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41. Volver a verte.

Author: Nocturnal
last update publish date: 2022-07-28 13:18:28

Los vi irse unas horas antes, tanto mi padre como Antonio actuaban más temerosos de lo usual, desde que empezó su investigación secreta parecían esperar un suceso terrible. Ambos se volvieron casi paranoicos y no me dejaban enterarme de nada. “Es por tu seguridad” decían, seguros de estar lidiando con un enemigo despiadado y poderoso. Yo nunca tuve el valor para responderles que solo por ser hija de uno y prometida del otro sus investigaciones también me ponían en peligro. Hacían lo correcto, lo que nadie más se había atrevido a hacer y no deseaba detenerlos. La inacción de muchas buenas personas resultó en la terrible, y verdadera, reputación del señor Daleman. Nunca supe si esa noche planeaban confrontarlo al fin o si la reunión fue idea del empresario y acudieron con la intención de terminar aquellos terribles meses de incertidumbre.

- ¿Adri? -decía ahora una voz que conocía a la perfección y que nunca esperaba volver a escuchar. Sonaba rasposa por la falta de uso, pero definitivamente se trataba de Antonio. - ¿E… res tú?

- Sí, soy yo. Por dios, ¿cuánto tiempo llevas aquí?

- Dijeron que nadie… me buscaba… Que nadie se molestó... nadie...

Christian evitaba mirarlo, mientras que yo no lograba apartar la mirada, porque a pesar del cabello largo y enmarañado, y la barba demasiado crecida, se trataba de ese amor al que tanto trabajo me costó dejar ir. Eran esos ojos cafés con destellos casi del color de la miel los que por años creí que nunca volvería a ver.

Me arrodillé a su lado, de cerca podía ver lo delgado y pálido que lucía. ¿En verdad era posible? ¿Estuvo ahí los últimos años? Entre más lo pensaba más sentido tenía. Porque aquella noche su rostro quedó tan deformado por los golpes que fue imposible identificarlo, quizás en algún momento lo cambiaron por otra persona… ¿Cómo no me di cuenta? Era su prometida, debí notar algo…

- ¿Estás bien? -preguntó Christian. Miré abajo, mis manos temblaban y me estremecían involuntarios sollozos.

- ¿Podemos hablar después? Tenemos que salir de aquí. Antonio, ¿puedes levantarte? -este negó con la cabeza, miraba a Christian como si no lograra ubicar dónde lo había visto antes. -bueno, tendremos que ayudarte.

Entre los dos lo sostuvimos por los brazos y así logramos llevarlo por el pasillo. En las escaleras tuvimos mucho cuidado, nunca había visto a Antonio lucir tan frágil, podía sentir sus costillas si recargaba mi mano en su costado. Sentía su respiración y aun así me costaba aceptar que estaba vivo. Antonio… el amor de mi vida.

La noche que murió una parte de mí desapareció con él. Aun cuando llegamos a la puerta sin ser interrumpidos no lograba creer que estaba despierta. De seguro era un sueño, en cualquier momento despertaría y seguiría sentada en el sótano junto a Christian mientras alguien nos amenazaba desde la puerta. La luz del sol me hizo entrecerrar los ojos cuando salimos de la casa. De camino a la calle noté que no había muestras de que alguien hubiera estado ahí. “Son buenos” pensé, esa minuciosidad, necesaria para no dejar rastro, me resultaba aterradora.

- ¿A dónde vamos? ¿Quieres que vayamos a la cabaña? -ofreció Christian. Mientras intentaba detener un taxi, que mágicamente no aparecían en la calle a menos que estuvieran llenos. -No quiero llamar a mi chofer, él ya tiene suficientes problemas por mi culpa y si saben a dónde vamos…

- Lo mas probable es que nos estén vigilando de todas formas. -respondí. Antonio se recargó mas hacia mi lado, haciendo que casi tropezara. -Vamos a la cabaña de tu tío, al menos así estaremos en un lugar tranquilo.

- Bien, pero primero necesitamos ir a mi casa, ellos me quitaron mi cartera y mi teléfono…

- Okay, entonces vamos.

Cinco minutos después logramos detener un taxi, el conductor nos miró raro cuando subimos a Antonio.

- Se pasó de copas anoche. -explicó Christian con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas.

Una vez enfrente de su edificio bajó apresuradamente, indicándole al taxista que esperara cinco minutos. Antonio dormitaba contra mi hombro, moviéndose sobresaltado ante cada ruido fuerte. Me preguntaba qué le había pasado en esos años, ¿estaría bien? Christian parecía igual de sorprendido que yo al verlo, ¿de verdad no sabía nada? A la luz del día Antonio se veía peor, si, eso era posible, su cabello comenzaba a mostrar un par de canas y estaba enredado, grasoso y largo. Su apuesto rostro estaba hinchado en algunas partes y podía notar ambos ojos enrojecidos y rodeados por oscuros moretones. ¿No podían simplemente dejarlo en paz?

- Adri… ¿quién es él? -susurró muy bajo, asegurándose de que nadie más escuchara.

- Es Christian Daleman, quizás lo conoces como Aliado Anónimo.

- ¿Un Daleman es Aliado Anónimo?

- Así es. Él me ayudó mucho.

- Tu padre… él… ¿sobrevivió?

- No, mi padre falleció esa noche y todos creímos que también tú habías muerto. -Le dije, temiendo su rechazo. -Yo… lo creía también. Perdóname, debí buscarte antes…

- ¿Tenías forma de saberlo?

- No.

- Entonces no hay nada que disculpar. -Esbozó una triste sonrisa.

Sus palabras no lograron tranquilizarme. ¿Cuánto tiempo pasó en ese horrible y oscuro sótano preguntándose si los demás lo habíamos olvidado? Si tan solo lo hubiera sospechado antes… lo habría buscado hasta los mismos confines del mundo. En vez de perder el tiempo siguiendo rastros falsos hacia Daleman, lo habría recuperado a él. Instintivamente llevé mi mano a la cadenita alrededor de mi cuello, el familiar peso del anillo de compromiso se sentía insoportable.

- Adri… quiero dormir…

- Aguanta un poco, pronto estaremos en la cabaña.

Sabía que no era poco tiempo, una vez regresó Christian se sentó en el asiento de copiloto para darle las indicaciones al taxista. Su calma me sorprendía, al mismo tiempo sabía que se trataba solo de una máscara de tranquilidad, porque a Christian no le gustaba que nadie lo viera siendo vulnerable. La única vez que lo vi de verdad bajar la guardia fue aquella noche tan distante cuando se emborrachó y me confesó todas sus inseguridades y deseos.

- ¿Está bien? -inquirió Christian asomándose hacia el asiento trasero. - Si no hay tráfico llegaremos en menos de una hora.

- Estará bien. -respondí, ya que de momento Antonio volvía a dormitar, su rostro oculto contra mi hombro. Encajaba a la perfección contra mi cuerpo. - ¿Pudiste comunicarte con Ricardo?

- Sí, va a dejar la cabaña lista para nosotros. Después va a salir del país por un tiempo.

- Es lo mejor, su seguridad es primero. Me gustaría poder contactar a las demás personas en la lista.

- Él quería quedarse, pero lo convencí de que se fuera.

- Oigan, ¿están metidos en algo ilegal? -preguntó el taxista poniéndose blanco cual fantasma. - Porque soy demasiado bonito para ir a prisión y si me disparan por su culpa voy a cobrarles doble.

- No se preocupe, no hay nada ilegal por aquí. -replicó Christian. -Solo un compadre que se meterá en muchos problemas si su familia llega a saber que otra vez se fue de fiesta.

- Ah, de acuerdo, joven. Mire, yo no quiero problemas. Los llevo, pero eso de los pleitos de familia me da mala espina.

Los dos sonreímos, el pobre desconocido no tenía la menor idea de quiénes éramos, o de qué clase de problema nos aquejaba. ¡Si tan solo todo fuera tan sencillo como un peito de familia!

Tal y como se previó en menos de una hora estábamos ante la cabaña, el taxi se alejaba ahora vacío y Ricardo nos esperaba con la puerta abierta. Estabamos lejos del peligro y de regreso a un lugar seguro para descansar y sanar. Después de el tiempo en el sótano

- Pueden llevarlo a la sala, necesitará un cambio de ropa, dejé algo en el sillón, aunque no sé si le quede. Señor Antonio, lamento mucho todo el mal que mi hermano le ocasionó.

- ¿Otro Daleman? -preguntó Antonio, demasiado cansado para comprender bien cuanto pasaba a su alrededor.

- Tío, será mejor que ya te vayas. No es seguro estar aquí. -le dijo Christian.- Si algo te pasara no podría perdonármelo nunca.

Los dos hombres llevaron cargado a Antonio al interior, sus piernas ya no lograban mantenerlo en pie y de ninguna manera podía quedarse afuera. Yo comencé a revisar que todas las ventanas estuvieran cerradas por dentro y a cerrar las cortinas. Si nuestros secuestradores nos encontraban al menos no estaríamos sentados esperando. Entonces recordé mi pistola. ¿Dónde la había dejado? En algún punto del camino hacia el sótano dejé de sentir su peso, cualquier reacción lo habría delatado y decidí no pensar al respecto mientras estabamos encerrados en la oscuridad, temerosos por el futuro. ¿Y si estaba en la casa del señor Daleman? “No puedes hacer nada ahora, Antonio te necesita” pensé.

- Bueno, chicos. Espero que todo salga bien. Regresaré pronto. No quiero que piensen que estoy huyendo…

- Su seguridad es lo más importante. -Le aseguré, no deseaba verlo sufrir un destino igual al del detective Olmos. -Lo contactaremos cuando hayamos lidiado con esta amenaza.

- De acuerdo… Christian, ¿puedes acompañarme por un momento?

Asumí que deseaba despedirse de su sobrino en privado. Los dos salieron, yo permanecí en la oscura sala, viendo a Antonio, él seguía sentado en el suelo donde lo dejaron, con su espalda recargada contra el sillón, el rostro oculto entre las rodillas y cubierto por ambas manos. Me senté a su lado y con dedos cuidadosos aparté el cabello de su frente.

- ¿Seguiste adelante? -preguntó de repente. -no debió ser… sencillo para ti. ¿Hay alguien más en tu vida?

- No. -mentí.

Levanté la mirada, Christian me veía desde la puerta, los ojos al instante se le llenaron de lágrimas. Y así, en tan solo un segundo hice aquello que tanto había temido hacer. Con una simple palabra le rompí el corazón en mil pedazos. Se dió la vuelta y volvió a salir.

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