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Cuando Me Fui, Ella Cayó del Trono
Cuando Me Fui, Ella Cayó del Trono
Author: Liliana Pérez Quiroz

Capítulo 1

Author: Liliana Pérez Quiroz
En la sala de juntas, cuando vieron que le entregaba mi credencial a Joel, todos se quedaron boquiabiertos.

Después de todo, durante todos esos años me había partido el alma por ese proyecto, hasta olvidarme de comer y dormir; más de una vez incluso terminé desplomándome por un bajón de azúcar, agotado hasta el límite.

Pero en cuanto uno de mis compañeros empezó a aplaudir y a animar a los demás, el ambiente en la sala se encendió por completo. Todos decían que yo sí sabía ser desprendido, que no por nada era un veterano que llevaba tantos años al lado de la jefa.

La única que no reaccionó así fue Esther, que seguía de pie al frente, con una expresión sombría e indescifrable. Apretó los labios y me clavó la mirada.

Al verla tan incómoda, no pude evitar reírme.

Esther siempre había detestado los romances de oficina. Llevábamos siete años casados en secreto y, durante todo ese tiempo, por más que insistí una y otra vez, ella nunca quiso hacerlo público.

Por fin, aprovechando esta ocasión, yo había creído que cedería.

Lo que no imaginé fue que, al final, Joel me la arrebataría tan fácilmente.

Ahora, ya me daba igual si quería hacerlo oficial o no.

—Si no hay nada más, me voy. Que se diviertan.

Sin esperar respuesta de Esther, salí directamente de la sala de juntas.

El financiamiento de esta vez había sido posible porque el proyecto en el que trabajaba avanzaba a muy buen ritmo y mostraba un enorme potencial, lo que atrajo inversión adicional de los socios.

La patente clave de ese proyecto era mía, y también habíamos llegado hasta donde estábamos porque yo me la pasaba corriendo de un lado a otro por la empresa, dejándome la piel.

Ahora que ella me había decepcionado de esa manera, ya no iba a seguir siendo tan tonto como para ayudarla.

Cuando vine a darme cuenta, el ascensor ya me había llevado hasta el estacionamiento subterráneo.

Me subí al auto y vi que, en el asiento del copiloto, descansaba un ramo de noventa y nueve rosas rojas.

Hoy Esther iba a hacer oficial lo nuestro.

Yo estaba tan feliz que había comprado rosas y hasta reservado una cena a la luz de las velas.

Después de esperar tanto, lo único que me tocó ver fue a Esther favoreciendo a Joel sin el menor disimulo.

La mirada se me heló y, justo cuando estaba por arrancar, la silueta de Joel apareció de repente frente al auto, iluminada por los faros.

Con los ojos cargados de soberbia, jugueteó con la credencial entre los dedos y espetó:

—Hoy Esther sí pensaba oficializar lo de ustedes, pero yo solo tuve que decir una frase para hacerla cambiar de idea. Dijo que, cuando lleve un tiempo aprendiendo en tu proyecto, me va a ascender y hasta me va a subir el sueldo. Escuché que tú llevas tres o cuatro años sin ascenso. No me digas que te vas a poner así por eso.

Levantó las cejas, y en ese rostro pálido y afilado no había más que malicia.

Verlo con esa cara de mezquino hasta me causó gracia.

Antes, sus provocaciones a escondidas sí lograban sacarme de quicio, y Esther terminaba creyendo que yo lo tenía entre ceja y ceja. Por eso discutíamos sin parar.

Pero ahora, ni siquiera me molesté en responderle.

Y, tal como esperaba, enseguida escuché el taconeo acercándose.

Joel cambió de expresión al instante. Con la credencial aún en la mano, se aferró a la ventanilla de mi auto y dijo con urgencia:

—Felipe, no te enojes. Que Esther me haya puesto a trabajar contigo no significa que me esté favoreciendo por algo personal. Fui yo quien pidió aprender de ti. Si estás inconforme, entonces no entraré al proyecto. Un puesto tan importante, claro que solo alguien con tu experiencia puede ocuparlo.
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