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Capítulo 5

Author: Lulú Lorenza
Mariana seguía recargada sobre su hombro.

En el hueco de su cuello se mezclaba aquel tenue aroma amaderado.

Ella respiró cerca de su piel y lo aspiró despacio.

Tal vez era el efecto del alcohol.

Tal vez el cansancio acumulado.

Pero ese olor suave la relajaba de una manera extraña.

Con los labios pegados a su cuello, le dejó una fuerte marca con un beso.

—Entonces no me voy.

La voz de Rafael salió grave.

—¿Estás segura?

Mariana se apartó lo suficiente para mirar esos ojos oscuros.

—¿Te asustaste?

Rafael le sostuvo la nuca y la jaló hacia él.

Le mordió los labios y la besó sin contenerse.

—¿Asustarme de qué? Yo tampoco soy un santo.

***

Apenas se cerró la puerta de la suite del hotel, Rafael la empujó suavemente contra el espejo del recibidor y la besó por la espalda.

Sus labios rozaban la oreja de Mariana.

Las manos recorrían con lentitud la línea de su cintura.

La respiración de ella empezó a agitarse.

Mirando el reflejo en el espejo, se dio vuelta y lo besó de frente.

Después, la temperatura de la habitación siguió subiendo.

El espejo terminó cubierto de vaho.

Ya no se distinguía nada.

Solo quedaban respiraciones entrelazadas, imposibles de separar.

***

Cuando abrió los ojos al día siguiente, Mariana contempló el desastre de la habitación.

En su mente desfilaron fragmentos de la locura de la noche anterior.

Su primer día de regreso al país... y ya había traicionado a Alejandro.

Además, se había acostado con el hombre más codiciado de Monteluz.

Mucho más atractivo.

Mucho mejor cuerpo.

Muchísimo más hombre que Alejandro.

Pero entonces...

¿Dónde quedaba la fama de Rafael como alguien frío e inaccesible?

Se había comportado como si jamás hubiera tocado a una mujer.

Toda la noche insistiendo una y otra vez, sin soltarla.

Quién sabe cuánto tiempo llevaba aguantándose.

Ahora Mariana amanecía adolorida por todas partes.

El brazo de Rafael descansaba sobre su cintura.

Ella se giró y quedó frente a esos ojos negros y profundos.

Rafael seguía acostado.

La calefacción estaba alta.

La cobija apenas lo cubría y dejaba entrever el abdomen marcado sobre la piel clara.

Acababa de despertar, así que su voz sonó ronca.

—¿Ya despertaste?

Mariana frunció el ceño y respondió con desgano.

—Ajá.

Rafael terminó de despabilarse.

Al verla con los labios ligeramente inflados en gesto de molestia, soltó una risa baja.

—¿Qué pasa? Te acostaste conmigo como querías... ¿y ahora la ofendida eres tú?

Mariana sintió algo duro apoyado contra su abdomen.

Se incorporó de inmediato, abrazándose a la cobija para cubrirse.

No vaya a querer seguir apenas despierte.

Lo miró indignada.

—¿Todavía estoy a tiempo de cambiar de hombre?

La noche anterior había sido deliciosa.

Eso sí.

Pero también dolorosa.

Rafael se sentó.

La cobija resbaló de su torso, dejando al descubierto el pecho firme y la línea marcada que descendía hasta la cintura estrecha.

Frunció el ceño.

—Ni se te ocurra. ¿Qué crees que soy? ¿Un acompañante que se reemplaza por catálogo?

—¡Me lastimaste!

Después de decirlo, Mariana se recorrió hacia la cabecera.

Rafael la sujetó por detrás de las rodillas y la jaló de vuelta.

El rabillo de sus ojos estaba ligeramente enrojecido.

Había humedad contenida en la mirada, como si quisiera llorar pero se negara.

A Rafael se le ablandó algo por dentro.

La atrajo de nuevo a sus brazos.

—¿De verdad te dolió?

—Sí.

—La próxima vez tendré más cuidado.

Mariana levantó la mirada.

Sus ojos recorrieron la nuez de él, bajaron por la clavícula y regresaron a su rostro.

—Aunque la verdad... tu desempeño anoche estuvo regular.

Se incorporó desde su abrazo.

—Ya veremos si hay próxima vez.

Levantó la cobija y bajó de la cama.

Luego caminó hacia el baño.

Rafael se recargó en la cabecera y la vio alejarse sin decir nada.

Tomó el celular de la habitación y pidió dos desayunos.

Bajo la regadera, Mariana pasó los dedos largos y finos por las marcas de besos sobre su piel.

La única moderación de Rafael había sido no dejarle nada visible en el cuello.

No lograba entender qué pretendía realmente.

La había hecho volver para presenciar aquella escena.

¿Con qué intención?

¿Solo para abrirle los ojos sobre Alejandro?

¿Y luego acostarse con ella una noche?

No lo sabía.

Solo sabía que, cuando estuvo tan cerca de Rafael, podía percibir ese aroma único y adictivo sobre su piel... y sentir bajo la camisa los músculos tensos de su cuerpo.

Sabía que Rafael había perdido el control en la cama.

Mariana le quitó los lentes, le desabotonó la ropa y le arrancó la máscara...

En la oscuridad, él deseaba su cuerpo.

En el mundo de los adultos, ella sabía distinguir perfectamente entre deseo y sentimientos.

No había sido más que un juego ambiguo y deliberado.

Una forma de desahogarse.

Una forma de vengarse de Alejandro.

Cuando salió del baño, tomó el celular de la mesa de noche y vio la hora.

Ocho con veintiséis de la mañana.

Justo en ese momento llegó el desayuno.

Rafael, con la bata puesta, fue a abrir la puerta.

Después volvió y la hizo sentarse junto a la mesa redonda frente al ventanal.

Mariana apenas dejó el celular sobre la mesa cuando sonó una notificación de WhatsApp.

Era un mensaje de Alejandro: “¿Dónde estás? ¿Por qué no regresaste anoche?”

Unos segundos después llegó otro: “Después de dejar a Julieta surgió un asunto urgente del proyecto. Me fui directo a la empresa. Ya era muy tarde y no regresé.”

Mariana torció apenas los labios.

¿De verdad Alejandro pensaba escribir algo así?

Él tampoco había vuelto a casa.

¿Y todavía se sentía con derecho a cuestionarla?

No respondió.

Volteó el celular boca abajo sobre la mesa y cortó un pedazo de carne.

Rafael estaba sentado frente a ella.

La observaba sin disimulo.

El celular volvió a sonar.

Ahora Alejandro estaba llamando.

Rafael levantó la taza de café como si no hubiera notado nada.

Pero Mariana sabía perfectamente que sí lo había visto.

Miró la llamada entrante y no contestó.

Al final quedó marcada como llamada perdida.

Volvió a dejar el celular con la pantalla hacia abajo.

Rafael preguntó:

—¿Ni respondes mensajes ni contestas llamadas?

—No hace falta.

Mariana tomó el celular, abrió WhatsApp, buscó el contacto de Camila Sánchez y le hizo una llamada de voz.

Camila contestó enseguida.

La voz al otro lado sonaba ronca, todavía adormilada.

—¿Qué pasó?

—Camila, si tienes tiempo, ven por mí.

Camila guardó silencio tres segundos.

Luego gritó:

—¡¿Qué?! ¿Cuándo regresaste?

Mariana alejó el celular del oído.

—Ayer.

Del otro lado se escuchó ruido, como si acabara de incorporarse de golpe en la cama.

—¿Cómo que ayer? ¿Y ni me avisaste? ¿Dónde estás ahorita?

—Te mando ubicación.

Colgó la llamada.

Abrió el chat y compartió la ubicación del hotel.

Cuando levantó la mirada, Rafael ya había dejado la taza de café y estaba de pie.

Caminó hasta la cama, tomó la camisa que había quedado tirada sobre una silla desde la noche anterior y empezó a vestirse de espaldas a ella.

Mariana observó su figura.

La mirada descendió de los hombros a la cintura, y de ahí al borde de la camisa mientras él la acomodaba dentro del pantalón.

Rafael se giró, tomó el reloj del buró y se lo ajustó en la muñeca mientras la miraba.

—Tengo una reunión pendiente.

—Ajá.

Mariana bajó la vista.

Escuchó sus pasos acercarse hasta detenerse frente a ella.

Alzó la cabeza.

Rafael se inclinó y apoyó las manos en ambos brazos de la silla, encerrándola entre sus brazos.

Estaba tan cerca que podía percibir el aroma fresco de recién bañado.

Viendo la actitud fría que ella había mostrado toda la mañana, Rafael dijo:

—Lo de anoche puedes tomarlo como una venganza contra Alejandro. Un impulso del momento.

Mariana no respondió.

Él se acercó un poco más a su oído y bajó la voz.

—Pero yo no.

Luego se enderezó, tomó el saco y caminó hacia la puerta.

Antes de salir, volvió la cabeza para mirarla.

—Nos vemos.

La puerta se cerró.

El celular de Mariana volvió a sonar.

Esta vez era Camila devolviendo la llamada.

Contestó de inmediato.

Camila explotó del otro lado:

—¡Me mandaste ubicación de hotel! ¿Dormiste en un hotel anoche? ¿Estabas sola?

—No.

—¿Entonces con quién?

Mariana movió la cuchara dentro del café.

—Con un hombre.

Hizo una pausa.

—Y si Alejandro pregunta, dile que anoche estuve contigo.

Hubo silencio al otro lado.

—Espera tantito... déjame acomodar ideas.

Camila respiró hondo.

—Te regresaste al país de repente, estuviste con otro hombre y ahora quieres que yo le mienta a Alejandro. ¿Eso me estás diciendo?

—Sí.

Camila soltó lo primero que pensó:

—¿Y está guapo?

Mariana recordó la manera en que Rafael se inclinó sobre ella, rodeándola con los brazos, y el ritmo pausado con que hablaba.

Su apariencia era, de hecho, lo menos impresionante de todo lo que tenía.

Respondió sin dudar:

—Guapísimo.
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