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CAPÍTULO 30

Author: _QueenEsther
last update publish date: 2026-10-14 22:12:11

Clara

—Partimos hacia los muelles de inmediato —dijo Silas. Apretó mi mano con fuerza antes de girarse hacia donde su sargento esperaba—. Informe al capitán que prepare las calderas de vapor. Zarpamos dentro de una hora.

Descendimos la escalera, dejando atrás un salón de asamblea que aún se sacudía en un caos de gritos. Silas me condujo hacia la plaza resbaladiza de lluvia, en dirección al auto que esperaba.

Cuando alcanzamos la base de los peldaños de piedra, una voz ligera y musical cortó el
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    ~Clara~Desperté lentamente de mi dulce sueño; ya era de tarde. Por primera vez desde mi renacimiento, dormí en paz y libre de pesadillas.Al principio no me moví; permanecí allí escuchando su respiración.Su enorme brazo estaba tendido con soltura a través de mi cintura, con un peso protector que me anclaba a la cama. Su cabello oscuro estaba revuelto contra la almohada, cayendo suelto sobre la frente y suavizando los ángulos afilados de su rostro. Parecía en paz.Con cuidado de no perturbarlo, me moví ligeramente, incorporándome sobre un codo.Mi movimiento fue sutil, pero en el instante en que me desplacé, las largas pestañas de Silas se abrieron con un aleteo. Sus llamativos ojos ámbar se enfocaron en mí al instante.Su vigilancia se disolvió en un segundo, reemplazada por un calor reservado únicamente para mí.—Buenas tardes, mi señora —raspó con suavidad, su voz profunda y deliciosamente áspera por el sueño.Una sonrisa sobrecogedora rozó sus labios mientras alzaba la mano para

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    Clara—Partimos hacia los muelles de inmediato —dijo Silas. Apretó mi mano con fuerza antes de girarse hacia donde su sargento esperaba—. Informe al capitán que prepare las calderas de vapor. Zarpamos dentro de una hora.Descendimos la escalera, dejando atrás un salón de asamblea que aún se sacudía en un caos de gritos. Silas me condujo hacia la plaza resbaladiza de lluvia, en dirección al auto que esperaba.Cuando alcanzamos la base de los peldaños de piedra, una voz ligera y musical cortó el húmedo aire de la mañana.—¿Silas?Una joven impactante, vestida con un exquisito abrigo de lana zafiro y pieles de zorro plateado, se detuvo cerca de la fuente de la plaza; sus baúles de cuero estaban siendo cargados en un auto privado cercano. Sus brillantes ojos azules se abrieron de golpe, con un shock deleitado y súbito, al reconocer al Duque; una sonrisa radiante y familiar iluminó su rostro.—¡Silas! ¡Realmente eres tú! —jadeó, avanzando con entusiasmo sobre los adoquines húmedos—.¡Acabo

  • De vuelta para que te paguen   CAPÍTULO 29

    ~Clara~La mano de Silas se cerró con más fuerza sobre la mía; sus ojos ámbar ardían de calor antes de que por fin soltara un lento aliento.—Haré que mis guardias de perímetro retiren los cuerpos.Silbó con agudeza hacia la ventana destrozada. En cuestión de segundos, cuatro soldados Blackwood saltaron por el alféizar del balcón; sus pesadas armaduras de obsidiana tintinearon contra las tablas del suelo al saludar al Duque.—Límpienlo —ordenó Silas, su tono cambiando al instante al del Duque de Hierro—. Registren sus vestimentas en busca de cualquier sello oficial de la Dirección, criptogramas privados o monederos.—¡Al instante, Su Gracia! —respondió el sargento, dirigiendo de inmediato a sus hombres para que arrastraran a los tres asesinos caídos hacia el corredor.Mary y dos jóvenes lacayos entraron en la habitación poco después, con los ojos muy abiertos y pálidos, cargando cubos de agua caliente, lejía y ropa limpia. Aunque temblaban por el eco residual de los disparos, se movie

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    ~Clara~Llegamos frente a Mercer Manor justo cuando el sol del mediodía logró perforar la niebla marina que aún persistía.Silas bajó primero y me ofreció su mano enguantada para ayudarme a descender al camino de entrada.—Debo regresar a la guarnición Blackwood del distrito superior para tramitar las escrituras de transferencia de las minas de hierro de los Vance —dijo Silas, acercándose. Sus llamativos ojos ámbar se suavizaron al mirarme desde arriba; sus dedos enguantados se demoraron con suavidad sobre los míos antes de soltarme—.Mis hombres mantendrán un perímetro alrededor de los terrenos de la mansión y de la casa del portero inferior, Clara.—Sabes que no tienes que hacerlo —murmuré, y una leve y genuina sonrisa rozó mis labios—. Gracias, duque Silas.Él inclinó ligeramente la cabeza; un oscuro y brillante destello de satisfacción cruzó sus ojos antes de girarse y volver a subir al auto.Sus jinetes formaron alrededor del vehículo mientras este rugía por el camino de grava ha

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    ~Clara~La tempestad que había azotado Valenria durante toda la noche se retiró lentamente al amanecer, dejando tras de sí una escarcha cortante que convirtió los adoquines húmedos de la ciudad en láminas de cristal negro.Dentro de Mercer Manor, el silencio de la madrugada solo se veía interrumpido por el tictac del gran reloj de caoba del vestíbulo y el suave roce de pesados pergaminos.No había dormido. Mientras Victoria y Evelyn se desgarraban mutuamente en la casa del portero inferior, Silas y yo habíamos pasado las horas restantes antes del alba planificando, calculando el balance y las cartas comerciales que anclaban la red de corrupción del senador Malakar, antes de que él regresara a casa a asearse y cambiarse.A las ocho de la mañana, el auto blindado negro llegó a través de las rejas de hierro de la finca. El vehículo iba flanqueado por una doble columna de jinetes Blackwood de Silas, montados en elegantes motocicletas blindadas.Sentado frente a mí en los mullidos asientos

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    ~Clara~El vendaval marino aullaba a través de las vigas de roble podridas de la casa del portero inferior, empujando agujas de rocío helado a través de las grietas de las paredes.Situada en el afloramiento más bajo y desolado de los acantilados Mercer, la antigua cabaña del guarda llevaba abandonada más de una década, azotada por la sal del Atlántico y ahogada por zarzas marinas.El aire oceánico había oxidado hacía mucho tiempo sus herrajes de hierro hasta convertirlos en frágiles escamas anaranjadas, y las tablas del suelo estaban hinchadas, húmedas y resbaladizas con una sucia película de podredumbre.Allí abajo, aislada de la gran finca de arriba, los hogares cálidos y las lámparas doradas de Mercer Manor no eran más que un cruel recuerdo que se burlaba de la oscuridad.Dentro de la estrecha y ventosa habitación principal, una sola vela de sebo parpadeaba sobre una mesa de pino manchada de agua, nadando en un espeso charco de su propia grasa derretida.Victoria Sterling permanec

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