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Capítulo 3: Mi propio lugar

last update Petsa ng paglalathala: 2026-06-05 18:11:19

Claire

El Uber arrancó a toda velocidad. A través del cristal polarizado, eché un último vistazo por el retrovisor. Nathan ni siquiera esperó a que el auto se perdiera de vista para darnos la espalda.

Ya no podía escucharlos, pero me sabía el libreto de memoria. Vi a Ben saltar de alegría y jalar la mano de Isabella hacia el Bentley. Seguro estaba pidiendo panqueques, como si su madre no hubiera sido más que un estorbo del que por fin se había librado. Isabella, por su parte, le puso una mano en el hombro a mi esposo con esa maldita cara de santa sufrida que seguro ensaya todas las mañanas frente al espejo.

Nathan soltó una última palabra con desprecio antes de azotar la puerta. No hacía falta ser adivina para saber lo que dijo: “Déjala. Va a regresar arrastrándose en cuanto tenga hambre”.

Se equivocaba de medio a medio. La mujer que se la pasaba arrastrándose por él se había muerto en ese calabozo de aislamiento.

Que se vayan al diablo. Los tres.

Por fin llegamos a mi viejo departamento en el Village. La entrada olía a cera y a alfombra vieja, pero mi nombre era el que estaba en el contrato de renta. Era lo único que Nathan no había podido comprarme.

En cuanto le pasé el cerrojo a la puerta, Leo por fin me soltó la mano. Aventó sus tenis en una esquina y empezó a explorar el lugar, deslizándose en calcetines por el piso de madera. Encontró una vieja manta en el sillón y se enrolló en ella, mirándome como si intentara adivinar si de verdad nos quedaríamos ahí.

—¿Aquí es donde vamos a vivir? —preguntó con los ojos muy abiertos.

Yo solo asentí. Tenía un nudo en la garganta tan grande que no me salían las palabras. El lugar olía a polvo y a encierro. Nathan odiaba este departamento; decía que era una "jaula de gallinas". Para mí, en este momento, era un búnker.

—Bueno... vamos a comer algo —solté por fin, caminando hacia la cocina.

Me daba pavor abrir el refrigerador. En mi mente, todo lo que hubiera ahí dentro debía estar podrido desde hacía semanas. Jale la puerta, lista para tirar todo a la basura.

Y me quedé helada.

Estaba lleno. Había huevos, leche, jamón, manzanas. Incluso había pan fresco sobre la barra. Todo estaba ahí, como si yo hubiera salido a hacer las compras esa misma mañana.

Solo mis padres tenían una copia de mis llaves. Mis padres, a quienes no les había hablado en un año porque decían que Nathan era un maldito tóxico. Habían venido. A pesar de mis insultos, a pesar de mi silencio, habían venido a llenarme el refrigerador.

Las piernas me temblaron. Me dejé resbalar por la puerta del refrigerador hasta quedar sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el acero frío. Estaba vacía. No hubo lágrimas heroicas, solo un cansancio de plomo que me aplastaba los huesos.

—¿Mamá?

Leo se agachó frente a mí. Me tendió un pedazo de papel de cocina, un poco apenado.

—No llores. Mira, hasta hay queso. Estamos bien aquí.

Tomé el papel, me limpié la nariz y esbocé una sonrisa a la fuerza.

—Tienes razón, Leo. Estamos bien.

Me levanté con esfuerzo. Tenía que hacerme cargo de este niño.

Saqué la caja azul de macarrones con queso. Hervir el agua, mover la salsa, picar un poco de jamón. Eran movimientos automáticos; llevaba siete años haciendo lo mismo en mi matrimonio sin recibir un solo “gracias”.

Comimos en la pequeña mesa de la cocina, en silencio. Leo devoraba los macarrones como si fuera caviar. Yo apenas pude pasar un par de bocados.

Cuando terminamos, me puse frente al fregadero. Lavar los platos, sentir el agua caliente en mis dedos tiesos, tallar las ollas... Todo eso me ayudaba a pensar.

Pero justo cuando estaba secando la última cacerola, la realidad me dio una bofetada en la cara.

Abrí mi cartera sobre la barra. Treinta dólares. Eso era todo el maldito efectivo que me quedaba. Nathan había cancelado todas mis tarjetas desde el día de mi arresto. No tenía una cuenta propia, ni ahorros escondidos. Nada.

Miré a Leo, que se había quedado dormido en el sillón con la manta tapándole hasta la nariz. Necesitaba ropa de su talla, zapatos, una escuela. Y la renta de este departamento no tardaría en vencer.

Necesitaba un maldito trabajo. Ya mismo.

Arropé a Leo en el pequeño cuarto de visitas y luego me senté en mi viejo escritorio.

Mi currículum era un completo desastre: un hueco enorme de seis años. "Esposa de Nathan Sterling". Eso era lo único que el mundo veía en mí.

Y sabía que Nathan se encargaría de que nadie me contratara. Quería verme morir de hambre para obligarme a regresar de rodillas. Si se enteraba de que estaba buscando trabajo, daría un par de llamadas y me arruinaría en cualquier empresa.

Excepto en una. Con sus enemigos.

Busqué la dirección de Thorne & Associates. Carter Thorne era el único arquitecto de la ciudad que odiaba a Nathan tanto como yo. Si quería una oportunidad de ganarme la vida sin pedir limosna, era ahí.

Comencé a redactar el correo.

Asunto: Postulación - Claire Sterling.

……

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