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Capítulo 4

Author: Lulú Lorenza
En el pasillo, Rafael hizo una llamada.

Del otro lado tardaron unos tonos en contestar y, apenas lo hicieron, comenzó una lluvia de quejas:

—¿A esta hora me marcas? ¿No la estás pasando bien en tu fiesta de cumpleaños? También tú eres raro. Llevas más de diez años sin celebrar y justo hoy tenías que...

Rafael lo interrumpió.

—El Pagani que te perdí aquel año me lo devuelves cuando regreses al país.

—¿Qué demonios significa eso?

El pulgar de Rafael rozó la comisura de sus labios.

En la yema quedó una tenue marca roja.

Sonrió.

—Ella se va a divorciar.

—¿Quién?

Rafael no respondió.

Hubo dos segundos de silencio.

Luego la voz explotó al otro lado.

—¡¿Qué está pasando?!

***

Dentro del privado, Mariana volvió a sentarse en su lugar.

Seguía recibiendo de vez en cuando miradas provocadoras de Julieta, pero ni ganas tenía de responderle.

Julieta parecía especialmente feliz esa noche.

Había bebido bastante y no dejaba de pegarse a Alejandro.

Alguien preguntó:

—¿Y Rafael?

No se supo quién respondió:

—Salió a contestar una llamada.

Nadie sospechó nada.

Pasaron unos diez minutos antes de que Rafael regresara.

Alejandro alzó la copa.

—¿En tu cumpleaños y todavía sigues trabajando?

—Bastante ocupado, sí.

La expresión de Rafael no cambió. Su tono seguía lento y despreocupado.

Como si aún saboreara algo pendiente.

Mariana le lanzó una mirada ligera.

Los mancuernillos seguían perfectamente acomodados.

La camisa no tenía una sola arruga.

Y los lentes ya descansaban otra vez sobre el puente de la nariz.

Alguien le ofreció una copa.

Parecía estar de muy buen humor.

La tomó y se la bebió de un solo trago.

Por encima del borde del vaso, entre el ruido y las voces de la mesa, su mirada cayó justo en la comisura de los labios de Mariana.

Para entonces Julieta ya estaba pasada de copas.

Pegada a Alejandro, enganchó un dedo en la manga de su saco y murmuró:

—¿Podrías llevarme a casa? Tomé de más.

Justo alcanzó a escucharlo Mariana.

Alejandro sostuvo a Julieta, aún sin responder.

Mariana habló con total generosidad.

—Alejandro, llévala tú. Yo puedo irme sola.

De por sí Alejandro no tenía demasiado encanto.

Solo Julieta parecía empeñada en disputárselo.

Alejandro guardó silencio dos segundos.

No dijo nada más.

Solo asintió.

Después volteó hacia Rafael.

—Feliz cumpleaños. Pásala bien. Yo me adelanto a llevar a Julieta.

Rafael inclinó la cabeza.

La gente empezó a retirarse poco a poco.

Algunos murmuraban en voz baja:

—¿Cómo que Mariana está tan tranquila? ¿De verdad va a ver cómo Alejandro se lleva a Julieta y no hará nada?

—Quién sabe, a lo mejor Mariana ya sabía todo. Esos dos llevan años cada quien por su lado. Vete tú a saber cómo viven realmente.

—Exacto. Los que somos cercanos sabemos que Julieta siempre ha sido la mujer que Alejandro no ha podido olvidar. Nadie entiende por qué aquel año se casó de repente con Mariana.

Grupo Fernández había sido muy reconocido en otros tiempos.

Después quedó atrapado en una guerra empresarial.

Los rivales atacaron sus acciones y, de la noche a la mañana, la empresa quedó gravemente debilitada.

Mauricio acumuló deudas enormes.

Y fue entonces cuando cayó enfermo.

Alejandro apareció en el momento preciso.

Les tendió la mano y, frente a la cama del hospital, habló con absoluta sinceridad:

—He querido a Mariana desde hace mucho tiempo. No puedo verla cargar sola con todo esto. Estoy dispuesto a casarme con ella. Yo me haré cargo de las deudas de Grupo Fernández.

En aquel momento no tenían otra salida.

Al principio Mariana creyó que aquella frase de [He querido a Mariana desde hace mucho tiempo] tenía un valor inmenso.

De lo contrario, ¿por qué se casó con ella justo cuando la familia Fernández estaba en ruinas?

Pero en realidad, durante los tres años que pasó en Nueva Asturias, en boca de toda esa gente no había sido más que la nuera de la familia García que no levantaba cabeza.

Y dentro del círculo social de Alejandro, eso nunca fue secreto.

Al final, en el privado solo quedaron dos personas.

La música ya se había detenido.

Entre el vuelo de más de diez horas y todo el espectáculo de la noche, Mariana estaba agotada.

Cerró los ojos y se recargó un momento en el sofá.

Rafael no supo en qué momento ya se había girado para mirarla.

Las pestañas de Mariana eran largas y descansaban suavemente sobre sus mejillas.

Su respiración era tranquila, acompasada.

La observó un rato y después tomó su saco y se lo echó encima a ella.

Aún no retiraba la mano cuando Mariana la atrapó entre sus dedos y abrió los ojos.

—¿Ya terminaste de verme?

Rafael aprovechó para sentarse a su lado.

—¿Así que estabas fingiendo dormir?

Mariana se incorporó.

El saco de Rafael resbaló por su cuerpo y dejó al descubierto la delicada línea de sus clavículas.

—Todos los demás ya se fueron. ¿Tú por qué sigues aquí?

Rafael sostuvo su mirada.

Sus ojos eran profundos, intensos. La sonrisa en sus labios apenas se curvó.

—¿No decías que querías acostarte conmigo?

Mariana soltó una risa.

La luz tenue acariciaba el perfil de su rostro y se quedaba prendida en sus pestañas largas.

El rabillo de sus ojos se elevaba apenas, seductor, irresistible.

Lo más probable era que esa noche Alejandro no pudiera soltarse de Julieta.

Y además...

Mariana tampoco quería volver.

La villa matrimonial en Valle Luz... quién sabía cuántas veces Alejandro habría llevado ahí a Julieta.

Recordó la foto de bodas junto a la cama.

En ella, Mariana vestía de novia y sonreía con dulzura impecable.

Alejandro tenía una mano en el bolsillo y la otra apenas rodeándole la cintura.

El fotógrafo les pidió que se acercaran más.

Él no se movió.

Ella tampoco.

Ahora, al recordarlo, ambos sonreían en la imagen... pero la sonrisa de Alejandro parecía burlarse de ella.

Y si Rafael estaba interesado en ella, entonces no tenía por qué contenerse.

Si iba a buscar emociones fuertes, sería hasta el final.

Ignoró la provocación de Rafael y preguntó:

—¿Sigue en pie lo de ser mi abogado?

—Por supuesto.

Solo después de escuchar esa respuesta, Mariana se quitó el saco de encima y lo arrojó a un lado.

Luego, sin titubear, se sentó a horcajadas sobre él.

Las rodillas a ambos lados de sus piernas.

La falda subió ligeramente sobre sus muslos.

Le rodeó el cuello con los brazos.

Rafael la sostuvo por la cintura.

La distancia entre ambos era mínima.

Sus respiraciones se mezclaron.

Mariana le quitó los lentes y los dejó a un lado.

Luego se inclinó para besarlo primero.

Al inicio fue un beso ligero.

Una mano se apoyó en su nuca; la otra se deslizó por el cuello de la camisa hacia adentro.

La respiración de Rafael se volvió más pesada al instante.

Y enseguida tomó el control.

Igual que afuera del privado.

Su boca delineó los labios de Mariana antes de profundizar el beso con lentitud.

El beso fue creciendo, volviéndose cada vez más intenso.

Poco a poco, Mariana se fue derritiendo entre sus brazos.

Podía sentirle el corazón golpeando contra la palma de su mano, incluso a través de la camisa.

Rafael apretó la cintura de ella casi sin darse cuenta, acercándola más a su cuerpo.

Hasta que el contacto se volvió demasiado evidente.

Solo entonces Mariana se apartó.

Apoyó la frente contra la de él.

Le latía el corazón con fuerza.

Respiraba agitada.

Quiso bajar de su regazo, pero Rafael no la dejó.

Seguía rodeándola con los brazos.

La voz le salió más grave, ligeramente ronca.

—¿Quieres hacerlo aquí?

Mariana se dejó caer sobre su pecho y escondió el rostro en el hueco de su cuello.

—No.

Sonó casi como un mimo.

—Dijiste que Alejandro no sabía cuidarme. Volé más de diez horas para volver y sigo muerta por el cambio de horario. ¿Tú tampoco me vas a consentir? Entonces, ¿cómo piensas ganarte mi corazón? Estoy muy cansada.

La mano de Rafael seguía en su cintura.

Ella sintió cómo sus dedos se tensaban un instante y luego aflojaban.

Después él respiró hondo.

Pasaron unos segundos.

Finalmente le masajeó suavemente la cintura.

—Pero no quiero dejarte ir... ¿qué hago entonces?
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