seguridad yo lo veía todo con claridad.

En la pantalla veía aquellos cuerpos desnudos; oía a las mujeres gemir de placer con cada estocada e incluso observaba cómo las ponían en posturas descaradas frente a la cámara para exhibir la entrada de atrás, empapada de tanto toqueteo...

Llevaba mucho tiempo sin estar con una mujer, así que fui perdiendo el control. Mirar las cámaras por la noche se convirtió en lo que más esperaba de cada jornada. Todos los días miraba por las pantallas cómo manoseaban a esas mujeres hasta hacerlas gritar de placer y aprovechaba para agarrarme. Aunque era pan para hoy y hambre para mañana, en cuanto fantaseaba con ser yo quien las manoseaba, sentía una emoción incontrolable y un placer como nunca antes.

Ese día estaba muy entretenido mirando la pantalla cuando sonaron unos golpes a la puerta; del puro susto eyaculé.

Tener que interrumpir el placer de esa manera me puso de muy mal humor. Apenas iba a levantarme para ver qué pasaba cuando abrieron la puerta con brusquedad.

Sentí una ventisca de perfume y, al bajar la mirada, vi a una joven con el cuerpo al descubierto y la cara encendida que cayó en mis brazos y se aferró a mí como si hubiera encontrado su tabla de salvación.

Tenía la cara bañada en lágrimas y llevaba la ropa rasgada.

Los botones delanteros habían sido desabrochados a tirones y dejaban ver el borde de encaje con estampado de flores. El encaje sostenía sus pechos redondos y firmes; una lágrima le resbaló por la piel hasta perderse entre los senos, y al seguir su recorrido con la mirada, alcancé a ver un pezón rosado que asomaba.

Aparté la mirada y bajé la cabeza; más abajo vi sus piernas firmes y blancas, apretadas una contra otra. La falda era tan corta que parecía no llevar nada debajo, y alcancé a distinguir un hilo negro con un brillo húmedo.

Parecía contenerse con todas sus fuerzas; me miró con ojos nublados y rozó con la pierna lo que se escondía en mi pantalón.

—Don José... ayúdeme... Yo... ay... ya no aguanto más...

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