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Capítulo 4

Penulis: Lía Vallejo
Cuando llegué a la oficina, eran casi las once de la noche. Las luces seguían encendidas y, en cuanto puse un pie adentro, supe que la situación estaba color de hormiga.

Había unas ocho personas alrededor de la mesa de juntas, todas en pánico. Al verme, levantaron la vista de golpe. Se les notaba el alivio en los ojos, como si estuvieran viendo a su propia salvación.

—¡Donna!

La secretaria se acercó corriendo, con los ojos rojos de tanto llorar.

—¡Qué bueno que llegó! No entendemos estas cláusulas y el abogado de la otra parte está en plan difícil, no cede en nada. Se van mañana temprano y, si no firmamos, la familia va a tener que pagar much...

Hizo un gesto señalando una cifra que daba vértigo. No dije nada. Fui directo a la mesa y tomé el contrato. Me bastó llegar a la tercera página para encontrar el error.

—Aquí —señalé una de las cláusulas—. La traducción está mal. Lo que quieren decir en realidad es que los pagos son en cuotas, no en una sola exhibición.

Varios se acercaron a mirar y, tras revisarlo, por fin lo entendieron.

—Llamaré al traductor ahora mismo para que lo arregle...

—No hay tiempo —puse el contrato sobre la mesa—. Dame mi pluma.

Me senté y empecé a corregir línea por línea. Iba por la cuarta cláusula cuando la puerta se abrió de par en par. El eco de unos tacones resonó en el piso. No levanté la vista. Sabía perfectamente de quién se trataba.

—Vaya, vaya... Pero si es la gran Donna de nuestra familia, la primera en toda la historia en pedir un juicio—la risa de Bianca destilaba una dulzura falsa. Se acercó con el bebé en brazos y se apoyó en el borde de la mesa, mirándome desde arriba.

—¿Por qué mi querida hermana no está en casa descansando con ese embarazo? ¿Qué haces aquí? No me digas que viniste a mendigar la pensión.

La secretaria se puso tensa, lista para responder, pero la detuve con la mirada. Seguí concentrada en las cláusulas, ignorando a Bianca como si fuera simple ruido de fondo.

Al ver que no me enganchaba en su juego, su sonrisa se congeló. Se fijó en la pluma que yo tenía en la mano y sus ojos brillaron con malicia.

—Qué pluma tan fina —de pronto, estiró la mano—. ¿Me la dejas ver?

Antes de que pudiera reaccionar, me la arrebató. Era una pluma fuente de lujo, de una marca exclusiva. Cesare me la había regalado en nuestro primer aniversario. Ya no valía una fortuna, pero me había acompañado durante diez años.

—Devuélvemela —le dije, frunciendo el ceño.

Bianca alzó la pluma, dándole vueltas entre los dedos.

—Es solo una pluma vieja. ¿Por qué te pones así? Solo la estoy viendo, no me la voy a quedar.

Retrocedió un paso, burlona.

—Anda, termina tu contrato. Te la devuelvo cuando me canse de verla.

Respiré profundo, tratando de no perder los estribos.

—Bianca, suelta la pluma.

—Ay, ¿en serio te vas a enojar por esto? —abrió mucho los ojos, haciendo un drama—. Es solo una pluma, Giulia. No es para tanto.

Hizo el amago de irse, dándome la espalda. Finalmente se me agotó la paciencia. Me levanté, rodeé la mesa y me acerqué a ella con paso firme. Pero en cuanto estiré la mano para recuperar lo mío, ella soltó un grito.

—¡Donna, ¿qué haces?! —Al segundo siguiente, aflojó los brazos. El bebé se le resbaló y estalló en un llanto desgarrador.

En ese momento, la puerta de la oficina se abrió de golpe y Cesare entró hecho una furia.

Bianca también se había caído. Estaba sentada en el suelo con el cabello revuelto y la cara bañada en lágrimas.

—¡Mi bebé! ¡Don, por favor, revise al niño!

Cesare corrió hacia ellos. Cargó al bebé, que gritaba desconsolado, mientras ayudaba a Bianca a levantarse.

—¿Qué pasó?

Bianca se desplomó contra su pecho, temblando de pies a cabeza y sollozando histéricamente. Entonces, me señaló con un dedo tembloroso.

—Solo pensé que su pluma era linda y quería verla... ¡No me imaginé que empujaría al niño al suelo!

El bebé no dejaba de gritar. Su llanto agudo atravesaba la habitación como un puñal.

Cesare me clavó una mirada que me heló la sangre.

—Giulia, el niño apenas tiene seis meses —dijo con la voz ronca por la furia—. Si me odias a mí o a ella, debiste desquitarte con nosotros. ¿Pero meterte con un bebé?

—No la toqué.

—¿Entonces cómo se cayó?

—Ella misma lo soltó.

—¿Ella misma lo soltó? —Cesare soltó una risa de ironía—. Giulia, escúchate. Lo tenía en brazos frente a ti. ¿Me estás diciendo que lo soltó a propósito? ¿Que tiró a su propio hijo adrede?

No dije nada. ¿Qué sentido tenía? Para cualquiera que estuviera mirando, mi intento por recuperar la pluma parecía un empujón.

Cesare le entregó el niño a alguien y caminó hacia la pluma en el suelo. Se escuchó un crujido seco... la pluma se partió. La tinta manchó la suela de su zapato.

Diez años... Acababa de aplastar el símbolo de nuestro tiempo juntos, moliéndolo contra el piso sin un gramo de piedad.

—Ya que tanto insistes con el juicio familiar, te voy a cumplir el deseo —sentenció con una voz gélida.
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