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Capítulo 2

Autor: Josefina Salas
El álbum se me resbaló de las manos y cayó abierto en el suelo. Micaela se agachó de inmediato para recogerlo y Gael apretó la mandíbula.

—Si no querías verlo, bastaba con decirlo. ¿Por qué lo tiraste? Micaela pasó cuatro años organizándolo.

Miré las páginas abiertas a nuestros pies.

—¿Y yo? La vez que viajé sola con fiebre te llamé más de diez veces. ¿No respondiste porque estabas ocupado tomándote estas fotos con ella?

Gael vaciló un instante, pero enseguida volvió a fruncir el ceño.

—¿Hace cuánto fue eso?

Gael se agachó para ayudar a Micaela. Los dos revisaron las páginas una por una, sin volver a mirarme.

En ese momento vibró mi celular. Era un mensaje de mamá:

"Cuando termine el viaje de fin de carrera, tendrás que decidir. ¿Vas a volver con nosotros o te irás con Gael a la ciudad donde trabajará?"

La primera vez que mamá me hizo esa pregunta, quince días antes, empecé a escribir una respuesta: "Gael y yo acordamos vivir juntos después de graduarnos. ¡Vamos a ser muy felices!".

Aquella respuesta seguía, sin enviar, en el cuadro de texto.

El tren llegó a la estación y todos se levantaron al mismo tiempo. El pasillo se llenó enseguida. Apenas Micaela se puso de pie, alguien la empujó desde atrás. Gael extendió el brazo de inmediato y la protegió entre su cuerpo y el asiento.

—No te muevas. Esperemos a que baje un poco la gente.

La gente me hizo retroceder y terminé golpeándome el hombro contra el borde del portaequipajes. El dolor me dejó el brazo entumecido. Gael lo vio, pero solo le dijo a Micaela:

—Sujétate bien de mí. No te vayas a caer.

Cuando por fin logré bajar, recordé que mis dos maletas seguían en el vagón donde había estado al principio. Una de ellas estaba llena de ropa y cosméticos que Micaela me había entregado a última hora porque ya no le cabía nada más en la suya. Yo había tenido que hacerme cargo de esa maleta durante todo el viaje.

Regresé a contracorriente y bajé las dos maletas pesadas. Para cuando salí de la estación, llovía con fuerza. Gael y Micaela habían desaparecido. Solo encontré un mensaje de Gael:

"A Micaela le dolía el estómago porque no había comido, así que fuimos al restaurante. Eres demasiado lenta. Toma un taxi y ven por tu cuenta".

El agua me resbalaba por el cabello. Sostenía una maleta con cada mano a la salida de la estación, en una ciudad que no conocía. Entonces la pantalla volvió a encenderse.

Mamá preguntaba: "¿Ya lo decidiste?".

Miré el cuadro de texto que acababa de vaciar y, esta vez, no dudé.

"Mamá, me iré con ustedes".

Hacía mucho que quería conocer aquella ciudad turística y no pensaba renunciar a un viaje que llevaba tres meses planeando solo por Gael y Micaela. Pedí un taxi en la entrada de la estación y fui sola al hotel.

Las maletas pesaban tanto que, después de ayudarme a bajarlas, el conductor no pudo evitar preguntar:

—¿Y tus amigos? ¿Cómo pudieron dejarte sola con todo esto?

No respondí.

El restaurante del hotel estaba junto al vestíbulo. A través del vidrio vi enseguida a Gael y Micaela, sentados uno al lado del otro en una mesa con un sofá semicircular. Ella le arrebató la bebida y tomó un sorbo directamente de su vaso; él le puso una mano en la frente y la apartó con suavidad, fingiendo fastidio. Micaela le dio una patadita en el zapato y terminó riéndose apoyada en su hombro. Gael no la apartó.

Entré arrastrando las maletas. Gael fue el primero en verme y su sonrisa desapareció al instante. Micaela también se enderezó, dejó la bebida frente a él y se apartó de él de forma exagerada.

Justo entonces se abrieron las puertas del ascensor. Varios compañeros bajaron conversando y, al ver la distancia forzada entre ellos, se echaron a reír.

—¿Por qué fingen? Si ella ni siquiera está aquí.

Quien había hablado giró la cabeza y por fin me vio en la entrada. Su sonrisa se borró de golpe. Otro muchacho todavía no se había dado cuenta.

—En todas las reuniones a las que ella no iba, ustedes dos estaban pegados. Y en Año Nuevo, cuando Gael se emborrachó, ¿no fue Micaela quien durmió toda la noche apoyada en su brazo?

Los demás intentaron hacerlo callar a toda prisa. Al fin comprendió que algo iba mal y cerró la boca.

Gael guardó silencio, con la mandíbula tensa. Micaela, en cambio, volvió a acercarse, le rodeó el cuello con un brazo y dijo:

—Ya no tiene sentido fingir. Ahora que todo salió a la luz, será mejor hablar con claridad. Cuando ustedes empezaron a salir, le dije a Gael que todos éramos amigos y que no teníamos por qué cambiar nuestra forma de tratarnos. Pero él insistió en que tú eras muy sensible y que imaginarías cosas si nos veías bromeando. Por eso lo ayudé a fingir durante cuatro años.

Le dio unas palmaditas en el hombro.

—Entre nosotros nunca ha pasado nada. No vamos a dejar de ser amigos solo para proteger tus sentimientos, ¿verdad?

Varios compañeros se sumaron:

—Ellos se tratan así desde que eran niños. No te lo tomes tan a pecho. Micaela siempre ha sido así de desinhibida. Si de verdad hubiera algo entre ellos, no actuaría con tanta naturalidad.

Miré aquellos rostros conocidos. Antes, cada vez que organizaban una reunión, me decían que no había lugar o me daban una hora equivocada. Gael incluso cenaba conmigo antes y aseguraba que él tampoco pensaba asistir.

Ahora sabía la verdad: después de despedirse de mí, iba a todas aquellas reuniones de las que me habían excluido.

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