Share

Capítulo 3

Author: Lulú Lorenza
La luz del pasillo era un poco más clara.

Por fin Mariana pudo verlo bien de frente.

Medía, como mínimo, uno ochenta y ocho.

Hombros anchos, cintura estrecha, proporciones impecables.

Tenía un rostro tan perfecto que parecía diseñado al detalle.

Una belleza imposible de ignorar, de esas que imponen apenas entran.

Solo que los lentes suavizaban un poco ese filo natural.

La camisa negra llevaba desabrochado el primer botón.

La línea de la nuez se marcaba limpia y sensual.

En conjunto transmitía una frialdad elegante, difícil de ignorar.

Rafael inclinaba apenas la cabeza mientras seguía en la llamada, pero sus ojos permanecían fijos en ella.

Hasta que colgó.

Se acercó a Mariana y curvó levemente los labios.

—¿Querías hablar conmigo a solas?

Ella sacó el celular, abrió el correo anónimo y le mostró la pantalla.

—Tú enviaste este correo. Así que cuando dijiste que me habías invitado desde hace un mes, no estabas bromeando.

No era una pregunta.

Era una conclusión.

Rafael apenas miró la pantalla.

—¿Y por qué piensas eso?

Mariana siguió recargada en la pared, con el rostro alzado hacia él.

—Hoy regresé sin avisarle a nadie. Cuando entré al privado, todos pusieron cara rara. Alejandro estuvo molesto toda la noche, claramente porque arruiné sus planes. Y Julieta se asustó apenas me vio. Así que ella no fue quien me escribió.

Hizo una pausa.

—Pero tú me miraste al entrar como si ya supieras que iba a llegar. Y además...

Rafael guardó silencio, entretenido, esperando que continuara.

—Hoy es tu cumpleaños. Supongo que invitaste a Alejandro desde hace un mes. Entonces, si alguien pudo mencionar en el correo la fecha exacta de esta reunión, entre todos los presentes no se me ocurre nadie más que tú.

Su análisis era impecable.

Rafael no confirmó ni negó nada.

Solo arqueó ligeramente una ceja.

Para Mariana, eso bastaba como respuesta.

—¿Y por qué ibas a escribirme para contarme todo esto? Hoy fue la primera vez que te vi. No creo que exista ninguna vieja historia entre nosotros.

Rafael no respondió a lo de la primera vez.

Solo dijo:

—Me gustas como persona. Me pareció injusto que siguieras engañada sin saber nada.

Con eso, prácticamente admitía haber enviado el correo.

Mariana entendió perfectamente.

Que un hombre como él dijera que le gustaba... normalmente solo significaba una cosa.

Coqueteo.

Diversión.

Nada demasiado serio.

Sus ojos se detuvieron en la nuez que subía y bajaba al tragar.

Dio un paso hacia él.

—¿Un hombre como tú también necesita mujeres alrededor?

Respondió sin rodeos.

—No me faltan. Pero no me gusta conformarme.

Mujeres que se le acercaban no escaseaban.

Influencers, actrices, modelos... de todo tipo.

Y si alguna despertaba suficiente interés, tampoco le molestaba tenerla cerca.

Lástima.

Después de conocer algo realmente excepcional, el resto empezaba a parecerle mediocre.

Mariana ladeó la cabeza.

—¿Quieres conquistarme?

Dicho por ella sonó a broma.

Pero la mirada de Rafael se volvió más profunda.

—No deberías hacerte ilusiones conmigo.

Levantó la mano y mostró el anillo de bodas en el dedo anular.

—Estoy casada.

Rafael fue directo al punto.

—¿No regresaste precisamente para divorciarte? Si quieres conseguir la mejor compensación posible, puedo representarte como tu abogado.

¿Rafael, fundador de uno de los despachos más prestigiosos del mundo, queriendo llevar su divorcio?

Sonaba absurdo.

Con una mezcla de desconcierto y curiosidad, Mariana se quitó el anillo frente a él.

—Pero escuché que no aceptas casos de divorcio.

Rafael respondió con calma.

—Depende de quién sea la clienta.

El cabello ondulado descansaba sobre los hombros de Mariana.

Los pequeños diamantes de sus aretes se mecían con la luz.

Rafael la observó sin revelar qué pensaba.

Mariana giró la cabeza y volvió a mirar por la ventanilla de la puerta del privado.

Desde ese ángulo, nadie adentro podía verlos.

En el interior, Alejandro tenía a Julieta recostada sobre el sofá mientras la besaba.

Alrededor, los demás gritaban y festejaban.

Mariana sacó el celular.

Con absoluta calma tomó tres fotos.

Luego apagó la pantalla.

Rafael preguntó:

—¿Y por qué te quedaste callada?

Mariana seguía mirando lo que ocurría dentro del privado.

—Estoy viendo la sorpresa que me regalaste. Alejandro y Julieta se están besando con tanta pasión ahí adentro. Tres años de casados... y yo ni sabía que besaba así de bien.

Mariana había regresado tres o cuatro veces en esos años, y Alejandro también había ido a verla en dos ocasiones.

Cuando estaban juntos, él siempre era apresurado, distante, como si cumpliera por compromiso.

Jamás la había besado con esa entrega.

Ella pensaba que era por cansancio.

Y sí lo era.

Cansado de gastarse con otra mujer.

Pero ahora, al verlo con sus propios ojos, solo sintió asco.

Rafael habló con calma.

—Entonces... ¿qué quieres hacer?

Mariana retiró la mirada del vidrio y sostuvo la de él.

—Quiero acostarme contigo.

Rafael miró hacia la ventanilla de la puerta y sonrió de lado.

—¿Solo quieres hacer enojar a Alejandro?

—Adivínalo.

Los ojos de Rafael volvieron lentamente a su rostro.

Como en cámara lenta, la recorrieron desde las cejas hasta la comisura de los labios.

—Alejandro te engaña ahí dentro... y tú vienes a provocarme aquí afuera. No sé si de verdad estás loca o solo finges.

Sus respiraciones cayeron en el mismo ritmo.

Mariana dio un paso al frente.

—Soy igual que tú.

Apenas terminó de hablar, Rafael se quitó los lentes.

Sus ojos parecieron desprenderse de toda máscara.

Negros, profundos, insondables, como el mar en medianoche, sin luna.

Mariana alzó el cuello hacia él.

La sonrisa se extendió de sus ojos a los labios.

La mirada de Rafael cayó sobre aquella boca pintada de rojo intenso, una tentación intacta de la que costaba apartarse.

Al segundo siguiente, se inclinó.

Y justo cuando su beso estaba por caer, Mariana salió a su encuentro.

Un segundo.

Dos.

Luego Rafael la sostuvo por la nuca y respondió con intensidad.

Del otro lado de esa puerta, Alejandro seguía besando a Julieta.

Jamás sabría... que, a solo tres metros de distancia, su esposa estaba entre las manos de su mejor amigo.

La besó hasta hacerle temblar las pestañas.

Hasta volverle ardiente la respiración.

Hasta deshacerle el labial.

Fue Rafael quien se apartó primero.

Mariana seguía con el rostro alzado, respirando de forma irregular.

Él la miró desde arriba y pasó el pulgar por la comisura de sus labios, borrando la mancha roja corrida.

Mariana se humedeció apenas los labios.

Aún quedaba un ligero sabor a menta en su boca.

Levantó apenas la mirada, provocadora, y sonrió.

—¿Ese fue tu primer beso?

Rafael había besado con una intensidad feroz, sin medida ni límite, como si quisiera cobrar algo pendiente desde hacía mucho tiempo.

Al principio incluso la había hecho doler un poco.

Fue ella quien lo fue guiando poco a poco.

Apenas terminó de hablar, Rafael volvió a inclinarse y la mordió suavemente en los labios.

Sus bocas se enredaron unos segundos antes de separarse.

—Ahora ya no lo es.

Mariana no le creyó.

—¿Todos los abogados son así de buenos para endulzarle el oído a una mujer? ¿A cualquier primer beso le llaman el primero?

Rafael no respondió de frente.

Solo sonrió.

—Entonces... ¿tú sí tienes mucha experiencia?

—Claro. En Nueva Asturias había filas de hombres jóvenes y guapos esperando que los besara.

Durante esos tres años en el extranjero, no le habían faltado pretendientes.

Guapos, encantadores, ricos...

De todo tipo.

Y desde que descubrió la infidelidad de Alejandro, lo primero que lamentó no fue no haberlo vigilado.

Fue haber pasado tres años siendo la esposa perfecta para alguien como él.

Rafael preguntó:

—¿Y yo ya alcancé turno en esa fila?

El corazón de Mariana aún no recuperaba el ritmo.

Giró el rostro y volvió a mirar por la ventanilla.

Dentro del privado, nadie había notado nada afuera.

Alejandro ya estaba sentado de nuevo.

Julieta retocaba su labial.

Los demás seguían bebiendo como si nada.

Mariana levantó un dedo y lo deslizó desde los labios de Rafael hasta su nuez.

—No me digas... ¿Eso de que no te conformas... era porque me estabas esperando?

Rafael arqueó apenas una ceja.

—Adivínalo.

Más allá de las ventanas al final del pasillo, la ciudad entera brillaba en la noche.

Luces encendidas por todas partes.

Calles llenas de gente.

Vida por todos lados.

Y ella, atrapada en la sombra de Rafael.

Con la pared fría a su espalda.

Y frente a sí, el calor de su respiración.

Mariana sonrió con los ojos curvados.

No respondió.

—Debo entrar.

Dio dos pasos al frente y, sin esperar reacción alguna, empujó la puerta del privado.
Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • Cruzando la Línea   Capítulo 30

    Al caer la tarde, el puerto parecía cubierto de polvo dorado.El sol descendía hacia la línea del mar y sus últimos reflejos teñían todo el muelle de tonos cálidos, mientras las nubes del horizonte ardían en un naranja rojizo.A las seis en punto, el crucero hizo sonar la sirena y zarpó.La gala se celebraba en la cubierta superior, conectada directamente con la terraza exterior y frente a la costa que poco a poco iba quedando atrás.La cena aún no comenzaba oficialmente, pero el salón ya estaba lleno de invitados.Mariana sostenía una copa de champaña junto al ventanal, observando la superficie tranquila del mar.Camila se acercó con expresión derrotada.—Ya valió... cuando regresemos, no me voy a salvar del trágico destino de una cita a ciegas.Paseó la mirada por el salón.—Mira nada más, no se salva ni uno...Apenas terminó de hablar, Mariana siguió la dirección de sus ojos.En la entrada del salón, Rafael acababa de entrar.Llevaba un traje gris oscuro de alta costura, camisa blan

  • Cruzando la Línea   Capítulo 29

    Gabriela lanzó una mirada de reojo hacia Mariana.—No es que te estemos presionando, solo te lo recordamos. Si quieres seguir en la familia García, al final tendrás que apoyarte en un hijo. Aprovecha ahora que eres joven y estás sana. En unos años más...—Tiene razón.Mariana alzó la vista y la interrumpió con una sonrisa.—Todo lo que me dijo lo tengo muy presente. Claro que debemos tener hijos. Ese asunto ya no puede seguir aplazándose.Gabriela asintió, satisfecha.—Qué bueno que lo entiendes...Mariana inclinó ligeramente la cabeza, con una expresión inocente.—Pero esas cosas no dependen solo de mí, ¿verdad? ¿No cree que también debería hablarlo con Alejandro? Últimamente está muy ocupado. Casi nunca duerme en casa.La sonrisa de Gabriela se congeló por un instante.Ellos pasaban largas temporadas fuera de Monteluz, y toda la familia García había quedado en manos de Alejandro.Pero Gabriela conocía perfectamente los enredos que él traía detrás.En aquel tiempo, Julieta se había de

  • Cruzando la Línea   Capítulo 28

    Camila se hizo a un lado en silencio.Rubén soltó el bastón y tomó las manos de Mariana entre las suyas.La observó de arriba abajo.Tenía los ojos ligeramente enrojecidos.—Qué bueno que regresaste.Le palmeó el dorso de la mano.—En estos tres años apenas viniste unas cuantas veces, y cada vez te quedabas dos días antes de volver a irte. Esta vez ya no te vas, ¿verdad?A Mariana se le cerró la garganta.Negó con la cabeza.—No. Ya no me voy.Cuando Mauricio murió, toda la familia García acudió al velorio para acompañarla.Rubén permaneció largo rato frente al altar funerario.Antes de irse, le tomó la mano a Mariana y le dijo:—De ahora en adelante, la familia García será tu respaldo. Si alguien te maltrata, me lo dices.Los ojos de Mariana se humedecieron.—¿En Altarreal hace calor? ¿Cómo has estado de salud últimamente?Rubén aún no respondía cuando una voz masculina sonó detrás de ellos.—Apenas se bajó del avión y, en vez de descansar, vino directo aquí a aguantar el viento del m

  • Cruzando la Línea   Capítulo 27

    Rafael giró el rostro para verla.La mirada descendió de su cara al escote profundo del vestido color vino que llevaba puesto.Alzó una ceja.—Sí que eres valiente... ¿me llamaste para recogerte sabiendo que Alejandro estaba ahí?Mariana se recargó en el asiento y volvió la cabeza hacia él.Sonrió con coquetería.—Alejandro fue a recoger a Julieta. Nadie iba a llevarme. Y en taxi no puedo entrar por el acceso VIP, así que no me quedó de otra más que molestarte.La luz que entraba por la ventana dibujó una línea suave sobre su perfil.Rafael dijo:—Hoy estás preciosa.La misma frase se la había dicho Alejandro media hora antes.Mariana alzó apenas la barbilla.Las pestañas largas temblaron.La sonrisa le curvó los ojos.—Me arreglé especialmente para ti.Esteban, al volante, casi arrancó el cuero del volante de tanto apretarlo.Mantuvo la vista fija al frente.Tenía las orejas rojas.Rafael había elegido ese carro precisamente para pasar desapercibido.Y ni siquiera tenía mampara diviso

  • Cruzando la Línea   Capítulo 26

    El viernes amaneció con un clima espléndido.Desde temprano brillaba el sol y el aire tenía una calidez agradable.A las ocho y media de la mañana, Mariana ya estaba lista.Se había maquillado con esmero y llevaba puesto un abrigo largo de invierno, abierto al frente, sin cinturón.Debajo lucía un vestido de gala color vino.El corte de la cintura le ajustaba perfecto, marcándole una silueta fina que parecía caber entre dos manos.El cabello, ligeramente ondulado, descansaba sobre los hombros.Se veía hermosa, relajada, con un encanto imposible de ignorar.La maleta que había preparado la noche anterior ya estaba abajo.Bajó las escaleras en pantuflas.Alejandro tomaba café en el comedor.Al escuchar sus pasos, levantó apenas la mirada.La garganta se le tensó al verla.Mariana caminó hasta la mesa, tomó una fresa madura del frutero y se la acercó a los labios.Él no pudo evitar decir:—¿Por qué hoy estás tan guapa?Mariana se sentó, se sirvió café y sonrió con los ojos.—¿Qué día no l

  • Cruzando la Línea   Capítulo 25

    Camila vio entrar a Mariana y alzó el brazo, agitándolo con fuerza sin importarle quién la estuviera mirando.—¡Zoe! ¡Acá!Mariana volteó al escucharla.Zoe era su apodo de niña.Solo Mauricio y Camila la llamaban así.Ni siquiera Alejandro lo sabía.Desde la muerte de Mauricio, y después de pasar tres años en el extranjero, hacía muchísimo tiempo que no escuchaba a Camila llamarla de esa manera.Mariana caminó hasta ella.Camila la tomó del brazo de inmediato y la arrastró hacia el privado junto a la ventana.Más allá del ventanal, toda Monteluz se extendía bajo sus pies.Los edificios del distrito financiero brillaban como un océano de luces.Camila la apuró:—Pide de una vez, me estoy muriendo de hambre. En la tarde mi mamá me arrastró a probarme vestidos. Me tuvo horas ahí y no me quedó bien ni uno.Mientras revisaba el menú, Mariana preguntó:—¿Vestidos para qué?—Para el aniversario de Grupo García.Camila apoyó la barbilla en la mano con gesto fastidiado.—Alejandro le mandó inv

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status