En la sala de juntas, cuando vieron que le entregaba mi credencial a Joel, todos se quedaron boquiabiertos.Después de todo, durante todos esos años me había partido el alma por ese proyecto, hasta olvidarme de comer y dormir; más de una vez incluso terminé desplomándome por un bajón de azúcar, agotado hasta el límite.Pero en cuanto uno de mis compañeros empezó a aplaudir y a animar a los demás, el ambiente en la sala se encendió por completo. Todos decían que yo sí sabía ser desprendido, que no por nada era un veterano que llevaba tantos años al lado de la jefa.La única que no reaccionó así fue Esther, que seguía de pie al frente, con una expresión sombría e indescifrable. Apretó los labios y me clavó la mirada.Al verla tan incómoda, no pude evitar reírme.Esther siempre había detestado los romances de oficina. Llevábamos siete años casados en secreto y, durante todo ese tiempo, por más que insistí una y otra vez, ella nunca quiso hacerlo público.Por fin, aprovechando esta ocasión
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