MasukDrei Jahre lang baute Chloe Voss das Technologieimperium ihres Mannes auf – und bekam dafür nur seine Kälte und seinen Verrat. Greeg Wilder entschied sich für eine andere Frau und wollte die Ehe beenden. Er glaubte, Chloe würde immer auf ihn warten. Doch sie ging mit nichts außer einer alten Segeltuchtasche und ließ ihn für immer zurück. Drei Jahre später erfährt Greeg die Wahrheit: Die Frau, die er verloren hat, ist keine gewöhnliche Ehefrau – sie ist die Milliardärin, die sein Imperium erschaffen hat. Als er mit roten Augen um sie kämpft und sie zurückhaben will, liegt Chloe längst in den Armen eines anderen Mannes. Dieser legt schützend den Arm um sie und sieht Greeg kalt an: „Warum sollte meine Frau zu dir zurückkehren?“
Lihat lebih banyakC1-¡SE ROBARON A MI BEBÉ!
—¡Auxilio! ¡Por favor, ayúdenme! ¡Se acaban de robar a mi bebé! El viento de la tarde arrastró la voz de Emma Stanton por el pequeño y exclusivo parque de Santa Mónica, pero no hubo respuesta. Ella giró a la izquierda y a la derecha con desesperación, sintiendo un vuelco gélido en el estómago que le cortó la respiración. Antoni no estaba. Su bebé de tan solo tres meses había desaparecido. El monito de felpa cayó sobre el césped y por ese maldito juguete se había descuidado diez segundos. Diez segundos en los que apartó los ojos de la carriola para recogerlo, confiada en la supuesta seguridad de su vecindario de élite, y ahora su mundo se había desmoronado. Corrió hacia la avenida principal, empujó a dos personas que caminaban despacio y se llevó las manos a la cabeza, perdiendo por completo la fachada gélida y analítica que siempre la caracterizaba como una Stanton. —¡¿Ha visto a mi bebé?! ¡Estaba aquí hace un momento! Nadie se movió. Los transeúntes de la zona residencial la miraron con desconcierto, juzgando su histeria. Emma, con el miedo congelándole la sangre, avanzó hacia una mujer que paseaba a un perro de raza y la tomó de los hombros con una fuerza que no sabía que poseía. —¡Mi hijo! ¡Estaba en la carriola! Un bebé de tres meses... ¿Vio a alguien llevárselo? ¡Dígame que vio algo, por favor! —No... no vi nada, lo siento —respondió la mujer, asustada por la intensidad de su mirada, dando un paso atrás para alejarse. A Emma le faltó el aire. Activando su instinto de supervivencia, corrió las seis cuadras que la separaban de la delegación de policía local. Abrió las puertas de cristal de golpe, sudando, temblando, con su costosa gabardina desarreglada y el rostro desfigurado por un llanto que se negaba a contener. —¡Se robaron a mi bebé en el parque de la calle Catorce! —gritó, golpeando el mostrador con ambas manos—. ¡Tiene apenas tres meses! ¡Declaren una alerta Amber ahora mismo! Un sargento la miró de arriba abajo, evaluando sus finas facciones y su ropa de marca, y la hizo pasar a una oficina pequeña del fondo. Ahí, un detective de chaqueta gris sacó un bloc de notas con una lentitud que a Emma le pareció criminal. —Cálmese, señora. Deme su nombre y los datos del menor. —Emma Stanton. Mi… mi hijo se llama Antoni —sollozó ella, apretando los puños sobre sus muslos para obligar a su mente a procesar el peligro en frío—. Estaba a mi espalda, me agaché un segundo a recoger un juguete y desapareció. ¡Tienen que revisar las cámaras de seguridad del perímetro ya! ¡Hagan algo! El detective empezó a escribir el apellido Stanton, pero el teléfono de su escritorio sonó con un timbre estridente. El hombre le hizo una seña tosca para que se callara y atendió. Escuchó en absoluto silencio. A los pocos segundos, el oficial se puso completamente rígido, su postura relajada desapareció y miró el papel con el apellido de Emma con un brillo de puro temor en los ojos. —Entendido. Sí, señor. Así se hará —murmuró el detective con la voz titubeante. Colgó el teléfono despacio, cerró su bloc de notas de golpe y se cruzó de brazos, evitando mirarla a la cara. —Lo siento, señora, pero no podemos tomar su denuncia en este momento. —¡¿Qué?! —Emma se levantó de la silla como si le hubieran inyectado electricidad—. ¿De qué maldita sea está hablando? ¡Se acaban de llevar a mi hijo! ¡Es un recién nacido! —No hay personal suficiente hoy y el protocolo exige esperar veinticuatro horas para catalogarlo como desaparición —mintió el hombre de forma descarada—. Regrese a su casa, tal vez el padre se lo llevó para darle una lección. ¿Están peleados? ¿No le deja verlo? Emma se tensó por completo. El dolor la golpeó directo en el pecho, asfixiándola. Tragó saliva y su fachada británica regresó como un escudo de hielo, clavó sus ojos claros en el oficial con una furia letal. —Su… su padre está muerto. El hombre asintió con una frialdad absoluta, sin inmutarse ante sus lágrimas. —Bien, vaya a casa, señorita. Tomamos sus datos, si sabemos algo, la llamaremos. Pierda cuidado. Emma no podía creerlo, no podía creer que se tomaran con tanta tranquilidad la desaparición de su hijo, así que exigió respuestas, pero solo obtuvo evasivas y frases hechas. Nadie se levantó de su silla. Nadie se movió. La impotencia le quemó la garganta al ver que la ignoraban de forma descarada. Salió de la comisaría destrozada, arrastrando los pies por la acera con el miedo paralizándole el cuerpo. Entonces, su teléfono vibró en el bolsillo de su pantalón. Emma lo sacó rápido, la pantalla mostraba un número extraño, desconocido. Apretó el botón de aceptar y se pegó el aparato a la oreja con las manos temblorosas. —¡Mi bebé! ¿Dónde está mi bebé? —exclamó, al borde de la histeria. Al otro lado de la línea no se escuchó nada. Solo una respiración lenta, pesada y densa que llenó el auricular. Emma contuvo el aliento, esperando. —Sigues siendo bien ruidosa, mi güera. La voz masculina, ronca, arrastrada y con un marcado acento mexicano la golpeó con la fuerza de un impacto. Era una voz que jamás esperó volver a escuchar, la misma que creía enterrada bajo los escombros y el fuego de Londres. El corazón de Emma se disparó, golpeándole las costillas con violencia. —San... Santiago. —El mismo, chula —soltó él, directo, tosco y sin un gramo de piedad—. Así que deja de dar lástima en esa pinche delegación de quinta. Muévete ya para tu departamento si quieres ver al chamaco. No me hagas esperar. La línea se cortó.Baxter kam hastig durch die Notaufnahme-Tür, immer noch im Diner-Hemd, die Schürze halb gelöst und auf einer Seite herabhängend, als wäre er mitten in seiner Schicht gegangen, ohne sich die Zeit zu nehmen, sie richtig abzulegen. „Chloe.“ „Ich bin hier.“ Sie hob ihre gesunde Hand ein wenig vom Untersuchungsbett an, die andere steckte bereits in einer Schlinge, und der Verband auf ihrer Stirn hob sich scharf weiß von ihrer Haut ab. Er durchquerte den Raum mit drei Schritten und blieb kurz davor stehen, nach ihr zu greifen; seine Hände schwebten einen Augenblick lang in der Luft, als wüsste er nicht, wo es sicher war, sie zu berühren. „Was ist passiert?“, sagte er. „Sie haben Unfall gesagt, sie haben Krankenhaus gesagt, sie haben sonst nichts gesagt, ich wusste nicht, ob—“ „Mir geht's gut. Verstauchtes Handgelenk, ein paar Stiche. Es sieht schlimmer aus, als es ist.“ Er musterte sie einen langen Moment lang, den Kiefer fest aufeinandergepresst, und in seinem Blick lag etwas, das si
Conrad fand sie um sieben Uhr bereits angezogen für die Arbeit, die Laptoptasche über der Schulter, und versperrte ihr den Weg zur Tür. „Nein“, sagte er. „Nein, was?“ „Keine Arbeit heute.“ „Conrad, ich habe um neun Uhr einen Termin.“ „Sag ihn ab.“ Er nahm ihr die Tasche von der Schulter, bevor sie widersprechen konnte, und legte sie außer Reichweite ab. „Du hast gestern bis Mitternacht gearbeitet. Du hast die ganze Woche jeden Abend bis Mitternacht gearbeitet. Heute bleibst du hier.“ „So funktioniert es nicht, eine Firma zu leiten.“ „So funktioniert es, am Leben zu bleiben.“ Er sagte es leichthin, aber darunter lag etwas, das ganz und gar nicht leicht war. „Einen Tag, Chloe.“ Sie stand einen Moment lang da, wog ab, ob der Streit es wert war, und beschloss, dass dem nicht so war. Sie schrieb Priya eine SMS, um den Vormittag freizumachen, und ließ zu, dass Conrad sie zurück zum Sofa zog. Der Tag verging langsamer, als sie es gewohnt war. Sie verließen die Wohnung nicht. Gegen M
Du erzählst mir überhaupt nichts mehr über die Arbeit“, sagte Conrad, ohne von dem Geschirr aufzusehen. „Ich erzähle dir Dinge.“ „Du erzählst mir, dass es stressig ist. Du erzählst mir nicht, was eigentlich passiert.“ Er stellte einen Teller ab, trocknete ihn ab, stellte ihn auf den Stapel. „Früher hast du mir wenigstens die Konturen der Dinge gegeben, selbst die Teile, die du nicht ganz teilen konntest. Jetzt kriege ich nur noch ‚langer Tag‘.“ „Es ist ein Kundenfall. Es gibt Vertraulichkeitsdinge, auf die ich nicht eingehen kann.“ „Ich frage nicht nach den Geheimnissen des Kunden, Chloe. Ich frage, wie es dir geht.“ „Mir geht's gut.“ „Du kommst manchen Abends nach Hause und siehst aus, als hättest du den ganzen Tag nicht geatmet.“ Er sah sie schließlich an, trocknete seine Hände langsam am Handtuch ab. „Das ist nicht nichts.“ „Das ist nichts Persönliches. Das ist nur Gewohnheit.“ Sie sagte es gleichmäßig, obwohl es selbst in ihren eigenen Ohren dünner klang, als sie es gemeint
Es war wieder Dana, aber inzwischen spielte es kaum noch eine Rolle, wer es zuerst gesagt hatte. Das Gerede zog sich durch die gesamte Belegschaft wie etwas Ansteckendes, wurde aufgeschnappt und weitergegeben, bis niemand mehr wusste, in wessen Mund es begonnen hatte. „Muss anstrengend sein“, sagte Dana laut genug, dass es zu hören war, „diese ganze Scharade aufrechtzuerhalten, mit der du das alles kriegst.“ Sie sah nicht einmal Chloe an, als sie das sagte, sondern wischte einfach weiter den Tresen ab, als kosteten sie die Worte überhaupt nichts. Chloe stellte das Tablett, das sie trug, härter ab, als sie es beabsichtigt hatte. „Sag das noch mal.“ Dana sah auf, mild überrascht, als hätte sie nicht erwartet, dass Chloe dieses Mal tatsächlich antworten würde. „Ich sage ja nur. Ist schon eine Menge Aufmerksamkeit für jemanden, der vor zwei Monaten pleite aufgetaucht ist.“ „Du weißt gar nichts über mich.“ „Ich weiß, was ich sehe.“ „Du siehst einen Mann, der zu jemandem anständig is











