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Capítulo 6

Author: Lulú Lorenza
Camila llegó al estacionamiento subterráneo del hotel.

Mariana apenas acababa de subir la maleta al carro cuando Alejandro volvió a llamar.

—¿Dónde estás exactamente? ¿Por qué no contestas?

—Recién desperté, no revisé el celular. Voy con Camila en su carro.

Mariana se acomodó en el asiento del copiloto. Su voz sonó suave, casi perezosa.

—Anoche ya era muy tarde, así que me fui directo a su casa. Ahorita me viene trayendo de regreso.

Alejandro no dijo una sola palabra.

Le colgó.

Camila giró el volante y salió del estacionamiento.

El carro se incorporó a la avenida principal.

Cuando se detuvieron en un semáforo en rojo, Camila volteó a verla y la examinó de arriba abajo con toda seriedad.

—A ver si entendí bien. Regresaste de repente porque descubriste lo de Julieta y Alejandro. Te guardaste todo... y luego te fuiste a acostar con otro hombre. O sea, básicamente los dos se engañaron mutuamente.

—Sí.

Camila era la mejor amiga que Mariana había tenido en toda su vida.

Si el mundo entero se pusiera en contra de Mariana, Camila seguiría de su lado.

Cuando la familia Fernández cayó en desgracia, Camila se arrodilló varias veces frente a su padre para suplicarle que ayudara a la familia Fernández.

El señor Sánchez solo pudo negar con la cabeza.

La familia Sánchez no tenía forma de rescatarlos.

Al final, Camila reunió por su cuenta un millón de dólares y lo entregó para cubrir una gran parte de las deudas de los Fernández.

Pero no bastó.

No podía conseguir más.

Así que lo único que le quedó fue acompañar a Mariana durante mucho tiempo.

Por eso Mariana no le ocultó lo ocurrido la noche anterior.

El semáforo cambió a verde.

Camila aceleró.

—Entonces... ¿con quién te acostaste? ¿Está más guapo que Alejandro?

Mariana giró la cabeza hacia la ventana y sonrió apenas, sin responder.

Alejandro sí era atractivo.

Dentro del círculo de familias poderosas de Monteluz, destacaba bastante.

Pero comparado con Rafael... ni se acercaba.

Camila no insistió.

Siguió mirando al frente mientras conducía, pero después de pensarlo un momento volvió al tema.

—Aunque siendo honestas... lo de Alejandro y Julieta...

Hizo una pausa.

—En estos tres años que estuviste fuera, muchísima gente lo comentaba. Decían que ellos dos siempre fueron muy cercanos desde niños, y que ya estaban juntos antes de que tú te casaras con Alejandro. Y también...

Se quedó callada.

Mariana volteó de inmediato.

—¿Y también qué?

—Eso ya empezó a sonar hace poco... que en realidad la tercera en discordia eras tú.

Mariana estuvo a punto de soltar una carcajada de rabia.

Cuando se casó con Alejandro, jamás supo que él ya mantenía en secreto una relación con Julieta, a quien amaba desde la infancia.

¿Y ahora querían echarle toda la culpa a ella?

Camila continuó:

—Yo no me llevo con ellos y no tenía pruebas, así que nunca te dije nada. Además, Grupo Fernández logró estabilizarse gracias a Alejandro. Ahora él dirige la empresa y tú eres su esposa. Apenas parecía que tu vida se estaba acomodando... Si yo llegaba con rumores sin pruebas, todos habrían pensado que te tenía envidia.

Mariana observó la ciudad pasar detrás de la ventana y empezó a reconstruir la línea del tiempo.

El año en que Alejandro se casó con ella, la familia Fernández acababa de sufrir el golpe más duro de su historia.

Sus bienes estaban congelados.

Los acreedores iban todos los días a tocar la puerta.

Propuesta de matrimonio.

Compromiso.

Registro civil.

Boda.

Todo ocurrió a una velocidad absurda.

Tan rápido que parecía que Alejandro temía que ella se arrepintiera.

O que quien iba a arrepentirse era él.

En aquel momento Mariana creyó que Alejandro la había salvado cuando estaba hundida.

—Entonces... ¿por qué quiso casarse conmigo, cuando yo ya no tenía poder ni respaldo?

No sabía si se lo preguntaba a Camila o a sí misma.

Camila negó con la cabeza.

—No tengo idea.

El carro entró al residencial Valle Luz y se detuvo frente a la reja de la villa.

Camila no bajó enseguida.

Se quedó sentada y lanzó una última pregunta:

—Ese hombre con el que estuviste anoche... no me digas que también está casado.

Mariana se quedó inmóvil un instante.

Camila abrió la puerta y bajó del carro.

—Solo pregunto... no vaya a ser que hicieras una locura por impulso.

Mariana bajó del carro detrás de Camila y abrió la cajuela para sacar la maleta.

Camila se la arrebató de inmediato.

Fue delante de ella, arrastrando la maleta. Las ruedas rechinaron sobre el piso.

Empujó la puerta de entrada y metió el equipaje hasta la sala.

Luego alzó la voz:

—¡Alejandro! Ya te la traje sana y salva.

Alejandro bajó por la escalera.

La mirada le pasó por el rostro a Mariana y luego se posó en Camila.

—¿Te quedas a comer?

Camila hizo un gesto con la mano.

—No, tengo cosas que hacer.

Se dio media vuelta para salir.

Al pasar junto a Mariana, rozó suavemente el dorso de su mano con los dedos.

No dijo nada.

En la sala quedaron solo Alejandro y Mariana.

Mariana caminó hasta la barra y se sirvió una taza de café.

Alejandro jaló un banco redondo, se sentó y la observó con calma.

Mariana bostezó.

—¿Qué me ves? Anoche estaba agotada, así que le pedí a Camila que fuera por mí.

—Bien. ¿Y por qué regresaste antes al país?

El día anterior no había tenido oportunidad de preguntarlo.

—Conseguí trabajo como conductora en Revista Económica de Monteluz. Pasé la entrevista por videollamada y entro la próxima semana. Por eso me adelanté.

Mariana había estudiado conducción y comunicación en la universidad.

Después pasó tres años en Riberasol especializándose en finanzas.

Desde el momento en que recibió pruebas de la infidelidad de Alejandro, entendió que no podía quedarse esperando a que él hablara primero.

Por eso dedicó un mes entero a buscarse un trabajo respetable en Monteluz.

Era su plan de respaldo.

Alejandro se recargó en el respaldo del banco.

La miraba con la misma expresión indiferente de siempre.

—¿Qué programa?

—Frente Económico.

Mariana sonrió.

—Entro el lunes. Voy en vivo a las ocho de la noche, y capaz que después me toque desvelarme trabajando. Mucho más pesado que ser tu esposa.

Inclinó la cabeza al decirlo.

La voz traía un ligero tono de mimo, como si se quejara... o esperara que la consintiera.

Alejandro no cayó.

Siguió frío.

—Tú lo elegiste.

Mariana sonrió y dejó pasar el comentario.

Se acercó, tomó la cafetera y le sirvió una taza.

Alejandro la recibió sin alzar la vista.

—¿Y cómo supiste que estaba en Noche Azul?

—Pensaba llamarle al chofer.

Dejó la cafetera en su lugar.

—Pero vi una historia que subió Hernán a Instagram. Traía ubicación ahí. Entonces, apenas bajé del avión, me fui para allá.

Alejandro sacó el celular y revisó algo con aparente calma.

No dijo nada más.

Mariana arrastró el banco un poco más cerca de él.

Se sentó a su lado, apoyó el codo sobre la barra y sostuvo la barbilla con la mano mientras lo observaba.

En su mente seguían dando vueltas las palabras de Camila.

Tenía pruebas de la infidelidad de Alejandro.

Podía demandar, divorciarse, obtener una gran compensación económica y marcharse con la frente en alto.

Pero ahora parecía que lo ocurrido años atrás no había sido tan simple como ella creyó.

Alejandro notó que seguía mirándolo.

—¿Qué tanto me ves?

Mariana se puso de pie y rodeó el banco hasta quedar detrás de él.

Alejandro sintió que ella se inclinaba.

Algo suave se apoyó contra su espalda.

Antes de que reaccionara, sintió calor en la mejilla.

Ella acababa de besarlo.

—Tenía mucho sin verte. Te extrañé.

Aún rodeándolo por detrás, añadió:

—¿Y tu abuelo? ¿Sigue bien? Mañana iré a visitarlo.

Don Rubén siempre había querido a Mariana como si fuera su propia nieta.

Alejandro bajó la mirada y dio un sorbo al café.

Frunció el ceño.

Tomó otro.

Luego dijo:

—Mis padres se llevaron al abuelo de vacaciones a Altarreal. Ya que regresaste, vendrás conmigo al aniversario de Grupo García. Ellos también estarán ahí.

Mariana lo soltó.

—Perfecto. Entonces subiré a cambiarme.

Al prepararle el café, le había puesto azúcar de más a propósito.

Alejandro detestaba el café dulce.

Mariana curvó apenas los labios.

Pero en cuanto subió las escaleras, la sonrisa desapareció.

Entró al baño, tomó una toalla de papel y, frente al espejo, se frotó con fuerza los labios que acababan de tocar a Alejandro.

Se quedó inmóvil mirando su reflejo.

Tres años atrás, cuando Alejandro se casó con ella, había dicho: “He querido a Mariana desde hace mucho tiempo.”

Y ahora, al pensarlo...

¿De verdad la quiso?

¿O lo obligaron a quererla?
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