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Capítulo 4

작가: Josefina Salas
A la mañana siguiente, apenas salí de la habitación, vi a Gael y Micaela esperándome junto al ascensor. Él ni siquiera me saludó; era evidente que seguía molesto por lo de la noche anterior.

Ella, en cambio, lo empujó con una sonrisa.

—Ya basta. Lo dijo porque estaba enojada. Eres un hombre, ¿de verdad vas a seguir resentido con tu novia por eso?

Luego se aferró a mi brazo.

—Llevo toda la mañana convenciéndolo de que haga las paces contigo. Por fin accedió.

Gael aprovechó para decir:

—Solo porque Micaela me lo pidió, dejaré pasar lo de anoche. Pero no vuelvas a amenazarme con terminar cada vez que algo te moleste.

Lo miré sin explicarle nada.

El itinerario de aquel día incluía el casco histórico, un museo y el mercado artesanal junto al río. Eran los lugares que más había querido conocer mientras preparaba el viaje. Gael y yo habíamos prometido tomarnos una foto juntos en cada uno de ellos.

Sin embargo, al llegar al casco histórico, él acompañó a Micaela a hacer fila para comprar café. En el museo dijo que había demasiada gente y se quedó en la entrada cuidando el bolso de ella.

No los esperé. Seguí la ruta por mi cuenta, completé el pasaporte turístico con los sellos de cada parada y le pedí a un desconocido que me tomara una foto junto al río. Hacía mucho viento, pero en la imagen yo sonreía de verdad.

De pronto comprendí que quizá nunca había necesitado tanto a Gael como creía.

Cuando nos encontramos al mediodía, él seguía de mal humor.

—Te fuiste por tu cuenta sin avisar.

Micaela intervino para suavizar el ambiente:

—No sale de viaje todos los días. Déjala disfrutar. Además, estuve contigo todo el tiempo; no te quedaste solo.

Gael la fulminó con la mirada, aunque su expresión se relajó un poco.

En ese momento sonó su celular. Era una videollamada de su madre. Micaela contestó sin pensarlo y la saludó con cariño.

La madre de Gael no parecía saber que yo estaba cerca.

—Micaela, disfruta mucho este viaje con Gael. También tengo buenas noticias: ya hablé con la empresa y conseguí que ese puesto quedara reservado para ti.

Gael se puso tenso.

—Mamá, no sigas.

Solo entonces me vio en la pantalla. Se quedó callada y su sonrisa se apagó.

—Ah, tú también estás ahí.

No respondí. Gael terminó la llamada a toda prisa. Tras unos segundos de silencio, pareció decidirse por fin a hablar con claridad.

—A propósito, olvidé contarte algo. Mi madre te había prometido una vacante en Grupo Terranova, pero al final solo consiguió una y yo decidí dársela a Micaela. Como a ella le resultaría más difícil encontrar trabajo por su cuenta, creí que tú podrías conseguir otro empleo sin problemas.

No me dio tiempo de reaccionar.

—También está el asunto del departamento. Micaela trabajará en la misma ciudad. El lugar que alquilamos tiene dos dormitorios, así que puede vivir con nosotros. Tú y yo nos quedaremos en el dormitorio principal, y ella ocupará el otro. Eso no afectará nuestra vida.

Micaela dio una palmada, encantada.

—¡Qué bien! Por fin viviremos juntas.

Me guiñó un ojo antes de añadir:

—Tranquila, sé respetar los límites. No voy a interrumpirlos cuando quieran estar solos. Si cierran la puerta para ponerse cariñosos, fingiré que no escucho nada desde el dormitorio de al lado. No entraré, lo prometo.

Varias personas alrededor se rieron. Yo no pude hacerlo.

El contrato estaba a mi nombre: yo había encontrado aquel departamento y pagado el depósito. También había elegido personalmente el sofá de la sala y las cortinas de los dormitorios. Ahora, con unas cuantas palabras, le entregaban a Micaela la vacante que me habían prometido y le reservaban un lugar en lo que debía ser mi hogar.

Al principio, los dedos me temblaron de rabia. Sin embargo, al ver la naturalidad con la que ambos daban todo por decidido, la ira se disipó de repente.

—Está bien.

Gael creyó que había aceptado y relajó los hombros.

—Si hubieras sido así de comprensiva desde el principio, anoche no habríamos discutido.

Lo miré con calma.

—Ya terminamos. Lo que ustedes hagan no tiene nada que ver conmigo. Solo recuerda devolverme el depósito y lo que pagué por los muebles.

Micaela intentó tomarme de la mano.

—No seas impulsiva. Si quieres, renuncio al puesto.

Pero Gael la detuvo.

—Si corro a consolarla ahora, cada vez que algo no le guste me amenazará con irse. No pienso consentirle ese comportamiento.

No miré atrás. Ya había visitado todos los lugares que quería conocer, así que decidí volver a casa esa misma tarde.

Aquella noche, Gael regresó al hotel con un peluche que sabía que me gustaba. Se detuvo en recepción y, fingiendo indiferencia, dijo:

—No es que esté intentando contentarla. Lo vi y lo compré, nada más. ¿Podría pedirle que baje a recogerlo?

La recepcionista titubeó.

—¿Se refiere a la joven de la habitación sin ventana? Se marchó esta tarde y se llevó todo su equipaje.

Gael se quedó inmóvil. La recepcionista recordó algo más.

—Por cierto, antes de irse me pidió que le diera un mensaje: no quiere la habitación ni el puesto ni saber nada de usted.

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