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Capítulo 4

Author: Liliana Pérez Quiroz
Apenas colgué, Esther me mandó un mensaje:

"Esta noche tengo una cena de trabajo, no voy a poder cenar contigo."

Era una frase breve, pero aun así me resultó extraña.

Antes, Esther ni siquiera se tomaba la molestia de avisarme. Simplemente me dejaba plantado.

Pero muy pronto entendí por qué.

Hacía apenas un momento, Joel acababa de hacer una publicación.

En la foto, Esther tenía la cabeza inclinada y una expresión concentrada mientras le cortaba el bistec. Por el fondo, reconocí enseguida el restaurante que yo había reservado.

El texto decía: "La presidenta no solo es hermosa, también es un amor. Hasta el bistec que me cortó sabe mejor."

Vaya coincidencia.

Así que los otros clientes de los que habló el gerente eran precisamente ellos dos.

No le pregunté a Esther por qué me había mentido, diciéndome que estaba en una cena de trabajo. Tampoco me sentí triste en lo más mínimo.

Ahora mi corazón estaba en calma, como agua quieta. Lo único que quería era dormir bien.

Después de asearme, me quedé profundamente dormido.

Fue la primera vez en años que dormí tranquilo.

Pero en mitad de la noche, la luz de la habitación se encendió de golpe y me despertó.

Parpadeé un par de veces. Cuando por fin mis ojos se acostumbraron a la luz, me di cuenta de que Esther estaba de pie junto a mi cama.

Abrió los ojos de par en par, incrédula, y soltó:

—¿De verdad te quedaste dormido?

***

Seguía atontado del sueño. Miré la pantalla del celular: ya eran las tres de la madrugada.

¿Y a esa hora Esther no se había quedado a dormir fuera?

Antes, cada vez que a Joel le dolía el estómago, Esther se quedaba a cuidarlo toda la noche, por miedo a que se pusiera peor.

Y ahora volvía de muy mal humor. Con el rostro ensombrecido, me reclamó:

—Llegué tan tarde y ni siquiera me escribiste para ver cómo estaba, ni me esperaste despierto. ¿No te parece que te pasaste?

Por dentro, puse los ojos en blanco.

Antes, cuando me preocupaba por su seguridad y la llamaba, ella decía que yo quería controlarla, que no confiaba en ella.

Si me quedaba despierto hasta la madrugada esperándola, le preparaba algo de comida, le daba un masaje o hasta le lavaba los pies, entonces decía que yo tenía demasiado tiempo libre y que iba a echarme más trabajo encima.

Y ahora que había dejado de desvivirme por atenderla, tampoco estaba contenta.

Le respondí con un simple:

—Ajá.

Con eso, para mí, la conversación estaba terminada. Ya iba a apagar la luz y seguir durmiendo.

Entonces Esther me dio un pequeño empujón y se dejó caer sobre mí, toda blanda, como si no tuviera huesos.

—Hoy estoy agotada. ¿No me vas a dar un masaje?

Me llegó de golpe el olor del perfume masculino que usaba Joel.

Me revolvió el estómago.

Antes, ni siquiera hacía falta que Esther me lo pidiera. Yo me desvivía por atenderla hasta verla dormirse. Ahora solo me parecía una molestia.

Me la quité de encima de un empujón.

Aún medio dormido, me salió un tono más seco de lo normal:

—Tengo mucho sueño. Arréglatelas tú sola.

Esther se quedó mirándome, atónita, como si todavía no pudiera reaccionar a que yo la hubiera apartado.

Después de un largo rato, apretó con tanta fuerza la cadena de su bolso que los nudillos se le pusieron blancos y dijo entre dientes:

—¿Solo porque no cené contigo una vez te pones así? De verdad te pasaste. ¿Crees que yo quería volver a casa?

Tras decir eso, salió furiosa y dio un portazo tan fuerte que la puerta tembló.

Escuché claramente cómo agarraba las llaves y volvía a salir.

Si hubiera sido antes, seguro habría corrido detrás de ella para detenerla y rogarle que no se fuera.

Pero ahora, simplemente apagué la luz y seguí durmiendo.

A la mañana siguiente me desperté solo, lleno de energía.

Pensaba preparar el desayuno, pero descubrí, para mi sorpresa, que Esther seguía en casa.

Antes, si yo no daba el primer paso para calmarla, ella era capaz de mantenerme la ley del hielo hasta el final e irse temprano a la oficina sin esperarme.

Estaba sentada erguida en el sofá de la sala. Sobre sus piernas descansaba una caja de regalo elegante, y terminaba de acomodar el moño con las yemas de los dedos.

Debió oírme moverme, porque giró la cabeza hacia mí.

Esther dio un paso hacia mí, me tomó de la muñeca, sacó un reloj de la caja y me lo abrochó.

El metal helado me hizo estremecer.
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