LOGIN~Ivette~
Fregaba la ropa con coraje en la batea. Le daba duro, la sobaba con fuerza, como si tuviera la cara de ese hombre estampada ahí. La apretaba, la restregaba con más ganas de lo normal. Todo por su culpa. Por él fue que mi abuela me mandó a lavar, y yo detestaba eso porque se me pelaban las manos. Hubiera preferido mil veces estar metida entre los matojos del jardín del patrón, sacando la maleza o cortando las ramas secas. —Maldito —pensé toda encendida por dentro. ¿Quién se creía ese tipo para hablarme así? Si hasta le pedí disculpas. ¡Yo qué iba a saber que iba a cruzarse justo cuando yo iba pasando! Se me metió en medio, no fue mi culpa. —Estos ricachones, todos finitos, todos delicaditos —mascullé entre dientes. El único que me caía bien era el viejito dueño de la casa. Ese sí era buena gente. Los demás que venían eran unos engreídos que nos miraban como si fuéramos bichos. Pero el abuelo era distinto, él sí tenía corazón, bien noble el señor. —No puedo creer que hayas hecho una burrada así —me soltó una de las muchachas que lavaba conmigo—. ¡Si es el nieto del patrón! ¿Cómo se te ocurre responderle? —Ay, chismosa, ¿Me estabas oyendo o qué? —Pues escuché un pedacito —dijo, encogiéndose de hombros—. ¿Y lo viste bien? Está que se cae de guapo. Yo sí quisiera casarme con uno como él. Lo tiene todo. —Bah, sigue soñando —resoplé—. Nosotras para ellos no valemos ni un suspiro. Somos como pulgas, y si por casualidad una de nosotras llama la atención de uno de esos, lo más seguro es que nos tengan como adorno, un juguetico. —Eres muy negativa, oye. Déjame soñar un poco, ¿no? —No soy negativa, soy realista. Ella puso los ojos en blanco, y yo seguí dándole a la lavada. La ropa blanca era la que más fastidio me daba… siempre con manchas, siempre con alguna porquería pegada. Era un enredo dejarla bien. Lavé, enjuagué y teñí como me enseñó la abuela. Al final, me sequé las manos en el delantal, ya todas rojizas y picadas por tanto jabón. Salí de la lavandería sonriendo, casi dando brinquitos de lo contenta que estaba por haber acabado. Ya me iba derechito para los jardines, que era lo que de verdad me gustaba. Sacar los bichos que se comían las rosas del patrón me relajaba. Pero no alcancé ni a llegar, porque la abuela me salió al paso. Estaba parada justo en la puerta, con las manos bien plantadas en la cintura. —Ya terminé —le dije, levantando las manos—. Si quiere, vaya y mire. Pero ella no dijo nada. Tenía esa cara seria, rara... como cuando me iba a soltar una noticia que no me iba a gustar. —Ven conmigo —dijo nada más, y se dio la vuelta, sin darme chance de preguntar nada. Yo la seguí callada, como borreguito en fila. Es que cuando la abuela se ponía así, no había más que obedecer. Era brava la señora, y si se enojaba, me jalaba la oreja hasta dejarla colorada. Pero por suerte, esta vez no venía con castigo en mano. La miré raro cuando llegamos al cuarto de descanso que el patrón nos prestaba solo para nosotras dos. La abuela fue directo al escaparate, lo abrió y sacó un vestido. Me le quedé mirando, parpadeando como gallina viendo cuchillo. —¿Y eso qué es? —le pregunté, confundida—. Abuela, estás actuando raro, ¿qué pasa? —Alístate para esta noche —me dijo seria—. Vas a cenar en la mesa del patrón. Abrí los ojos como si me hubieran echado agua fría. —¿¡Qué!? —grité—. No, no, no. ¿Estás jugando, cierto? Porque mírame bien, abuela —me señalé de arriba abajo—. Soy yo, Ivette, la misma de siempre, con este trapo viejo encima. La nieta de la lavandera, ¿no te acuerdas? ¿Cómo se te ocurre decirme eso? Sí, el patrón ha sido buena gente, pero nunca nos hemos pasado de la línea. —No estoy jugando. Es lo que él mandó a decir. —¿Y por qué? ¿No te dijo para qué o por qué? Encima va a estar ese cara dura del nieto. Sabes bien que desde que me habló como si fuera basura, se volvió mi enemigo número uno. —¡Cuida lo que dices, Ivette! Ese es el nieto del patrón, que no se te olvide. Y además, tú también fuiste grosera. —¡Pero si él empezó! ¡Yo hasta le pedí disculpas! —Ash... —la abuela se sobó la frente con la mano, como cuando le doy dolores de cabeza—. Siempre te olvidas de cuál es nuestro lugar. Te lo he dicho mil veces: aunque no tengan razón, ellos siempre la llevan. Y a ti te toca agachar la cabeza y comportarte. —Pues no, no estoy de acuerdo. Eso no fue lo que mamá me enseñó. Ahora sí, dime la verdad, ¿qué está pasando? ¿Por qué tengo que ir a meterme en una cena con gente rica? —Ya te dije que son órdenes del patrón, tú solo haz lo que te dicen y punto —me tiró el vestido en las manos—. Anda a darte una ducha y arréglate bien. Y salió de la habitación sin darme chance de abrir la boca. Me quedé ahí, parada como tonta, sin entender nada. ¿Qué le pasaba a la gente hoy? Miré el vestido con el ceño fruncido. ¿Y esto desde cuándo lo tenía guardado? Era bonito, mucho más bonito que la ropa que usaba siempre. Nosotros no teníamos para darnos esos lujos. Y ahí, junto a la cama, vi unas sandalias bien lindas. Me encogí de hombros. Ya qué. No le di tantas vueltas al asunto y me metí al baño. El agua estaba helada, como siempre, pero así me gustaba. Me puse a cantar a todo pulmón mientras me quitaba el mugre de encima, tallándome con un trapo, lavándome el cabello lleno de harina y limpiándome bien las uñas. Hoy estuve metida en el jardín arrancando maleza, así que eran un desastre. Salí envuelta en una toalla, me paré frente al espejo y me puse el vestido. Me miré levantando las cejas. ¿Esa era yo? Caray... me veía linda. Como otra persona. El vestido era vinotinto con flores, bien llamativo. Di unas cuantas vueltas frente al espejo y luego me puse las sandalias. Menos mal no eran de tacón. Odiaba esas cosas. Pero ahora que lo pensaba mejor... ¿de dónde sacó mi abuela todo eso? Le tenía que preguntar. Me peiné y me dejé el cabello suelto. Lo tenía largo, aunque hace rato no le cortaba las puntas y ya estaba algo maltratado... pero igual se veía bien. —Ya estoy lista, abuela —le dije al salir, encontrándola en el pasillo. Ya era casi de noche, así que supuse que era hora de la cena. Me miró de arriba a abajo, satisfecha, y asintió. —Te ves linda —me elogió—. En un momento te reúnes en la mesa, yo te aviso. Asentí con flojera y volví a la habitación. ¿Para qué el anciano quería que estuviera presente? Lo único que sabía hacer era limpiar sus jardines y, a veces, ayudarle a la abuela con la ropa. Trabajábamos duro, lo más que podíamos cada día, y todo por pagarle las medicinas a mi madre. ¿Será que me quería subir el sueldo? Ojalá. Esperé sentada en la cama, luego empecé a caminar de un lado a otro, mirando cómo la noche caía por la ventana. Me estaba desesperando, hasta que mi abuela entró por fin. —Todo listo —avisó—. Sal. Y recuerda comportarte en la mesa, trata con respeto al joven Rowan. Trátalo de usted, sería lo correcto, igual que al patrón. Nada de decirle anciano o viejo delante de su nieto. Me dio la espalda y yo le hice muecas en silencio, imitando sus advertencias. ¿Para qué comportarse si igual te trataban mal? Cuando llegué al comedor, la mesa estaba llena de aperitivos. El jugo de cereza que tanto me gustaba estaba servido en una jarra de cristal. Fue lo primero que noté. El estómago me rugió enseguida. Levanté la vista y vi al anciano sonriéndome, cálido como siempre. En el otro extremo estaba su nieto, con cara de piedra, mirándome como si acabara de ver un fantasma. —¿Qué hace ella aquí? —le increpó a su abuelo—. Esta es la muchacha que me empapó con el agua sucia. Deberías despedirla, es una insolente. Estuve a punto de soltarle una respuesta, pero mi abuela me dio un codazo disimulado. Pensé que se había ido, pero seguía a mi lado. «Desgraciado», pensé. —Pasa, Ivette, siéntate —me indicó el anciano, amable y cariñoso. Lo quería mucho, siempre era bueno conmigo. En silencio obedecí y me senté, más tiesa que un palo. Mi abuela se retiró y, por alguna razón, me sentí nerviosa. Dios, estaba sentada en la mesa con el mismísimo jefe y su nieto. Aunque este último me importaba un comino. —¿Por qué se sienta con nosotros? —ladró el tal Rowan—. Dile que se vaya, no quiero verla. —No puedo hacer eso —respondió el anciano, mirándonos a ambos. Sentí una punzada rara en el pecho. —¿Por qué rayos no la puedes echar? —Porque es tu prometida, Rowan.[...]~Ivette~ Abrí los ojos lentamente, encontrándome con la luz suave de la mañana filtrándose por las cortinas de la cabaña. Durante unos segundos me quedé quieta, disfrutando de aquella tranquilidad extraña que rara vez existía en nuestras vidas desde que nos habíamos convertido en padres.Sentí un brazo rodeándome la cintura casi de inmediato cuando intenté moverme. —No te levantes todavía… —murmuró Rowan con la voz pastosa mientras hundía el rostro en mi cuello.Sonreí.—Tengo que preparar el desayuno.—El desayuno está sobrevalorado.—Eso lo dices porque no eres tú quien amanece con hambre.Él gruñó bajito, aferrándose más a mí como un niño caprichoso.—Cinco minutos más.—Dijiste eso hace diez minutos.—Entonces dame otros diez.Solté una pequeña risa y me giré para besarle la frente.—Descansa. Rowan protestó algo inentendible, pero terminó soltándome de mala gana. Aproveché para salir de la cama antes de que cambiara de opinión y me arrastrara otra vez entre las sábanas.
***~Rowan~ Apretar el botón del calentador de agua con una mano mientras sostenía a Sharon contra mi pecho con la otra se estaba convirtiendo en mi especialidad. Mi hija no había dejado de llorar en los últimos veinte minutos, un llanto enérgico que inundaba cada rincón de la cocina y me ponía los nervios de punta. Me moví hacia la barra, arrastrando los pies por el cansancio acumulado, para prepararle su tercer biberón. Había memorizado decenas de videos tutoriales en internet sobre las medidas exactas, la temperatura ideal y la forma correcta de agitar la mezcla para evitar las burbujas de aire que le provocaban cólicos. Sharon tenía apenas unos meses de vida, pero poseía una personalidad indomable; era una miniatura perfecta de Ivette, con unas pestañas largas que se mantenían húmedas por las lágrimas y unos puños diminutos que no dejaban de agitarse en el aire buscando comida. En cuanto la mamila estuvo lista y se la acerqué a los labios, el silencio regresó de nuevo a la esta
~Ivette~ El dolor físico superaba cualquier expectativa lógica que me hubiera forjado durante los meses de gestación. Cada contracción se sentía como una fuerza arrolladora que intentaba partirme el cuerpo en dos, un eco profundo que nacía en la base de la espalda y se extendía por todo mi abdomen, obligándome a perder el control de la respiración.La sala de partos, con sus luces blancas e intensas y el murmullo constante del personal médico, habría resultado un escenario completamente aterrador de no ser por la presencia constante de Rowan a la cabecera de la camilla. Su mano derecha sostenía la mía, absorbiendo la fuerza desmedida de mis dedos cada vez que una nueva ola de dolor llegaba.Sentir su piel cálida, escuchar su voz pausada susurrándome al oído que lo estaba haciendo bien y percibir su aliento cerca de mi rostro se convirtió en el único anclaje real que me quedaba para no sucumbir ante el agotamiento físico.—Solo un poco más, Ivette, ya falta muy poco, estás siendo incr
***~Rowan~ Jamás habría imaginado ver a mi padre frente a un altar por segunda vez. En mi antigua ignorancia, durante los años en que la frialdad y las apariencias dominaban nuestra casa, llegué a creer que mis padres estaban destinados a permanecer juntos a pesar de la distancia emocional que los separaba.Qué equivocado había estado todo ese tiempo. Fue necesario atravesar tormentas desgarradoras y descubrir verdades ocultas para comprender los verdaderos sentimientos de mi padre. Ahora, despojado de cualquier venda del pasado, me invadía una inmensa gratitud al verlo unirse formalmente a la mujer que realmente amaba.Mi padre permanecía de pie en el presbiterio vistiendo un impecable traje negro, adornado únicamente con una pequeña flor blanca en la solapa. Anastacia se encontraba a su lado, sosteniéndole las manos con suavidad mientras ambos recitaban sus votos matrimoniales frente al altar. Contemplar la complicidad de sus miradas me transmitió una calidez profunda en el pecho
~Narrador omnisciente~ Habían pasado meses y William todavía no lograba procesar la idea de tener que ver a esa mujer otra vez. El tiempo transcurrido debió amortiguar el rencor, pero la sola mención de su nombre le revolvía el estómago. Aun así, aquel paso era indispensable; necesitaba cerrar ese ciclo de manera definitiva, tanto por su propia paz mental como por el futuro sólido que estaba construyendo al lado de Anastacia.Tras cruzar los rigurosos controles de seguridad de la prisión, los custodios lo guiaron por un pasillo gris y frío hasta el área destinada a las visitas con los internos de alta peligrosidad.Cuando la puerta de metal se abrió y permitieron el ingreso de Victoria, William experimentó una fuerte sacudida interna. Le resultó sumamente difícil reconocer en esa figura a la persona con la que había compartido tantos años de su vida.Lucía extremadamente delgada, con unas ojeras profundas que le hundían la mirada y un aspecto demacrado. El uniforme naranja de la inst
***~Narrador omnisciente~ Flor parpadeó varias veces seguidas para retener las lágrimas que amenazaban con estropear su maquillaje. Le resultaba casi imposible procesar que cada uno de sus anhelos se estuviera materializando con tanta perfección; desde la planificación de una boda de ensueño hasta el hecho de unir su vida a la del hombre que amaba.Inhaló profundamente para estabilizar las pulsaciones. Sabía de sobra que el embarazo y el cóctel de hormonas revolucionadas la volvían el doble de vulnerable en un día como este.—¿Estás llorando, mi niña?Flor negó con la cabeza de inmediato, forzando una sonrisa tímida mientras se miraba en el espejo del camerino improvisado.—No, para nada, señora.—Pero mira esos ojos, los tienes completamente rojos —Vivian se acercó, dejando de lado los detalles del tocado para concentrarse en ella—. No me vas a engañar.—Es solo... la emoción del momento. Es difícil de controlar hoy.Vivian suavizó la expresión, mostrando una calidez que disipó cua







