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Capítulo 8: Tinta y veneno

last update publish date: 2026-10-27 21:00:48

El silencio en el taller de la calle 38 era asfixiante, un vacío denso que parecía presionar contra los tímpanos de Lucas Montalvo. Estaba de pie frente a la mesa principal de corte, con los dedos aferrados al borde de madera pulida, mirando fijamente la pequeña nota que don Anselmo había dejado clavada con un alfiler.Tres años de talento, señor Lucas, y nunca aprendió a siquiera a verlo.

Un temblor de rabia recorrió sus dedos. Con un movimiento brusco, arrancó el papel, lo arrugó hasta convertirlo en una bola compacta y lo lanzó con fuerza contra la pared opuesta. —Estúpidos viejos sentimentales —masculló para nadie en particular, su voz rebotando en las paredes vacías.

Caminó por el espacio desolado sintiendo una mezcla de incredulidad y orgullo herido. No quedaba ni un solo boceto en los archivadores. Ni un solo retazo de las sedas exclusivas que él mismo se habías encargado de importar desde Italia.Ariadna se lo había llevado absolutamente todo, como si su paso por allí hubiera sido el fantasma silencioso que barrió hasta la última partícula de su creatividad.

Lucas se acercó lentamente a la silla donde ella pasaba horas enteras trabajando. Sobre la mesa había quedado un cuaderno de notas en blanco, con la cubierta de cuero negro, y un lápiz de grafito solitario. Movido por una mezcla de orgullo irracional y una urgente necesidad de demostrarse a sí mismo que no la necesitaba, tomó el lápiz.«No puede ser tan difícil», pensó con soberbia. «Es solo dibujar, trazar líneas, dar forma a un capricho de la tela. Yo soy el director creativo de Maison Montalvo».

Apretó el lápiz con fuerza contra el papel virgen. Trazó una línea vertical para marcar el torso de un maniquí imaginario.Luego intentó replicar el escote asimétrico y la caída fluida que había caracterizado al famoso vestido azul de la última gala, el mismo que había maravillado a la crítica y a los inversores. Pero la mano le temblaba ligeramente por la tensión.El trazo salió torpe, desproporcionado, asemejándose más al garabato sin sentido de un niño que al diseño de alta costura que él creía dominar con los ojos cerrados.

Frunció el ceño, exasperado. Borró con tanta fuerza que el papel crujió y terminó por romperse. Arrojó el lápiz al otro lado de la habitación, sintiendo cómo el aire le faltaba por un segundo. El pánico, frío y silencioso, amenazaba con trepar por su garganta, pero su ego lo aplastó de inmediato.

—Ariadna cree que me tiene acorralado —susurró para sí mismo, apretando los dientes con fuerza frente al espejo de pared del taller—. Quiere hacerse la indispensable. Quiere que vaya a suplicarle de rodillas. Pues se va a quedar esperando.

Sacó su teléfono móvil con los dedos rígidos y marcó directamente a la central de su banco personal. —Soy Lucas Montalvo —ordenó con voz gélida, tratando de proyectar una seguridad que en ese momento no sentía—. Necesito que cancelen de inmediato todas las tarjetas de crédito adicionales vinculadas a mi cuenta principal y que bloqueen de forma cautelar las cuentas conjuntas. ¿Mis órdenes? Sí. Todas. Ahora mismo.

Colgó sin esperar la confirmación de la operadora. Su plan era infalible ante sus propios ojos: iba a asfixiarla financieramente. Sin el dinero de los Montalvo, sin las tarjetas para pagar el alquiler de un capricho absurdo y sin lujos, la realidad la golpearía en cuestión de días. Cuando tuviera hambre y frío en ese apartamento heredado, volvería arrastrándose a la Quinta Avenida pidiendo perdón.

Esa misma noche, en el comedor de la mansión, el ambiente se podía cortar con el filo de un cuchillo. La araña de cristal proyectaba luces tenues sobre la larga mesa de caoba. Eugenia cortaba su filete con movimientos metódicos y silenciosos,ajena al caos que se cernía sobre el imperio familiar. A su lado, Regina lucía un vestido de seda en tono rosa palo que acentuaba deliberadamente su falsa fragilidad, observando a Lucas con unos ojos grandes, llenos de una falsa y calculada comprensión.

—Ya lo hice —anunció Lucas de repente, rompiendo el silencio mientras se servía otra copa de vino tinto y se la bebía de un solo trago—. Ariadna ya no tiene acceso a un solo centavo de mi dinero. Le he cortado las tarjetas y bloqueado las cuentas. El minúsculo estudio que heredó de su madre se cae a pedazos y no tiene capacidad para producir nada competitivo. En menos de dos semanas, el peso de la realidad y la falta de comodidades la harán entrar en razón.

Eugenia ni siquiera levantó la vista del plato, masticando con elegancia antes de responder con su característico tono cortante. —Esa pequeña táctica de tirano doméstico no nos va a salvar de la auditoría de Valcárcel, Lucas. Necesitamos presentar la colección de otoño en tres semanas. Y los informes de producción me dicen que el taller sigue completamente desierto y sin dirección.

—¡Contrataré a personal nuevo mañana mismo! —respondió él a la defensiva, golpeando levemente el borde de la copa contra la madera—. Pagaré el doble, el triple si es necesario a las agencias de empleo. No permitiré que un berrinche de mi todavía esposa ponga en riesgo el legado de mi abuelo.

En ese preciso instante, Regina deslizó su mano con extrema suavidad sobre el antebrazo de Lucas, deteniendo su frustración con un tacto deliberado. —Pobre mi amor... estás cargando con todo el peso del mundo sobre tus espaldas tú solito —murmuró ella con una voz dulce, casi un susurro meloso que buscaba ablandar su corazón—. Es increíble lo egoísta que puede llegar a ser Ariadna al abandonarte de esta manera tan cruel, solo por pura maldad y envidia.

Lucas suspiró profundamente, cerrando los ojos por un instante. El contacto cálido de Regina y sus palabras llenas de falsa devoción eran el único bálsamo que encontraba para calmar su maltrecho orgullo de hombre engañado y director inexperto. —El problema real no son las costureras, Regina. Es saber dirigirlas con criterio estético —admitió él,rindiéndose ante la evidencia—. No tengo el tiempo físico para estar encerrado en ese sótano cortando patrones y supervisando la confección todo el día mientras atiendo a los inversores corporativos.

Regina esbozó una sonrisa invisible para los ojos de Eugenia, sabiendo que la trampa estaba perfectamente colocada. Era el momento exacto de avanzar su ficha. —Yo podría ayudarte con eso, Lucas —dijo, adoptando una postura de abnegación y sacrificio supremo—. Conozco perfectamente las tendencias de la temporada, leo todas las revistas de moda de Milán y París desde que era una adolescente. Si tú me das las directrices generales y me explicas qué tienes en cabeza,yo puedo bajar al taller y encargarme de que las costureras traduzcan tus ideas en realidad.

Lucas abrió los ojos de par en par, mirándola con una mezcla de sorpresa y duda inicial. Al otro lado de la mesa, Eugenia dejó los cubiertos sobre el plato con un tintineo seco y autoritario.

—Regina, querida, seamos sensatas por un momento —advirtió la matriarca con una fría pizca de advertencia en la voz—. El diseño de alta costura no es un juego de muñecas ni un pasatiempo de tarde de compras. Requiere técnica,disciplina y carácter frente a los empleados.

—Lo sé perfectamente, tía Eugenia —respondió Regina inmediatamente, parpadeando con una inocencia desarmante,buscando la complicidad de ambos—. Pero tampoco estamos hablando de ingeniería espacial de la NASA. Ariadna lo hacía todo el tiempo, y ella ni siquiera terminó sus estudios universitarios formales. Si ella podía manejarlo entre taza y taza de té, yo puedo hacerlo mucho mejor por el bien de esta casa. Solo quiero ayudar a sostener a Lucas. Lo hago por nuestro futuro... por nuestro bebé.

La mención directa del futuro heredero funcionó como un resorte mágico que disipó cualquier ápice de resistencia lógica en la mente de Lucas. Volvió a mirar a Regina: hermosa, dispuesta, sumisa y entregada a sus pies, encarnando exactamente todo lo opuesto a la fría y distante rebeldía que ahora demostraba Ariadna.

—Está bien —dictaminó Lucas con firmeza, tomando la mano de Regina sobre el mantel—. A partir de mañana por la mañana, tú serás los ojos, la voz y la autoridad absoluta en ese taller. Demostremos a esa desagradecida que Maison Montalvo es infinitamente más grande que sus caprichos y que su ausencia no significa absolutamente nada para nosotros.

Regina inclinó ligeramente la cabeza hacia abajo, fingiendo modestia ante la decisión, mientras escondía una sonrisa salvaje y triunfante en su rostro. Ya tenía las llaves del taller en sus manos, y con ellas, la oportunidad de demostrarle al mundo su supuesto brillo, sin saber el abismo de incompetencia que estaba a punto de pisar.

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