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Capítulo 3

Autor: Liliana Pérez Quiroz
Pero yo siempre la había rechazado por quedarme al lado de Esther y perseguir el sueño que compartíamos por aquel entonces.

Al otro lado de la línea, la persona de Recursos Humanos no dejaba de hablarme de los beneficios y el sueldo que ofrecían, y de lo mucho que valoraban a alguien con mi talento.

Al ver el registro de la llamada, que ya superaba la hora, apreté con más fuerza el celular en la mano.

En aquel entonces, por Esther, renuncié a un puesto directivo que prácticamente ya tenía al alcance de la mano y empecé desde cero junto a ella.

Todos estos años me la pasé dejándome la vida en la empresa, hasta dejar ahí la salud. Vivía en tensión todo el tiempo, agotado tanto física como mentalmente.

Y justo cuando por fin Esther y yo habíamos pasado de no tener nada a tenerlo todo, ella ya estaba enamorada de otro.

De ahora en adelante, solo quería vivir para mí.

Lo pensé un momento y luego también le envié un mensaje al socio del proyecto para informarle que la persona al frente del proyecto había cambiado. Él había invertido en ese proyecto porque confiaba en mí. Incluso había ayudado a la empresa a conseguir el financiamiento.

Ahora que yo me iba, lo natural era que lo supiera.

Después de enviar el mensaje, compré un boleto de avión para la mañana siguiente y empecé a hacer la maleta.

Del fondo del clóset saqué un abrigo y, sin darme cuenta, también salió el álbum de fotos que estaba aplastado debajo. Al abrirlo, lo primero que vi fue una foto mía con Esther.

Era una foto de hacía ocho años, cuando apenas empezábamos a salir. En ese entonces todavía se nos notaba lo jóvenes que éramos, e incluso nos daba pena posar juntos, hombro con hombro.

Tomé el álbum y empecé a pasar las páginas una por una.

Ahora que lo pensaba, todas esas fotos había querido tomarlas Esther. Decía que había que dejar constancia de nuestra vida, de todas las dificultades que atravesábamos, para compensarme algún día por todo eso.

Esther y yo pasamos por muchas dificultades juntos.

Nos apretujábamos en un cuarto alquilado diminuto para ver películas pirata.

También recuerdo un Año Nuevo en el que, por un simple trozo de carne, los dos insistíamos en cedérselo al otro.

Aun así, para mí, incluso esos días de carencias eran felicidad.

También eran la fuerza que me impulsaba a seguir luchando.

Poco a poco, la ropa que llevábamos en las fotos se fue volviendo cada vez más elegante, y los escenarios cada vez más lujosos. Pero las fotos se fueron espaciando cada vez más.

Pasaron de una cada pocos días a una por mes, y luego a una por año.

Hasta que, después de que apareció Joel, ya no hubo ni una sola foto nueva.

La relación entre Esther y yo se fue reduciendo poco a poco hasta quedar limitada al trabajo: entregas, pendientes y coordinaciones de trabajo.

No sabía desde cuándo Esther había dejado de preocuparse por si me saltaba comidas, si acababa con el estómago destrozado por las cenas de negocios o si me lastimaba por pasarme haciendo experimentos.

En cambio, con Joel sí se desvivía.

Era capaz de cancelar compromisos solo para acompañar a Joel a comer, aunque apenas tenía una leve molestia estomacal. Como si le debiera algo, lo consentía hasta malcriarlo sin medida.

Yo también me sentí herido y alguna vez le pregunté por qué.

Ella solo me miró con frialdad y dijo que los dos habíamos salido adelante a punta de sufrimiento, y que no esperaba que, a mi edad, yo siguiera siendo tan sensible, incluso más inmaduro que Joel.

Decía que admiraba la inocencia y la bondad de Joel, y que no quería que él sufriera como sufrimos nosotros.

Cuando salí de mis pensamientos y miré ese álbum que alguna vez guardó todo mi amor por Esther, de pronto sentí que estaba completamente vacío.

Sin dudarlo, lo tiré a la basura.

Seguí doblando la ropa, pero entonces sonó de repente el celular que llevaba en el bolsillo del pantalón.

Era el gerente del restaurante.

—Señor Carpinteyro, su mesa lleva apartada media hora. Si no llega en los próximos diez minutos, tendremos que cederla a otros clientes.

Hoy, después del anuncio oficial, pensaba celebrarlo con ella en una cena a la luz de las velas. Incluso había reservado mesa en el mejor restaurante de toda la ciudad.

Pero al final, ella me volvió a fallar.

Respondí con calma:

—Ya no voy a ir. Denle la mesa a alguien más.

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